afecto

¿Me ayudarías a cargar la piedra?

Hey you,
 Out there in the cold,
 Getting lonely, getting old,
 Can you feel me?
 Hey you,
 Standing in the aisle,
 With itchy feet and fading smile,
 Can you feel me?
 Hey you,
 Don't help them to bury the light.
 Don't give in without a fight.
 Hey you,
 Out there on your own,
 Sitting naked by the phone,
 Would you touch me?
 Hey you,
 With your ear against the wall,
 Waiting for someone to call out,
 Would you touch me?
 Hey you,
 Would you help me to carry the stone?

Open your heart, I'm coming home.
 But it was only fantasy.
 The wall was too high, as you can see.
 No matter how he tried he could not break free.
 And the worms ate into his brain.
 Hey you,
 Out there on the road,
 Always doing what you're told,
 Can you help me?
 Hey you,
 Out there beyond the wall,
 Breaking bottles in the hall,
 Can you help me?
 Hey you,
 Don't tell me there's no hope at all.
 Together we stand, divided we fall. Hey You. Pink Floyd.

No te des por vencida sin luchar.

No les ayudes a enterrar la luz.

¿Me ayudarías a cargar la piedra?

No me digas que no hay nada de esperanzas.

Juntos permaneceremos, divididos caeremos.

La tierra se queja a gran escala.

El mes de septiembre ha sido un llanto constante del mundo, del universo.

El planeta no resiste más.

Se rebela. Se enfada. Se duele. Se entristece.

En otros países, en otros continentes, en otros corazones, hay dolor.

Guerras, refugiados, terremotos, huracanes……

También es mi llanto. También es mi pena. También es mi dolor.

Hay hambre, injusticias, muerte, destrucción.

También es mi dolor.

Mi isla se quema.

También es mi dolor.

Hay lágrimas, impotencia, tristeza.

Hay solidaridad, ayuda, humanidad.

No te des por vencida sin luchar.

No les ayudes a enterrar la luz.

¿Me ayudarías a cargar la piedra?

No me digas que no hay nada de esperanzas.

Juntos permaneceremos, divididos caeremos.

Y mi cuerpo, como una microisla, con sus árboles devastados, con las cenizas mano a mano con la tierra, con el panorama desolador que queda, mi cuerpo no se rinde.

No se rinde mi boca, que habla y sonríe a partes iguales.

No se rinden mis piernas, que dan pasos aunque sea en círculos.

No se rinden mis ojos, que miran con ilusión a lo que queda por venir.

¡Vamos, vente a plantar pinos conmigo! Que con mis fuerzas, las pocas que tengo, voy a hacerlo posible. Regalar una sombra para el sol del futuro.

No pienso darme por vencida.

No ayudaré a enterrar la luz.

Te ayudaré a cargar la piedra.

Juntos, ¡hay esperanza!

La EM se queda chiquitita ante otros dolores. … tan chiquitita….

 

imagen de Albert Soloviev

 

 

 

 

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Mi despacho

No mío de propiedad. Mío de sentimiento.

Sí, muy mío.

Mío de momentos, de recuerdos, de aprendizajes, de discusiones, de risas, de esperanza, de reuniones productivas, de lágrimas, de organización, de frustración, de papeles con resoluciones, de constructivismo, de equivocaciones, de proyectos, de agobio, de letras infantiles, de etiquetas, de pasión por lo bien hecho, de enfado, de dibujos, de firmas, de abrazos, de lucha, de propósitos, de referentes curriculares, de pruebas, de familias, de alumnos, de amigas, de maestras, de compañeros.

Mi despacho, tan lleno de todo.

Mi despacho, tan lleno de mí.

Lleno de mi olor, de mis colores, de mi presencia, de mi alegría, de mis plantas, de mi carácter marcado, de mi vehemencia, de mi rectitud, de mi disciplina, de mi ternura, de mi comprensión, de mi coherencia, de mi constancia, de mi exigencia, de mis ganas de ayudar, de mi bondad, de mi corazón y, como no, lleno también de mis errores.

Ayer hizo un año que vacié mi despacho de mí.

Allí quedó todo el trabajo hecho. Mi aroma se vino conmigo.

Las bolsas que recogí continúan cerradas en el armario donde guardo mis tristezas. No he sido capaz de sacar nada de allí.

Cuando me dijeron que tenía EM nadie me advirtió que mi vida cambiaría tanto.

Siento que mis días siguen siendo duelos perpetuos. En los que no finalizan las despedidas.

No termino de encajar el tener que vaciarme de tanto y no llenarme de nada.

Por suerte, hay días que llevo de la mano a mi amiga Esperanza. Y la miro y le pregunto:

– Algo bueno andará por llegar, ¿no?

Poder o no poder, ésa es la cuestión

Está claro que aún no me conozco. No sé medir mis fuerzas en esta nueva situación.

A veces me veo esforzándome porque siento que puedo y creyendo, que en ese mismo esfuerzo, es dónde está la voluntad para tirar hacia adelante.

Otras veces, en ese mismo empeño de superarme y no caer en el victimismo, me excedo. En esos casos, es cuando paso la línea y mi cuerpo quiebra.

Es complicado.

Aún me siento perdida dentro de mí.

Me cuesta estar parada. No quiero ser una gandula o vaga. Creo que tengo capacidad de hacer determinadas cosas. Me siento feliz por conseguirlo y además, hacerlo con éxito.

Y de pronto, sin saber qué ha cambiado, mi capacidad de respuesta ya no es esa. Me veo impedida, floja, agotada, extenuada.

No conozco ni este cuerpo que habito, ni esta mente que, en muchos casos, me domina.

De todas formas, sí que creo que tengo que abrir más los sentidos, para estar alerta y parar a tiempo.

Me cuesta tanto aceptar que no puedo hacer actividades tan cotidianas como pasar un día fuera de casa, comiendo y pasando el rato con amigas. O que puedo hacerlo, pero estando sentada, sin participar en la organización del almuerzo. O bien que puedo participar, pero que ello va a tener un coste físico importante. Es como si me negara a asumirlo.

Tengo sentimientos encontrados.

Por una parte, quiero ser la María efectiva y eficaz de antes. Me siento plena al saber que soy útil, colaborando y ayudando. Y por otro lado, si no puedo participar, está el sentimiento de ¿vergüenza, impotencia, frustración?, que a su vez se convierten en percibirme inválida.

Sé que son sensaciones y sentimientos totalmente desacertados y nada coherentes….. pero es parte de mi proceso de aceptación.

De todas formas, no me siento triste ni desalentada con esta situación. Al contrario, con ello me voy dando cuenta de mis nuevas circunstancias y que tengo que seguir conociéndome y entendiéndome.

Tengo muchas ganas de hacerme amiga “de verdad” de la nueva persona que soy. De tenderme la mano, cuando lo necesite y de hacerme mover el culo, también cuando la ocasión lo requiera. Pero, todavía me encuentro un poco atolondrada y haciendo muchas cosas por la inercia de como las hacía antes.

Se me ocurre, no sé si será bueno, ponerme algún recordatorio: tipo anillo, elástico o escribirlo con bolígrafo en mi mano, para asegurarme que no me despisto.

Es importante aprender a diferenciar cuándo realmente puedo y cuándo es que no.

También en esos momentos, cuando realmente no pueda, es un gran aprendizaje que sigue pendiente, saber pedir ayuda. Estoy dando mis pasitos.

No soy más ni soy menos.

¿En qué momento de la vida adopté el papel de super woman?, no lo sé, pero desde luego es un lastre importante.

Parafraseando (a mi manera) a Shakespeare:

Poder o no poder, ésa es la cuestión. 

Sistema incoherente inhumano vs. coherencia humana antisistema

 

No comprendo este mundo y, posiblemente, éste no me comprenda a mí. Siempre fue así. Hace rato que lo vengo sabiendo.

El sistema funciona, a mi juicio, de una manera alocada, sin criterio, sin lógica.

Estuve ingresada en el hospital casi 20 días. Pude comprobar cómo mis ideales de alimentación, por ejemplo, nada tenían que ver con los que se ofrecen en un lugar que “busca recuperar la salud de las personas”. Harinas refinadas, fritos, empanados, verduras congeladas, galletas de paquete…. Sé que es la forma más habitual de comer. Pero en un lugar donde los profesionales de la salud están presentes, no lo comprendo…..para mí es insólito. Pero es lo que interesa. Alimentación industrial y de masas.

– ¡Tú tómate estas pastillitas y ya está, María! No opines que los que sabemos de la salud, somos nosotros.

Cierto es que me lo comía todo y casi que devorando. La ansiedad que viví esos días era desorbitada. En un lugar desconocido para mí, fuera de mi hogar, a la espera de saber qué me ocurría, sin intimidad alguna, medicada hasta las cejas, habiendo dejado de fumar por fuerza mayor y evidentemente muy asustada. Comía lo que me pusieran delante.

Ni durante ese tiempo, ni después, el servicio canario de salud, ofreció apoyo terapéutico emocional. (Supongo que este desinterés por los sentimientos y emociones, no es algo exclusivo ni de las Islas Canarias ni de España).

Los días que transcurrieron allí, podría haber sido muy útil que se me acercara alguien que trabajase las emociones y tratara de ayudarme. A mí y a todas las personas que están privadas de libertad, y/o asustadas, esperando saber qué les ocurre, es un periodo de convalecencia. En definitiva, ingresadas en un hospital – que a no ser que sea por haber dado a luz- difícil que sea agradable.

Mucho más, el día que me dieron el diagnóstico y los posteriores. Fue como soltar una bomba y dejármela en las manos para que me explotara sola en casa. Incoherencia del sistema. Falta de empatía y nada cuidadosos con las emociones de una.

Creo que es fundamental, cuando una persona recibe una noticia de ese calibre, ofrecer un apoyo terapéutico. Ya luego habrá quién lo agradezca y necesite, o quién lo rechace también. Pero creo que dar la opción es importante.

– Nada María, si estás afligida por la noticia, búscate los recursos y las herramientas tú sola en casa con los tuyos. El sistema está muy ocupado en otras cosas.

Tampoco entiendo esta otra etapa. Se supone que los brotes de la EM tiene relación directa con los nervios o situaciones de estrés. Un factor importante es aprender a tener una vida más calmada y tranquila. Pues eso no va de la mano con lo que el sistema me exige:

– Miles de visitas a diferentes médicos y rehabilitadores. No para garantizar mi estado de salud, sino para cumplir cada uno con sus protocolos. El médico de cabecera durante el periodo de baja, la mutua que va detrás del médico de cabecera, el neurólogo cuando me corresponde, recoger la medicación en la farmacia del hospital, analítica regulares de control, médicos rehabilitadores del centro mismo y, del hospital, otro día diferente. Si tienes un brote ir fuera de hora a que te atiendan cuando puedan (5 horas de espera), para el tratamiento del mismo (ir diariamente a ponerte el cóctel intravenoso). Cuando se termina el tiempo de baja, ir a la inspección, haber recopilado los diferentes informes (que no te los dan en las consultas, sino hay que hacer más colas, para solicitarlos. Esperar hasta 1 mes y volver a recogerlos a veces más de 1 h. de espera). Todo ello, tratando de que no coincidan todas estas “burocracias médicas” en fecha y hora. Esto se hace con relativa frecuencia y, en la mayoría de las ocasiones, con largas esperas. E incluso a veces, con un trato desagradable.

¿Realmente creen que así puedo normalizar mi vida y tratar de estar en calma?, ¿es coherente?

Además de ello, como el sistema NO OFRECE alternativas para recuperarme, más que en forma de pastillas químicas, yo he buscado otras posibilidades de mejora. Ellas las cuento con detalle en el capítulo 122 “ensalada de terapias”. Todas las costeo de mi bolsillo, pero ¿qué sucede?. Que el sistema baja el sueldo al haber pasado el año de baja.

Evidentemente, soy afortunada por poder hacer las terapias que hago. Soy afortunada porque si me apuro un mes, tengo respaldo familiar que me ayuda en la economía. Pero vuelvo a plantear, ¿es viable una recuperación real con el sistema en el que vivimos?

Si, bueno. Podría hartarme de pastillas (más aún), quedarme en el sofá y dejar que la EM se apoderara de mi vida. Hacer la rehabilitación, eso sí, que es la única terapia que es pautada por el servicio canario de salud y de resto lamentar mi falta de evolución. Pero esa no es mi opción.

El sistema está poniendo el punto de mira sólo en un interés: las pastillas.

No soy partidaria de apoyar ni aplaudir este sistema.

No quiero ser un número más de una lista de espera. No quiero ser, en vano, una más de mil.

No me parece coherente que los médicos hablen de normalizar una vida, de la necesidad de estar en calma y evitar situaciones de estrés, cuando el sistema mismo está organizado para fomentar, justamente este estrés, la mala calidad de vida y tiene olvidado por completo, el mundo emocional.

Sistema incoherente inhumano vs. coherencia humana antisistema.

Y yo no quiero ser, en vano, una más de mil.

La vuelta al cole

Recuerdo que desde muy pequeña me emocionaba el regreso al colegio después de las vacaciones.

Me encantaba tener todo mi material organizado, mi uniforme nuevo, los libros recién forrados, ponerle el título a las libretas… Y como no, el reencuentro con los compañeros, con las amigas, con el profesorado. Con el paso del tiempo, también me he dado cuenta, que era fundamental para mí tener una rutina. Por todo ello, la vuelta al cole me resultaba especialmente emocionante.

Tener una pauta marcada, siempre me ha dado calma. Los horarios, las tareas establecidas, las actividades fijadas con antelación, me proporcionan seguridad y estabilidad. Me ocurre desde pequeña.

El tiempo ocioso es un gozo y un disfrute, pero un ratito, unos días, unos meses. Luego necesito el orden, otra vez, para sentir que las cosas caminan bien.

Debe ser que vivir relajada me estresa. Paradojas de la vida.

Ayer fue el segundo año que no me incorporaba al cole después de las vacaciones. Igual que el año pasado, que la noche del 31 de agosto se me hizo interminable (me dio insomnio hasta las 5 de la mañana), pensando en el regreso de mis compañeros, pensando en mis tareas inacabadas el curso anterior, pensando en los alumnos de los que no me despedí, recordando cada detalle de mi despacho, mis rutinas en el centro, mis huecos y espacios, las sonrisas que no iba a encontrar por los pasillos… Igual que ese año, este otro, se me ha representado triste. Los imaginaba en la sala del Claustro, con sus libretas nuevas, con el libro de actas (que tantas veces rellené), con el alboroto del inicio de curso. Los abrazos en la sala de café, el tono bronceado de algunos, los anécdotas de viajes de otros, las risas escandalosas, las palabras pisadas, los besos, los buenos propósitos e ideas tras un periodo de descanso. En definitiva, la energía arrolladora que se respira cada 1 de Septiembre.

Y me encuentro, otro año más, sin ser parte de ese momento.

Soy nostálgica y romántica. Soy apegada a mis hábitos, los que me caracterizan, los que me han nutrido durante años, los que me representan. Me considero “adicta” a las relaciones humanas. Necesito sentirme útil. Hacer algo por los demás. Ayudar y que me ayuden. Busco las experiencias que me hacen evolucionar. Adoro contrastar ideas. Debatir, desarrollar teorías. Me encanta dar afecto, a grandes y pequeños. Me siento bien protegiendo a los que considero más vulnerables. Y más, mucho más.

De pronto, todo esto pasa a un segundo plano. Aparece otra parte de María, desconocida y asustada, a la que hay que prestar atención. Y ella recibe sus mimos, sus cuidados.

Pero mi parte nostálgica se abraza a los recuerdos.

E incluso los decora con colores. A veces todo era gris. Pero en mi memoria luce como un arcoiris.

Este es el segundo año que no me incorporo tras el periodo de vacaciones. Y lo echo de menos. Echo de menos ese microuniverso que surgía en mi interior cuando volvía al cole. De pequeña y de grande.

In-Comprendida

No creo que sea una sensación que venga de la mano con el diagnóstico.

Es algo que me murmura en el oído desde….. desde que recuerdo, la verdad.

Me he sentido en muchos momentos de mi vida, poco comprendida. En unos y otros aspectos, diferentes situaciones, diferentes escenarios. Pero la base, el sentimiento, el mismo.

No por todas las personas, afortunadamente, pero sí por algunas, muchas en realidad. En mi realidad, claro.

También se debe a lo sensible que soy. A cómo percibo y cómo siento.

Siempre fui muy susceptible a las críticas. Me herían muchísimo. Mi exigencia me gritaba que aquello tenía que mejorar. Que lo que hacía sería insuficiente. Pero esas heridas no se reflejaban en un rostro afligido sino en uno guerrero.

En la actualidad, los juicios sobre mí, me generan un sentimiento de incomprensión. – Yo en una caja escondida de las miradas ajenas – .

A veces siento soledad, confusión, ahogo.

Sé que las personas que me quieren, intentan con todo su corazón, ayudarme, estar presentes, darme su apoyo, consejos…, pero tengo las llagas tan a flor de piel, que a veces me siento juzgada, como si lo que estuviera haciendo para mejorar y salir del pozo, no fuera suficiente.

Y las palabras entonces, se convierten en rifles, que me lanzan balas y me dejan fuera de combate. Vuelvo a saber que es parte de mi manera intensa de sentir. Pero así siento y la sensación me invade por dentro.

Nunca he pensado que sea un problema de los demás. Lo achaco a que algo estaré gestionando mal. Pero, ¿cómo se cambia eso?

In- Comprendida.

Durante mucho tiempo creí que tener una depresión era algo similar a estar en un sofá sin poder levantarse y llorando sin parar. Y creo que eso también puede ser tener una depresión. Pero hay otras maneras: sentir que nadie te entiende, que te ahogas en palabras no dichas y que otras que sí se dijeron, te apuntan al pecho. Esto debe ser también parte de la melancolía profunda. Me duele todo. Me supera todo. Me molesta todo.

Hay días que consigo sentirme mejor, más viva, encontrarle sentido a la vida, pero otros, me arrastra el desaliento.

Me siento incomprendida.

Y no tiene que ser una realidad. Pero hay días en que es mi realidad.

A veces esa caja me separa del mundo y otras veces, me escondo yo en ella para que el mundo no me vea.

¿Me volveré a meter huyendo de las palabras rifle?, ¿algún día podré borrarla del todo?.

Hoy somos mi caja, la incomprensión y yo.

Revoltura

 

 

Y con el cuerpo resacado aún de la tremenda y reciente catarsis, el estómago se me pone nuevamente del revés.

¿Qué pasa en el mundo?

Las noticias del atentado en Barcelona, así como el posterior en Cambrils, me han dejado completamente tocada. No es que lo que suceda en otras partes del planeta no me afecte, pero cierto es que el estar escuchando y viendo lo sucedido, en todos los medios de comunicación (TV, radio y redes sociales), hace que me sensibilice, si cabe, más aún.

El estómago se me encoge y me duele. La garganta se me cierra y se hace un nudo.

Frente a determinadas situaciones, aunque quiera evitarlo, mi cuerpo refleja mi sentir. A veces soy como una esponja, que absorbo lo que sucede a mi alrededor. Luego se me queda atorado. Y algunas veces, por suerte, lo puedo vomitar.

Siempre he sabido que soy hiper sensible, aunque mi caparazón no me permitiera mostrarlo en ocasiones. También mi sentido del humor – a veces parapeto- hacía que no saliera a la luz esa extrema sensibilidad.

Ahora ni sé ni pretendo ocultarla. Siento y lo muestro sin más.

Pero a veces me gustaría saber poner una barrera entre mis sentimientos, mis emociones y lo que ocurre en el exterior. Porque me impregno de dolores ajenos, de tristezas robadas, de lágrimas intrusas.

Hoy no me he podido levantar, porque todo me da vueltas, tengo ganas de vomitar y estoy del revés.

Sé que no estoy mala ni tengo virus alguno. Sé que es una revoltura emocional. Ya voy aprendiendo a reconocer mis síntomas. Sin embargo, no sé gestionarlos. Me encuentro mal física y emocionalmente. ¿Qué hago con estas sensaciones?. Me dicen que las acepte, que respire y las deje ir, pero en este paso me pierdo.

Mi estómago se cerró ayer. Se me hizo un nudo en la garganta. Sentía tristeza, dolor e impotencia.

¿Qué pasa en el mundo?

No sé respirar estas sensaciones, ni sé vivir de esta manera.

A veces, no quiero pertenecer a la raza humana. Somos unos bárbaros, enfermos, sin rumbo.

Sé que sentir así – como siento- no me hace mejor ni peor persona. Es una característica que me hace más vulnerable a todo. Ni más ni menos.

– Es que eres demasiado sensible, María. Así no se puede…..

¿Acaso se elige sentir?

Hoy todo me da vueltas y me siento del revés. Tengo ganas de vomitar y estoy agotada.

Es la resaca de mi proceso interior, con el peso emocional de lo sucedido hace 2 días.

Nada tiene que ver mi EM en todo esto. Hoy quién manda en mí es la sensibilidad.

– ¡Sujétame el pelo amiga, voy a vomitar!

 

imagen de Alex Egea

Catarsis

 

Catarsis (del griego kátharsis, purificación) es una palabra descrita en la definición de tragedia en la Poética de Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Mediante la experiencia de la compasión y el miedo (eleos y phobos), los espectadores de la tragedia experimentarían la purificación del alma de esas pasiones.

Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir (o “soportar la purificación”) al espectador de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra, y al permitirle ver el castigo merecido e inevitable de éstas; pero sin experimentar dicho castigo él mismo. Al involucrarse en la trama, la audiencia puede experimentar dichas pasiones junto con los personajes, pero sin temor a sufrir sus verdaderos efectos. De modo que, después de presenciar la obra teatral, se entenderá mejor a sí mismo, y no repetirá la cadena de decisiones que llevaron a los personajes a su fatídico final.

Por otra parte, Josef Breuer y Sigmund Freud, iniciadores del psicoanálisis, retomaron este concepto en sus primeros trabajos, y denominaron método catártico a la expresión de una emoción presente reprimida o recuerdo pasado reprimido durante el tratamiento, en estado hipnótico o mediante la terapia cognitiva, lo que generaría un “desbloqueo” súbito de dicha emoción o recuerdo, pero con un impacto duradero (y le permitiría luego al paciente, por ejemplo, entender mejor dicha emoción o evento o incluso hablar ampliamente sobre ello).

Sea la que apuntaba Aristóteles (pudiendo ver en un espejo ajeno mis propias necesidades de cambio) o la de la terapia cognitiva (desbloqueo súbito emocional), este fin de semana, sin duda alguna, experimenté una profunda catarsis.

Llevaba días en un estado más bien bajo. Poco animada y algo abatida. Sin embargo, nada me hacía imaginar que horas más tarde, se removería en mí algo tan profundo. El día iba transcurriendo con normalidad. En un momento dado y sin que las circunstancias ocurridas, se correspondieran con mi reacción , se abrió un grifo y por él comenzó a salir el dolor de muchos días, meses y años, en forma de lágrimas.

Éstas salían descontroladamente y a borbotones. No respondían a lo que estaba sucediendo en el momento presente. Cada gota salada llevaba impregnada una gran carga emocional, guardada en mi pecho durante días, muchos días, meses, muchos meses, años, muchos años.

Lloré y lloré y lloré. Mi respiración agitada acompañaba al ritmo de las lágrimas. El estómago encogido. Mi cuerpo totalmente entregado. Tenía la garganta atorada de todo lo que quería gritar y estaba guardando en silencio.

Fue como vaciar un estanque que rebosa agua por todo lados. Aguas empozadas, aguas sucias y turbias.

Mi llanto estaba descontrolado como también lo estaban mis emociones acalladas. No era consciente de todo lo que había estado reprimiendo.

Catarsis que anuncia procesos de limpieza, de recolocación, de aceptación. De dejar salir lo viejo, para que entre lo nuevo.

Todavía estoy sensible. Se removió la “basura” de años y aún quedan restos que van saliendo de a poquito. Con más suavidad pero que se limpie, sí.

Ahora con el grifo cerrado, puedo seguir mirando en el espejo mi dolor pero mi alegría también.

Catarsis que anuncia luz en la oscuridad.

 

 

 

 

¿Quién soy cuando no soy?

 

Me conozco y me desconozco.

Estoy en un punto de despedir algunas de mis características y en su lugar, se van instalando otras.

Pero ni soy aquella ni soy ésta.

Lágrimas inagotables que anuncian adioses.

Nostalgia de lo que fue.

Un adiós sin su hola.

Y aquellas rarezas, quizá mías, quizá robadas, se tambalean en mis pies, como se tambalea mi cuerpo.

Estoy triste.

Se van mis recuerdos, como se van mis hábitos, como se van mis afectos.

Y eso no significa que lo que venga no sea bueno. No, no significa eso.

Pero a veces no sé desprenderme de lo viejo y otras veces, no quiero hacerlo. Es lo mío, lo que conozco, lo que me dio de comer durante tantos años.

Recuerdos de dolores, dolores en recuerdos.

¿Quién soy cuando ya no soy?

Ahora mismo no soy. No estoy. No me encuentro. No me conozco.

Y no soy aquella ni soy ésta.

Pero existo en una franja alejada de la frontera.

Soy una sonrisa entre mis lágrimas.

Soy una lágrima que no se acaba. Y a veces, pero pocas veces, una sonrisa que no empieza.

¿Sabes tú quién soy?

No soy mi diagnóstico, eso sí lo sé.

Pero de pronto lo soy.

No soy una enferma, eso sí lo sé.

Pero de pronto soy esclerosis múltiple.

Ya dejé de ser la que era. Pero no sé decirle adiós a ella. Decirme adiós a mí misma. A la que fui. A la que se fue.

Me desgarra esa despedida.

No sé quien soy cuando ya no soy.

Me aferro entonces a lo conocido.

Ya llevo desconociéndome 15 meses y aún no la suelto. Aún no me suelto.

Tengo miedo dejar de ser y quedarme en el olvido. En el olvido de mí. En el olvido de ti.

Tengo miedo de conocer quien soy ahora y decepcionarme y decepcionarte.

Nunca supe quererme bien. Ahora es más difícil hacerlo.

Me conozco y me desconozco tantas veces como parpadeo en un día.

Creo que este es el verdadero dolor de una enfermedad.

Dejar morir a quien fue para dar paso a una nueva persona.

¿Quién soy cuando no soy?

El efecto tortuga

 

Mi vida continúa. Continúa en un estado como parado en el tiempo. Yo espero muchos “algos”. Espero mejorar, espero caminar bien, espero retomar mis hábitos, espero sentirme en equilibrio, espero volver a ser feliz, espero encontrar un sentido a todo esto, espero volver a leer y entender las palabras a la primera, espero bailar en un concierto. Espero que este paréntesis vital, que se abrió hace 14 meses, se cierre de una vez y defina mi nueva vida.

En este tiempo, un adiós sin adiós, marcó un punto de inflexión. Alguien que también esperé mucho y con muchas ganas. Ya se ha ido disolviendo el dolor, como arena que cae entre los dedos. Pero como la arena, hay granos que se quedan pegados. No es fácil sacudirlos.

Leí hace poco que hay personas que frente a una situación adversa, lo que hacen es esconderse en su caparazón para no saber del mundo. Si me meto debajo de la coraza, no veo lo que hay, no sufro. -El efecto tortuga o caracol-.

Quizá le ocurrió algo así. Quizá le pudo la situación. Quizá si se alejaba de mi enfermedad y de mí, no lo pasaría tan mal.

No lo sé.

Lo que sí sé que es que tenía una amiga que sentía como mi hermana. Aquella a la que contar mis secretos más íntimos. Aquella de la que fui confidente,  aliada. La que me abrazaba cuando me hacía falta. Una amiga que vivió en mi casa conmigo cuando lo necesitó. Una amiga que estaba dentro de mi familia. La que me escuchaba y a la que escuché, casi a diario, durante muchos años. Con la que hacía locuras y con la que reír a carcajadas. Con la que brindar. Con la que llorar. Con la que viajar. Estuvo en muchos dolores y muchas más alegrías. Realmente era mi hermana del alma. Pero ahora ya no está. Hace 10 meses que ya no está, que desapareció.

¿El efecto tortuga? No lo sé. Tampoco tengo capacidad, en esta etapa que aún me tiene la vida teñida de oscuro, para ponerme en su lugar. Ha sido una año lleno de marejadas y no tengo la serenidad emocional para empatizar con su situación.

Cada día me pregunto por qué. Y es que no sé encajar su total y absoluta desaparición. Desconcierto y perplejidad. Me sentí abandonada, huérfana de hermana. Se fue y nunca me explicó.

Sea lo que sea, su adiós sin adiós, me dejó un dolor casi tan grande como la EM.

Yo pensaba que la amistad, de ese tipo, era casi un “para siempre”. A no ser claro, que se produjesen diferencias de opinión, discusiones, contratiempos o algo similar- que no fue el caso-

En mi desesperación tras el diagnóstico, le reclamé más afecto, más atención, más presencia. Igual no fue lo más adecuado. Igual. Aunque creo que la amistad se trata de eso, de poder hablar sin tapujos de las necesidades de la otra persona, de no tener que callar pensamientos o sensaciones. Siempre creí y lo sigo sintiendo, que eso es la esencia de la verdadera amistad, que a su manera es una forma de amor también.

Tras esa petición expresada desde mi dolor pero con mucho respeto, se produjo el distanciamiento. El silencio perpetuo, el adiós sin adiós.

Quizá llegue el momento en el que pueda entender qué sucedió. Quizás nunca ocurra.

Como dije antes, mi vida continúa. Continúa en un estado como parado en el tiempo. Yo espero muchos “algos”. Espero mejorar, espero caminar bien, espero retomar mis hábitos, espero sentirme en equilibrio, espero volver a ser feliz, espero encontrar un sentido a todo esto, espero volver a leer y entender las palabras a la primera, espero bailar en un concierto. Pero a ella, hace tiempo que dejé de esperarla.

imagen de Nomi Chi