sentimientos

Botas de agua

Llevábamos unos días, aquí en la ciudad, con una lluvia más fuerte de lo habitual. El paraguas no me protegía suficientemente las piernas, pues las gotas por momentos, eran laterales.

Recordé mis botas de agua.

Cuando me las puse, una sensación de nostalgia, de pérdida, de un adiós no dicho, me invadió.

Claro, la última vez que las había usado, era en el colegio. En invierno, día sí, día también, se hacían charcos en el picón y las botas de agua eran una prenda esencial para adultos y niños. Todos teníamos nuestro par.

Los primeros años mis botas eran de color rojo potente. Me encanta el rojo. Uñas rojas, labios rojos.

Más tarde las cambié por otras azules, todas llenas de estrellas blancas.

Ésas, mis botas estrelladas, son las que usé hace unos días.

Día en el que me di cuenta que no había cerrado mi etapa en el cole JRJ. No me había despedido. Aún hoy, sueño con que vuelvo a mi rutina laboral. A mi rutina vital. Aquella con la que me identifiqué tanto y tanto.

Mientras llovía por la calle, en mis ojos también llovía.

¿Quién será María ahora? Si ya no soy María la orientadora, ¿entonces, quién seré?

Tuve la necesidad, imperiosa necesidad, de escribir. De decirles y de decirme GRACIAS.

Gracias por lo que aprendí. Por lo que compartí. Por los que disfruté. Por lo que lloré. Por lo que crecí.

Cada rincón cuenta secretos míos. Muy míos. Nuestros. Muy nuestros.

Cada rincón me tiene, me tuvo y me tendrá: la sala de café, los patios, mi despacho, las diferentes aulas, la biblioteca, la secretaría, el comedor, la cancha de arriba, el aparcamiento, el hidro, los cuartos de mantenimiento y limpieza, las taquillas de la ESO, el gimnasio, la sala de reunión de profesores, el despacho de dirección, la rampa, mi banquito frente al centro….

No hay un sólo lugar del que no tenga recuerdos.

Recuerdos en soledad, recuerdos con él, con ella, con ellos, con todas, con algunos, con mis queridas, amigas, compañeros, pequeñas, adolescentes, medianos, alumnado NEAE. En petit comité, en gran grupo, con toda la comunidad educativa.

A todos, a todas. Gracias. Gracias y hasta siempre.

Le debía un adiós a las personas, a la energía, a los espacios y a mí.

Mis botas estrelladas. Ésas que hoy son casiopea o mi galaxia particular. Las que pisan adoquines húmedos en la ciudad. Las que hicieron que lloviera de mis ojos y de mi alma. Ésas, mis botas, ya no huelen a despedida.

Anuncios

Trust

El día en que yo te encuentre como a una flor entre las calles
 Y sienta que tu sonrisa me convierte en algo más grande,

El día en que yo me acerque y tú quieras acercarte,
 El día en que nos toquemos como toca el viento al sauce.
 
 El día en que escuchemos por vez primera nuestras voces,
 Se encenderán todas las luces, sonarán todas las canciones,
 El día en que sepamos que seremos inseparables.
 Tú lo adivinarás riendo, yo lo sabré al instante.
 
 Y nos sumergiremos los dos sin coger aire,
 Haremos las corrientes, haremos de la vida un baile.
 Seremos la cruz de Roma, seremos la lluvia en Londres.
 Dibujaremos los mapas y nos inventaremos los nombres.
 Y al despertar tal vez la niebla
 Vuelva a dejar la puerta abierta.
 
 El día en que yo te encuentre, que se me borre la memoria,
 Para dejar todo su espacio, que lo ocupe nuestra historia.
 El día en que nos posemos como en las ramas los gorriones.
 El día en que por fin descansen nuestros corazones.
 
 No nos preguntaremos, no habrá contestaciones,
 Callarán todos los miedos al ver cómo rugen las flores.
 Caerá la nieve en Manhattan, Lisboa por nuestras venas.
 El día en que yo me acerque y tú quieras estar cerca.
 
 Y al despertar tal vez la niebla,
 Vuelva a encontrar la puerta abierta. Rugen las flores. McEnroe.

Tengo confianza.

Fe.

Creo.

Puertas abiertas que traen aire fresco. Y la niebla se disipa.

No necesito controlar lo que viene, porque sea lo que sea, es lo correcto.

Sea lo que sea, está bien.

Mis ojos descansan. ¡Por fin!

Un descanso a las interminables noches de insomnio. Dormida, pero atrapada en el oscuro insomnio.

Estoy flotando en una barca imaginaria y el mar está de mi lado. No hay olas. Sólo la suave onda que genera el movimiento de los remos. Suave onda. Suave onda. Suave onda.

Y ya no tengo que controlar. Confío.

El día en que nos posemos como en las ramas los gorriones. El día en que por fin descansen nuestros corazones”

Releo la frase. Escucho la canción y me detengo en ella.

El día en que nos posemos como en las ramas los gorriones. El día en que por fin descansen nuestros corazones”.

Y respiro.

Tengo confianza.

Fe.

Creo.

Así es.

Lo enlazo con otra frase que me resulta sumamente sencilla pero con un mensaje muy potente:

“Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama sino en sus propias alas”.

Y me siento como el gorrión de la canción. Siento que mi corazón descansa. Siento que tengo fe en mis propias alas.

Y respiro.

Tengo confianza.

Fe.

Creo.


Elena.masci_illustrations

Abrazando

Ayer vi una conferencia, que si bien no me dijo nada nuevo, sí que me re-situó.

¡Se me olvida!

Y es que sin darme cuenta, ya estoy transitando el viejo camino otra vez.

Abrazar y aceptar.

Abrazar al síntoma para que deje de gritar. Abrazar a la enfermedad. No enfadarme con ella, es sólo una alarma que me recuerda que hay una desarmonía entre mi mente y mi alma.

Cuando me coloco en esta posición, todo me parece más llevadero. Más fluido. Más amigable.

Y me reconcilio con la vida. Perdono los reproches y las quejas que me hago.

Me perdono y los dejo ir. No me quedo enredada en el desánimo, ni en el dolor, ni la rabia.

Justo hoy, me viene esta canción a la mente y la repito una y otra vez. Con voz muy bajita, con susurros, a pleno grito rasgando mi garganta, con la original sonando de fondo, o con un tarareo parecido que no es fiel reflejo del tema.

Te dejé marchar. Luz Casal. 

He soñado con tus manos...
 pintando el cielo de gris
 con cuidado, muy despacio,
 yo mirando desde aquí
 en un jardín de lágrimas.
 Lágrimas por ti.
 Hemos vivido en una isla
 tanto tiempo juntos,
 flotando sobre el mar.
 Yo te he visto,
 jugando con las olas
 y la arena acariciar...
 Yo sabía que te quería
 y te traje dentro de mí.
 Pero te dejé marchar,
 yo te dejé marchar,
 yo te dejé marchar
 después de la última noche
 yo te dejé marchar.
 Soy una mujer... mi corazón se está desgarrando
 por la ternura que se fue, la que lo mató.
 Mi pelo sopla al viento
 yo canto fuerte... y lento
 canto sobre tus noches..canto sobre el sabor
 de la sal en tu piel.
 Pero te dejé marchar
 y las olas no te traerán aquí,
 pero yo te esperaré... en la orilla
 aunque tú no volverás jamás. 

Te dejé marchar……

Sí. A ratos lo consigo.

A ratos también, abrazo a la EM y me relajo a su lado.

Confío en que todo tiene un sentido.

Y casi que dejo que me cuide. Que sea él, el que dirija el rumbo.

El síntoma. La brújula que indica la senda. Mi senda.

Lo abrazo, sí. Descanso en él y cierro los ojos.

Admito que me da pavor. Que me ha dado o que a veces me da. No sabría decirlo con certeza.

Pero también reconozco, que ya se dan instantes, en los que me fundo en un intenso abrazo con “la bestia”.

Él y yo. En un abrazo tan efímero como eterno. Tan fugaz como infinito. Anhelado y temido abrazo. Un abrazo que me calma y me estremece.

El principio del final o el principio del principio.

Nuestro abrazo.

imagen de Agnes-Cecile

Bloque- Hada

Hada helada en vuelo inerte ..
tú nunca cambiarás.
Hada helada en vuelo inerte ..
tú nunca caerás” . Voy a romper las ventanas. Love of lesbian.

Mis ojos ajenos a mí.

Me pregunto, ¿qué cuentan, qué cantan?

¿Tú lo sabes, lo ves? Yo no.

Me siento viviendo en el espacio, detenido y eterno espacio, entre la que ya no soy y la que aún tampoco soy.

No encuentro mi hueco en el mundo.

Quiero gritar. Quiero llorar. Quiero crecer. Quiero reír. Quiero bailar. Quiero jugar.

Pequeña. Me siento pequeña.

Perdida. Me siento perdida.

Y es que ya no soy la orientadora desorientada. Ya no lo soy.

Ahora soy una funambulista que camina en la cuerda floja. Y no tengo vértigo de lo que hay debajo de mis pies. Sólo es que no veo lo que hay.

Parada frente a la NADA.

El mundo camina. Ajetreados todos. Mirando el reloj.  Algunos también huelen las flores. 

Y mi reloj parado. El tiempo sin tiempo.

El mecanismo del engranaje atascado. Ruedas cuadradas.

Me siento viviendo en el espacio, detenido y eterno espacio, entre la que ya no soy y la que aún tampoco soy.

Apart- Hada

Obcec-Hada

Enfad-Hada

Frustr-Hada

–- YO —

Esperanz-Hada

Ilusion-Hada

Adapt-Hada

Ocup-Hada

Hada helada en vuelo inerte ..
tú nunca cambiarás.
Hada helada en vuelo inerte ..
tú nunca caerás”

A veces siento que sí. Que voy a resbalar y mis rodillas van a chocar contra el suelo.

Pero luego recuerdo mi condición de Hada y me agarro a una maravillosa frase que dijo Frida Kahlo: Pies para qué los quiero si tengo alas para volar.

 

imagen de Henn Kim

 

Hueco

En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo, se encuentra mi gran hueco.

A veces no lo siento, porque estoy “entretenida” haciendo otras cosas. Pero está. Está el agujero, está el vacío, está el dolor.

No sé cuándo se rompió, ni cuándo se hizo la brecha, pero con ella conviven mis angustias.

Y es mi tarea restaurar la parte dañada. Es así.

No te creas que la EM vino por casualidad.

Mi mundo se ha detenido para poder reconstruirme. Mi mundo, sí, ese que había fabricado encima del hueco. Tapando el dolor.

Pero escarbo y voy quitando la maleza, la tierra mal colocada y me encuentro cara a cara con él.

Mi hueco.

Y te recuerdo.

Entonces se desdibuja la forma que tiene. El agujero se queda chiquitito. Se me escurre, como la arena que cojo para sentir el calor en mis dedos.

Y te recuerdo.

Transformabas mis miedos en un juego. Lo repetías tantas veces como hiciera falta.

Y con tus manos, tocabas las teclas del piano.

Acariciabas mi nariz y decías que era un tobogán para las hormiguitas. Y que mi boca tenía forma de fresa.

Todas las tardes te sentabas a mirar mi tarea y sin tener que pedirte ayuda, te ponías a mi lado.

Me enseñaste a soñar. A soñar despierta, con los ojos abiertos. Y también a hacerlo con los ojos cerrados.

Crecí con la fantasía como compañera.

Por el lado izquierdo dormías tú. En el derecho, mis amigos imaginarios.

Me pusiste límites. Hasta dónde podía llegar y hasta dónde no. Siempre los respeté. Respeté tus límites, pero en ocasiones, sobrepasé los míos.

No fue fácil. Tampoco complicado.

Lo hicimos como pudimos, de la mejor forma posible.

Yo era una niña. Tú una niña también, algo mayor que yo.

Yo tenía miedos y tú, tu jugabas a que desaparecieran.

Tú tenías miedos y yo, yo sólo era una niña.

Crecí jugando con mis miedos y sin saber cómo protegerte de los tuyos. Y me los apropié. Los hice míos para cuidar de ti.

De más grande, la mezcla de engullir miedos ajenos y de no atender mis propios límites, me ha devorado un cachito.

La angustia, que no es mía, pero ahí está. En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo.

Hay mucho que agradecer. Con palabras. Sin ellas.

Pero mientras me sacudo esa angustia, camino lejos aunque cerca. En realidad, siempre es cerca. En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo.

Y es mi tarea restaurar la parte dañada. Es así.

No te creas que la EM vino por casualidad.

Y ahí estoy, batallando, porque entre otras muchas cosas, tú me enseñaste a luchar.

 

imagen de Maria Hesse

La bola número 8

8 son los años que he pasado dando tumbos sin saber qué me ocurría.

¿Diagnóstico tardío?

No sabría decir si por aquel entonces, habría podido encajar la noticia, o hubiera sido ella la me enterrara a mí.

Tras mi neuritis óptica en el 2008, hubo muchas sensaciones “raras” que se quedaron flotando a mi alrededor.

Para ese entonces y, experimentando la tan nombrada ansiedad, como me decían que era, yo asistía a terapia. Terapias que nunca dejé. A constancia no me gana nadie.

Pero por más que lo trabajábamos en las sesiones, yo no entendía a qué venían esos mareos repentinos, esa sensación de aturdimiento o cuando sentía dificultad para concentrarme y quería salir corriendo de la situación.

Ahora reviso mis cuadernos de anotaciones, los que usaba como diario de tareas, y le doy sentido a todos y cada uno de los síntomas que yo refería. Si buscas en el Google Esclerosis múltiple y sus síntomas, allí aparece: mi letra emborronada y alterada de escribir afanosamente cómo me sentía.

En estos 8 años, durante temporadas me he sentido mejor, casi normalizada, aparentemente controlando la situación. Pero por momentos y sin venir a cuento, otra vez ese malestar se instalaba en mí.

Tampoco me daba mucho tiempo ni espacio para sentir. Tenía que hacer demasiadas cosas. No podía parar. Mis diferentes trabajos, las responsabilidades, la vida social, etc. No había hueco para estar mal.

Eso sí, el cuerpo, me daba parones cada temporada. Más o menos una vez al año. Eran brutales. De tal calibre, que en más de una ocasión tuve baja médica de más de un mes (ansiedad?, depresión?, agorafobia?).

La realidad es que me limitaba la vida. Empecé a crear corazas para protegerme de todo aquello.

Llegué a creer que realmente era una ansiosa, una depresiva. De tal manera llegué a creérmelo, que me enfadaba conmigo misma por no saber actuar y mejorar en aquella patología que me acuñaron.

En esos 8 años pisé varias veces las salas de urgencias. Fui a diferentes médicos. Estuve en terapias variadas.

¿Por qué entonces, seguía apareciendo el malestar?

No obstante, si reflexiono, creo que el diagnóstico apareció cuando podía hacerme cargo de él.

Tras mucho trabajo personal, crecimiento interior, búsqueda y respuesta a tantas dudas. En ese momento, estaba más preparada para recibir algo, que aunque ya llevaba años en mí, yo desconocía.

No sé si haber sabido el nombre antes, me habría facilitado algo o más bien, me habría hundido.

Con 28 años, yo llevaba uno trabajando en el colegio. Venía de moverme en otros trabajos relacionados también con la educación, actividades extraescolares, menores en hogares de acogida, autismo.…., pero éste era el más estable y donde parecía estar haciéndome un hueco profesional.

Casi finalizando el primer curso, fue cuando tuve la neuritis, que tras ciertas pruebas determinaron que habría sido de origen nervioso. En eso quedó todo, en un mal susto y, varios chispazos que se producían en mi cuerpo de tanto en tanto.

He vivido, de ahí en adelante hasta el 2016, una serie de situaciones que me han permitido, entre otras cosas, continuar mi desarrollo profesional de manera entregada al 100%. Exceptuando los momentos de “baja laboral” y casi que “baja vital”. De resto, mi vida ha sido completamente normalizada. Como la de una chica/mujer joven. Con mis proyectos, mi ocio, mis expectativas, mis responsabilidades, mis inquietudes, mis relaciones sociales, de pareja, mi ejercicio, mis marchas, mis conciertos, mis enfados, mis alegrías, mis pérdidas y mis encuentros.

Vamos, una vida que no sé si con el shock del diagnóstico, a tan temprana edad, podría haber desarrollado o se hubiera fracturado mi existencia.

La bola número 8.

En ese periodo, pasé un periplo, de idas y venidas, de tristezas silenciadas y rarezas, pero siempre remontando.

Con 36 años, recibir el diagnóstico fue duro. Pero llevaba a mis espaldas un mayor bagaje y experiencia. Muchas horas de terapia e introspección. Un trabajo de crecimiento interior y espiritual. Y risas, muchas risas.

Vamos, creo que esos 8 años, como una bola de billar, vinieron rodados. No fueron años en vano. Hubo una preparación y me dotó de algunas herramientas que me han servido de ayuda.

Tantos años de bolas de billar rodando en la mesa.

Y era la 8, la bola número 8.

El diagnóstico apareció cuando podía hacerme cargo de él.

El contraataque de los virus

Se empeñan en decirme que la medicación que tomo para la EM no es la que provoca estas recaídas continuas. Gripes, virus de estómago, absceso, debilidad.

Yo no me lo creo.

Nunca me había ocurrido tener que estar en cama a cada rato.

Ya he perdido la cuenta, de las veces que por fuerza mayor, mi cuerpo ha estado fuera de combate.

A este ritmo la cama se va a convertir en una cárcel. En un encierro absoluto.

Tengo especial aversión a estar enferma. Es un mal recuerdo. Muy mal recuerdo para ser exacta. Desde las entrañas, se apodera de mí una sensación de profundo dolor y tristeza que me hunde.

Ya conozco y reconozco ese sentir. Pero igualmente me deja pillada el alma.

Hace 2 semanas, estuve en cama durante 5 días por virus de estómago. Me “recupero” y una semana después, caigo mala con otra historia. No. No es ni medio normal. En medio de todo esto, el absceso incansable, que sale y se esconde como la marea.

Y yo sigo con mi eterna sonrisa. Esa que es mitad compañera, mitad máscara.

Pero duele. Todo duele. Duele el dolor y lo que no es dolor, también duele. Y al hablar de dolor, lo hago a partes iguales, del que sale del alma y de los dolores repartidos por todo mi cuerpo.

Intento que no salga la rabia, la frustración, el enfado. Pero a veces se me pone entre el estómago y el pecho, como si quisiera expulsar fuego por la boca, como los dragones.

¡AAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGGGGGGGG!

Y vuelvo a mi eterna sonrisa.

– No importa, ya me recuperaré pronto. Digo con cara de resignación.

Es en estos momentos, de extrema vulnerabilidad, que me pregunto:

– ¿Algún día llegaré a equilibrarme?. No quisiera aceptar esta condición como modo de vida.

Ni rugidos de dragones, ni caras de aceptación, ni cárceles sin barrotes, ni mareas que vienen y van.

Pido un poco más de equilibrio. Equilibrio. Equilibrio. Equilibrio.

 

Designpick

Siento, luego existo

Semana de torbellino emocional. Podría decirse que mi alma se afanó en experimentar, miles de sensaciones, días antes de llegar a los 38.

El lunes comenzó con una terapia potente que tocaba bien de lleno en la diana. El centro de mi pecho. Mis emociones más profundas. Sacudida al escudo de María. Por fin se va quebrando la estatua.

Luego, por la tarde/noche, un agotamiento y extenuación que me impidió moverme de la horizontalidad.

El martes, cierre y despedida del curso al que llevo meses acudiendo, en la Asociación Provincial de Esclerosis Múltiple (APEM). Un hasta luego con personitas agradables y de las que he aprendido.

Al regreso, me encuentro una sorpresa muy muy muy bonita, que con el corazón abierto en canal, como lo he tenido, me arrastró algunas de las lágrimas que había guardado esa mañana.

El miércoles, otra terapia (esta vez de biodinámica craneosacral), me coloca y descoloca, mueve y remueve, el ritmo de la respiración y con ella, se acerca y aleja una fuerte opresión en el pecho….Otra vez ese corazón mío, que se agita y se protege a partes iguales.

Por la tarde, tras una siesta reponerdora (o eso creía yo), me aventuro a continuar con mi nueva forma de meditación – mancharme las manos con pintura, pegamento y carboncillo-. Poco duró la energía. Desde que la luz del día cayó, mi fuerza se marchó con ella. Noche de recogimiento y cuidados. Sigo teniendo mi pecho abierto de par en par, emociones que entran y salen sin orden alguno. ¡ Uy, qué susto me da!

El jueves, coincidiendo con el solsticio de invierno, me llega la ansiada carta. Una resolución que notifica la situación laboral en la que voy a encontrarme, al menos, los 2 próximos años. Otra vez el pecho….. Se agita, se acelera el pulso, se entrecorta mi respiración. Ufffff, ¡menos mal!. Por mucho que me duela, es evidente que no puedo ir a trabajar con el ritmo e intensidad que eso supone. Tranquilidad y tristeza, mucha, mucha, mucha, tristeza.

No doy ni 20 minutos de reposo a esta emoción porque rápido me voy a la dermatóloga. Tras 3 meses de antibiótico, el absceso continúa saliendo a su antojo, casi semanalmente. En su consulta y sintiéndome pequeña – no sé por qué- me dice que de nuevo tengo que pasar por el cirujano. – Pum, pum, pum, pum- El corazón corre rápido. No le gusta lo que escucha. No está de acuerdo. No le parece justo. Lo estamos haciendo todo bien, ¡coño!, ¿por qué sigue saliendo?

Vuelvo a casa molesta y enfadada conmigo. No he podido/sabido hacer las preguntas oportunas a la médica. Estaba como colapsada….

Vaya, intuyo lo que va a pasar. Profunda y conocida tristeza aflora, ya acostada.

Viernes, día de almuerzo de “empieza”. Quedo con mis amigas, las que han formado parte de mi vida laboral, pero sobre todo personal, estos últimos 10 años. Cuando llego allí, me sorprendo más aún, porque no esperaba encontrarme con algunas personas. Emotiva comida, bonitos recuerdos, anécdotas graciosos. Una forma preciosa de decirles hola y adiós, en una parcela de mi vida.

Salgo de allí, con ganas de seguir en mi trabajo con las manos, sin el filtro y boicot de la cabeza. ¡¡¡Qué subidón, qué entusiasmo!!!

Cuando paro, en cuerpo se afloja también, pero como llevo años exprimiéndolo sin ser consciente que debo parar, no es nueva esa sensación.

Otra noche de recogimiento y cuidados. El alma se expande y contrae. No logro dormir de la cantidad de estímulos. Mi corazón vuelve a agitarse desorbitadamente – pum, pum, pum, pum- Estoy agotada pero excesivamente excitada.

Sábado, quiero resolver algunas gestiones propias de estas fechas. Salgo, voy, vengo y….. ¡plof!

¿Pero tú no te das cuenta que llevas toda la semana con un torbellino emocional y físico?

¡¡PARA MARÍA, PARA!!

Pero, qué difícil es cuando siempre he hecho lo contrario. Tengo que hacer, tengo que moverme, tengo que tomar decisiones, tengo que estar con los demás, tengo que poder hacerlo, tengo que, tengo que, tengo que……

Ya es domingo: mi cumple. Con pocas expectativas, pero con muchas ganas de compartir con los que están conmigo, con los que me cuidan, me quieren, me arropan, me hacen sonreír, me hacen pensar, con los que me dan la mano, los que me hacen rabiar también. Pues, con todos ellos, me encuentro. Lejos o cerca en distancia, pero me encuentro.

El día ha sido tierno, ha sido rico, ha sido gracioso – me disfracé de duendecilla de la Navidad-, ha sido intenso. He estado con diferentes personas. Compañeros y compañeras de viaje. De mi viaje. Familia de sangre y familia elegida.

No he estado con otras que también han sido parte de mi viaje. La noche anterior, lloré cada una de las ausencias.

Llevo una intensidad dentro de mí que me desborda. Estoy muy sensible. Demasiado. Estoy muy feliz. Demasiado. Estoy muy triste. Demasiado. Estoy muy nerviosa. Demasiado. Estoy muy expuesta. Demasiado. Y eso tiene consecuencias. Las consecuencias son HOY.

Hoy me duele extremadamente el cuerpo, el pecho, las piernas, las manos, la cabeza.

Me duele el silencio y me duele la palabra.

Hoy me doy cuenta, un día más, que siento, luego existo.

¡Qué bello y qué doloroso es sentir!

 

imagen de Cris Valencia

Mucho que decir

Dentro de unos días cumpliré 38 años. Soy joven, pero a veces no me siento joven. A veces, me siento una anciana.
Creo, sin lugar a dudas, que el último año y medio me ha situado repetidamente en mitad de un ciclón. Y para sobrevivir, he tenido que aprender a manejarme con circunstancias adversas, desconocidas y complicadas.
Esta tormenta se llama Esclerosis Múltiple y es una nueva compañera que me sigue, pegada a la espalda, como una mochila, como una sombra.
Dentro de unos días cumpliré 38 años. Soy joven, pero a veces no me siento joven. A veces me siento una anciana.
Mañana 18 de diciembre, es el día nacional de la Esclerosis.
¡Vamos a aplaudirnos! Va por todas las personas que diariamente convivimos con ciclones, tormentas y tempestades. Por momentos silenciosas, por momentos invisibles y, que aún así, nos mantenemos en la lucha, con una sonrisa y si se puede, nos mantenemos en pie.
Nadie dijo que fuera fácil, pero hay algunos caminos más abruptos que otros. Sorteemos los obstáculos con valentía y confianza.
¡¡¡Nos felicito a todos y a todas!!!
En esta tormenta tenemos mucho que decir.
imagen de Carmen Segovia

Sentidos

Sentidos que siento y des- siento.

Es extraño. Muy extraño.

Me afano por conocer cada mensaje de mi cuerpo. Pero a veces tiene un código que no sé descifrar.

¿Cuándo la línea es hasta aquí y cuándo es hasta allá?

Siento y des- siento sin saber cómo ocurre.

Hay días que veo mejor, otras veces que todo está menos definido y algunos ratos, que el negro se apodera de mí.

Mis pies se congelan, siento mucho frío, la nariz se vuelve helado de vainilla y, de pronto, a poco que haga, estoy sudando, las gotas caen por mi frente.

Soy el blanco y soy el negro.

Soy izquierda y soy derecha.

Pequeñas corrientes por mis dedos ¿electricidad estática?

Siento y des- siento sin saber cómo ocurre.

Los ruidos excesivamente altos, el barullo, el gentío escandaloso, me desconecta.

– ¡Pero yo quiero estar ahí!

– No María, no toca – Off-.

Y mis manos a veces me engañan. Quiero abrir algo y no puedo. Después, son las mismas manos fuertes que siempre conocí. Las mías, las de verdad.

Estoy- no estoy- Estoy- no estoy.

Mis sentidos y yo jugamos al escondite. Un juego raro, de esos que estropean el recreo en el patio del colegio.

Pero es nuestro juego. El de mis sentidos, el mío.

A veces, mis sentidos sienten tanto que el pecho me vibra. A ese juego también juegan mis sentidos. Juegan a sentir mucho, a sentir hasta emocionarme, hasta hacerme y deshacerme.

Y entonces siento que soy feliz.

Feliz porque bailé, feliz porque oí la lluvia, feliz porque vi que podía, feliz porque sentí su piel con mis dedos, feliz porque sí.

Pero siento y des- siento sin saber cómo ocurre.

Y hay ratos que ésto, también, lo dejo de sentir.