Tiempo de parar el tiempo

 

 

Hace poco leí la siguiente frase en una foto.

Diagnóstico de la civilización:

En algún lugar de alguna selva, alguien comentó,

– ¡Qué raros son los civilizados! Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo”.

Desconozco quién la dijo, pero me pareció tan significativa…..

Llevo fuera de la espiral que nos sume en esta era, que es: trabajar, agobiarse, preparar comidas, lavadoras, supermercado, limpiar, reuniones, citas, horarios, etc, etc, 14 meses ya. 425 días más o menos, fuera de esa espiral dictada por los segundos que marca el reloj. Cloc, cloc, cloc, cloc.

En esta etapa de tanto cambio para mí, he tenido que parar por fuerza mayor. Y de pronto, gracias a la EM y esta parada, he podido entender que todos -o casi todos-, estamos enfermos. Enfermos por cómo vivimos, por cómo gestionamos nuestra vida, mirando la mayor parte de las veces, el reloj. Enfermos porque a veces ni levantamos la vista hacia la cara de la persona que tenemos en frente. No podemos, el reloj marca la hora de.

Es un mal que nos tiene atrapados y creo que sólo se puede salir de él, con un grado muy elevado de consciencia o cuando el tiempo en tu vida literalmente se detiene- como ha sido mi caso-.

Y me apena haber estado tantos años aprisionada en esa rueda, como a los hamster se les pone para mantenerlos entretenidos.

Y me apena ver ahora desde fuera, cómo es el juego. Juego en el que casi por inercia entramos y, aunque jugamos a diario, no nos aporta diversión. Es “lo que hay que hacer”.

Si pudiéramos jugar de otra forma.

Si el tiempo se midiera por momentos que nos generan bienestar y no por gotas de sudor para llegar a tiempo.

Creo que cuando estaba “sana”, estaba también enferma. Una enfermedad tan invisible como lo puede ser la EM.

Una enfermedad que se contagia sin estar en contacto con nadie. Sólo por vivir ya estamos expuestos a esta enfermedad de la era moderna.

Recuerdo que me gustaba mi trabajo, que me gustaba mi vida, aunque reconozco que había aspectos con los que no me sentía cómoda y que deseaba que cambiaran. Pues ahora, tras este aprendizaje, creo que si volviera hacia atrás, haría las cosas de otra forma. Si tuviera el sentir que tengo hoy, gestionaría mi vida de manera más calmada, más serena.

Hacerlo así es mi plan ahora. Lo que por el camino se han quedado cosas, que quizás no pueda volver a repetir, ni de esta forma nueva, ni de la anterior. Ya no puedo hacerlas….

No estoy triste por ello. Bueno, sí. Sí que lo estoy.

Aún me encuentro en una etapa que recuerdo con mucha nostalgia todo lo anterior. Todo lo que hacía María antes y ya no. Cómo lucía María antes y ahora no.

Pero bueno, con esa tristeza y todo, puedo decir que estoy más curada de la enfermedad del tiempo. Aunque cargue con otra diferente, esta “curación”, me permite estar más presente. Sin segunderos dándome órdenes a gritos.

Y no precisamente porque haya dejado de hacer cosas. Yo diariamente voy a mis respectivas terapias, médicos, revisiones, etc, gestiono mi hogar y mis cosas, pero siento que me salí de la rueda de hamster y, ahora, mis pasos no los doy por inercia para no caerme, sino por elección.

¡Creo que es tiempo de parar el tiempo!

Te invito a bailar con tu propio ritmo.

Genes

 

Cuando era un bebé, ¿se sabría ya en algún rincón de mi ser que desarrollaría esta patología?

¿Desde cuándo se enteraron mis células que había algo extraño en mi organismo?

Si se analizara en un microscopio cromosomas míos, ¿veríamos algo que anunciara mi EM?

En el mismo lugar que se guardan las emociones, los estados de ánimo, en ese lugar, ¿habrá retales de mi multiplicidad?

Durante todos estos años de desconocimiento del diagnóstico, ¿sabría mi parte inconsciente lo que verdaderamente tenía?

Creo que la vida es un mundo por descubrir, que lo es el cuerpo humano y que las emociones son una galaxia entera. Me encantaría entender por qué suceden las cosas, cómo se producen, qué ocurre, cómo son los procesos…. ¿Seré rara por querer comprender mi existencia?

Entender las complejidades de la raza humana, en su microuniverso particular – la individualidad- y en las interrelaciones, los vínculo entre nosotros, los sistemas que hemos creados. La cantidad de situaciones tristes, dramáticas, de violencia, de dolor…. Quisiera desenmarañar los nudos, entender qué estamos haciendo mal, cómo podríamos mejorar, cómo acercarnos más a una frecuencia de paz, bienestar, calma, entendimiento, AMOR.

¿Cuándo empezó mi organismo a mutar?. El cambio se produjo en un momento concreto, por una situación concreta, ¿no?. ¿Qué ocurrió para ello?. De haber nacido en otra época, ¿también mi persona habría tenido EM?.

Cuando un microuniverso como el mío – organismo, mente, alma-, genera cambios tan drásticos por partículas tan diminutas (daño en la vaina de mielina que recubre el axón de una neurona), ¡cómo me sorprendo por las situaciones tan terribles que pasan en el mundo, por acciones mucho más invasivas y destructivas de la mano nuestra!

Me encantaría tener más sabiduría y más conocimientos. Poder entender mejor. Soy una curiosa nata, me encanta aprender, saber, conocer, enterarme. Dar respuesta a tantas preguntas concretas y abstractas que me hago.

Cuando era un bebé, ¿se sabría ya en algún rincón de mi ser que desarrollaría esta patología?.

La respuesta, mi respuesta, en este caso es que creo que sí. Que no ha sido algo fortuito ni al azar. Creo que he sido, desde siempre, una entre mil .

Iceberg

Hace dos días leí la noticia de que un iceberg de 5800 km cuadrados se había desprendido en la Antártida. Al parecer, la brecha llevaba años siendo observada, desde que en 1995 y en 2002, respectivamente, ya se quebrara la barrera Larsen.

Luego me vino a la mente, el símil que se emplea con los iceberg.

Según Hemingway, la teoría del iceberg en Psicología, viene a decir que sólo atendemos aquello que percibimos a simple vista. El resto pasa inadvertido, comparándolo con un iceberg. Es decir, que hay una parte consciente de la información, pero también otra inconsciente.Cuando miramos la realidad que tenemos delante de nuestros ojos, vemos su superficie, lo visible, que según la teoría del iceberg es sólo un 20% del total. ¿Qué pasa con lo todo lo demás? Eso correspondería con la parte inconsciente, ese otro 80 % del total. Esto ocurre también con nuestras emociones y formas de actuar, que se ven completamente influidas por aquello que no somos conscientes pero que está presentes en nosotros.

Como soy mucho de pensar y fantasear, de pronto, me sentí como aquella barrera. Sentí como si una masa de más de un billón de toneladas se estuviera desprendiendo de mí. Una masa invisible, etérea, impalpable, pero tremendamente pesada a su vez.

Y en ese momento siento que se va desanudando la cuerda que me ata, aquello que me obstaculiza, que me limita, que me ahoga. Con el camino que estoy siguiendo, los procesos de crecimiento interior, las diferentes terapias que busco y las que me encuentran ellas a mí, una parte muy pesada y dolorosa, se va rompiendo. Capa a capa, aflojándose, cayendo, desprendiéndose de mi cuerpo, de mi mente, de mi alma.

Soy un iceberg.

Iceberg que esconde una parte importante bajo las profundidades – como todo ser humano- .

Iceberg que se desprende y se separa para ofrecer mayor ligereza – de crisálida a mariposa- .

No quiero cargar piedras en mi espalda, piedras invisibles que me hunden.

Me despido de esa enorme masa helada, veo como se va alejando lenta y suavemente de mí. Con tanta sutileza, que es casi imperceptible para los ojos. Para mí es evidente.

Como dijo el Principito despidiéndose del zorro:

– Lo esencial es invisible para los ojos.

No hace falta que se vea. Está sucediendo.

 

imagen de Oriol Angrill Jordà

Un paso de peatones triste

 

Hay una falta de empatía y, además, unos prejuicios respecto a las personas con movilidad reducida, MUY GRANDE.

En un periodo muy breve de tiempo, he experimentado ejemplos de ambas situaciones. Una vez más, me he sentido mal, poco comprendida y nada respetada.

Ya no sólo tiene una que lidiar con sus dolores físicos, con la aceptación de la enfermedad, con la tristeza de lo que está ocurriendo, sino encima con las estupideces humanas, que me vuelven a situar en la pena que damos como especie.

Este domingo, venía caminando de casa de mi amiga Caro, ¡después de meses sin hacer un paseo tan largo!. Ya era tarde, las 20:30 h. más o menos, tras un día encantador con mi pequeña sobri jugando, dándole de comer, bañándola, etc.

A esa hora y después de un día entero, mis piernas me sirven, pero van a una velocidad mucho más lenta de lo habitual y además, con algunas torpezas y flojeras.

Iba atravesando un paso de peatones, a mi ritmo, lento pero sin pausa. A lo lejos venían coches. Es un paso de peatones que no tiene semáforos. Cuando comencé a cruzarlo, no había ninguno parado aún. Yo seguía mi camino, cuando de pronto, una señora mayor que venía reduciendo la velocidad, pero se ve que sin ganas de frenar, se pone a gesticularme, a tocar la pita y en un momento dado pega un acelerón que casi me atropella. ¿A la señora le molestaba que yo no pudiera ir más rápido o que no eché a correr por un paso de peatones?

Mi amiga Ruth dijo, señora, un poco más de paciencia y siguió hacia adelante. Yo, en ese momento, aún perpleja por lo sucedido, me giro frente a ella, cara a cara, cruzo los brazos y entonces sí que me paro. Mientras ella ponía caretos, empecé a decirle que no podía caminar más rápido, que tenía dificultades para caminar, que si no se daba cuenta. El resto de coches, que observaban la escena, no dijeron nada, no tocaron pita ni hicieron gestos de acelerar, pero tampoco fueron capaces de decirle a aquella señora nada al respecto de su actitud poco cívica y menos humana.

Seguí cruzando, con una tristeza enorme. Cabizbaja, enfadada, molesta…. Me llegué a cuestionar si es que estaría tardando demasiado en cruzar, porque no podía, ni puedo, llegar a entender que ninguna persona, pero menos una mayor (que probablemente tenga sus achaques), meta prisa y de forma tan desagradable a otra que ¡encima no puede caminar más rápido!

En fin….. Un año de muchísimos aprendizajes y más decepciones. Cuántos valores nos faltan….

Otro anécdota, esta vez con los prejuicios, ha sido hace poco en un hotel, en una hamaca para PMR (personas de movilidad reducida). Dado que justo esos días tenía las piernas totalmente de gelatina, casi no podía sostenerme y había 10 hamacas con el cartel (PMR), yo hice uso de una de ellas. Las otras “normales” estaban muy alejadas de la piscina y no podía ir y volver para bañarme sin agarrarme de una barandilla o muletas (que no tenía).

Estando en la hamaca, viene una señora extranjera y me muestra el cartel, a lo que asiento con la cabeza, como diciendo que lo sé y que yo pertenezco a ese grupo. Le sonrío agradeciendo que me informe.

Más tarde, viene un matrimonio extranjero también, que han visto la primera escena y me lo repiten. Les digo que sí y les señalo hacia mis piernas, asintiendo. Se van muy molestos y no dejan de cuchichear el resto de la mañana, de ponerme malas caras desde lejos. Otra pareja mayor, más cerca de mí, que también observaban la situación, me dicen a modo de justificación, es que no se te nota nada con lo bonita que eres….. ¡ehhhh!….¡Grrrrrrrr!.

Eso se volvió a repetir al día siguiente. Malas caras por estar en una hamaca que tengo necesidad y derecho a usar. Encima me sentía mal por sus comentarios, por sus caras y expresiones….

Sentí unas ganas de llorar enormes. Impotencia, frustración….. Es decir, ojalá pudiera estar en una hamaca diferente y correr hasta la piscina, ojalá tuviera excedente de energía y gastarla en esas cosas, ojalá las rodillas me sostuvieran más y mejor, ojalá no tuviera que experimentar ser objeto de cuchicheo, por el hecho de que no se te nota nada “con lo bonita que eres”……

En todo este tiempo, he vivido varias situaciones dolorosas para mí y que ponen en evidencia lo mal que vamos como sociedad. Desde meterse delante mía en la cola del supermercado por ir yo más lenta, a hacer comentarios en voz alta cerca si estoy sentada (y hay personas sin asiento que claramente lo quieren), a ir caminando y que choquen contra mí y hacerme perder el equilibrio, a tratarme como impertinente en una tienda cuando digo que no puedo estar de pie. No sé si el hecho de tener una dificultad que es evidente por días y en otros momentos no, es lo que hace que las personas actúen así, o si llevara siempre las muletas, cambiaría su actitud hacia mí.

¡Jamás querría aprovecharme de las circunstancias para salir beneficiada! Son necesidades que tengo y me parece muy triste, tener que justificarme constantemente o aguantar malos momentos, porque no se me note mirándome a la cara.

Rebel

 

Fue el miércoles pasado (5 de julio de 2017). Desde días anteriores, me sentía mal, con dolores de estómago, nauseas, malestar generalizado y estaba durmiendo incómoda. Pero desde el martes ya con sensaciones mucho más desagradables y un dolor mucho muy agudo en la boca del estómago, hasta el punto de no poder rozarme.

Ese día, me tocaba aumentar la dosis de medicación (que aún estoy a mitad de la cantidad indicada) y con ese cuadro de malestar, no me atrevía a subirla.

Como me sugirió el neurólogo y la enfermera, si tenía síntomas que no tomara decisiones por mi cuenta, sino que acudiera a la consulta a ver qué estaba pasando.

Nada más levantarme, al ver que la situación estaba fea, en lugar de ir a rehabilitación me fui al hospital. Allí, como siempre, a esperar.

Mis últimos 14 meses, han transcurrido casi al completo, en salas de espera:

– Las diferentes terapias que hago semanal y quincenalmente (rehabilitación, psicóloga, nutricionista, fisioterapeuta, terapia visual y masaje craneosacral)

– Citas médicas con neurología en el hospital (citadas y de urgencias).

– Citas para analíticas (cada 2 meses antes, ahora serán mensuales).

– Durante el último brote, acudir diariamente al hospital de día para suministrarme la medicación inyectable.

– 12 meses de médico de cabecera, regularmente, para la baja laboral.

– 12 meses de médica de la mutua, regularmente, para supervisión de la baja.

– Cita con la Inspección médica.

– Recoger la medicación periódicamente en la farmacia del hospital (con cita previa, a veces se tarda 15 minutos, a veces más de 1 hora)

– Citas de neurología (en el privado).

– Cirujano (por absceso). Abrirlo y cauterizarlo.

– Curas de absceso.

– Traumatólogo (condromalacia rotuliana).

– Médico rehabilitador por la Seguridad Social.

– Médico rehabilitador del Centro de rehabilitación ( cada 3 meses).

– Resonancia Magnética.

– Prueba de potenciales evocados.

……..

Agotador.

Pues bien, después de todo este peregrinaje, resultó ser que la medicación inicial no estaba surtiendo efecto y que por nuevas lesiones -y el brote-, teníamos que cambiar a un medicamento nuevo. Con resignación lo acepté. Más dosis de paciencia ahora para sobrellevar el periodo de adaptación y/o los posibles efectos adversos.

Pero no sé qué ocurrió el miércoles pasado, que una sensación emocional diferente, recorría mi cuerpo – IRA-.

Estaba realmente enfadada, negada, contrariada, molesta, incómoda, en rebeldía.

Cuando, tras la espera en la consulta de neurología, me sugieren que esté 2 semanas más con esta dosis, para que me adapte más lentamente al cambio y porque aunque los síntomas que refiero no se justifican por la ingesta del medicamento, sí que puede ser nervios, tensión abdominal, “digiriendo el diagnóstico”….., me dicen que vaya a la farmacia del hospital a recoger la cantidad de medicación necesaria para ese período y de esos miligramos concretos. Una vez dieron la orden, bajamos a otra planta, otro sector y allí, a esperar como siempre

No pasé por administración porque imaginé que al ya estar avisados de arriba, sólo haría falta informar a la chica que sale dando el nombre y orden por el que se entra….Se produjo una confusión, es necesario pasar por la ventanilla, en estos casos. Así que a esperar más aún. Yo entre el dolor agudo en la boca del estómago, que empeoraba al estar sentada, EL ENFADO QUE TENGO CONMIGO MISMA POR MI CAMBIO DE VIDA, la negativa interior a tomar medicación y tener que hacerlo, no con una ni con dos, sino con varias pastillas diferentes al día, me colapsé. Mi cabeza, mis emociones, mi alma colapsaron en ese momento y me visualicé gritando en los pasillos del hospital, como una desequilibrada, negándome a tomar medicación alguna y echando a correr de todo aquello. QUE ME DEJEN TRANQUILA YA!!!!!! NO MÁS MÉDICOS, NO MÁS PRUEBAS, NO MÁS SALAS DE ESPERA, NO MÁS!!!!!!!

No fue así…No grité, no corrí (ojalá pudiera). Apreté la mandíbula, me puse las gafas de sol, me cayeron unas lágrimas y esperé sentada.

Está más que claro que, dentro de mí, estoy en desacuerdo con muchas cosas de las que me están sucediendo. Desde ese día soy más consciente, si cabe, de mi rebelión interna. De mi descontento con el diagnóstico y con aceptar medicarme para el mismo.

Creo que en ese pasillo, el miércoles pasado, sentí por primera vez de forma evidente, mis ganas y necesidad de rebelarme.

Me declaro en desobediencia con el sistema médico y sanitario. Lo que aún, no puedo romper mi vínculo con él. Pero, poco a poco me iré distanciando, hasta llegar a mi propia forma – con terapias alternativas- para cuidar mi EM.

¡Rebel!

¡No es posible! Intentar que una persona lleve una vida más normalizada, con este ritmo de salas de espera a cuestas, no es posible. El sistema no funciona bien. Aceptar un diagnóstico y que toda tu vida gire en torno a él y sus cuidados, no es lógico.

¡Rebel!

Un chófer

 

El verano del 2013 lo recuerdo con bastante angustia. Decidí irme de viaje, como todos los años con mi compañera del alma, pero ese verano la situación me resultó insostenible. En varias ocasiones estuve a punto de regresar antes a casa, pero como siempre valiente y luchadora, hasta el final me quedé.

Fueron unas vacaciones que padecí y, en breves momentos, disfruté.

La ola de calor en el mediterráneo tampoco me ayudaba. Me sentía más agobiada todavía. A eso se le unió una especie de lumbago (por ratos o días) y el miedo, malestar que sentía con aquella desconexión entre mi cuerpo y mi mente.

Como los médicos me habían dicho que no era nada más que nervios y ansiedad, más me frustraba y enfadaba. Todas las horas de terapia y que yo no fuera capaz de controlar aquello. ¡Grrrrrr! Me enfadaba conmigo misma. Llevaba tiempo haciendo terapia, para superar esa “ansiedad” (sensaciones de mareo, de estar fuera de mi cuerpo). Esas percepciones que me bloqueaban y me dejaban en una vulnerabilidad extrema. Irme de viaje era todo un reto e incluso, una petición terapéutica.

A la vuelta, una vez en casa, me costó remontar. Me daba miedo incorporarme al trabajo y que aquello se manifestara nuevamente y yo fuera presa del pánico. Estuve lo que quedó de vacaciones, casi que en un estado inerte. No quería que me volviera a suceder estando fuera de casa y no saber cómo reaccionar delante de los demás – el maldito peso de lo que los demás piensen de mí-.

Me ponía pequeños retos, para no quedarme encerrada.

Hoy voy a pasear por el barrio, hoy llego hasta la playa, hoy salgo y me tomo una cerveza y vuelvo…. Pero en cada intento, los mareos se hacían presentes y sobre todo, al caminar, mi vértigo se acentuaba y perdía por completo la sensación de realidad. Era verdaderamente angustioso.

El curso empezaba. Me daba vergüenza que a aquello se le ocurriera aparecer en situaciones de “obligación”, donde irme no era una opción.

Era septiembre. Pude ir capeando los días. Aparentemente, como siempre aparentemente, todo iba bien.

Todas las mañanas tenía que hacer un trayecto caminando para dar con una compañera de trabajo e ir con ella en el coche.

Ese espacio entre que salía de casa y llegaba a la suya (15/20 minutos aproximadamente), era lo suficiente para llegar completamente exhausta, mareada y con sudor frío.

Pero siempre disimulaba, me subía en el coche, le sonreía y me abanicaba o abría la ventana para evadir mis pensamientos y aquellas sensaciones.

Ella me conoce mucho, muchísimo. Más de una vez sabía que no estaba bien. Más de una vez me decía que si me llevaba a mi casa y ese día no iba al trabajo. Más de una vez lloré en el camino, más de una vez me rompía con ella. Yo TENÍA que ir a trabajar. Esos mareos no podían controlar mi vida y menos impedirme ir a ganar un sueldo haciendo lo que me gusta.

Esta situación no se sostuvo mucho tiempo. Casi finalizando el mes de septiembre, en mitad de la jornada, no pude mantener el tipo, la presión era demasiada y en el baño me encerré a llorar. No aguantaba más, a veces sentía que me iba a desmayar en mitad de una reunión o dando clase…. A veces no sabía bien si lo que estaba diciendo tenía sentido o no…..(Cuento este episodio en el capítulo 48. “Amuleto”).

No regresé en meses. Me dieron una baja laboral. Por estas fechas seguían diagnosticándome ansiedad y no EM, que era la que provocaba todo este cuadro.

Pasó el primer trimestre y tras el descanso, las terapias y los ansiolíticos que me mandaron, estaba más fuerte. Me veía con ganas y posibilidades para volver al trabajo y retomar mis rutinas. Sabía que el trayecto que hacía por las mañanas, desde hacía un tiempo, jugaba en contra mía. No entendía cuál era el motivo, pero empezar con él, era tener el día torcido. Antes de incorporarme, a modo de prueba, lo hice en varias ocasiones, pero era realmente agotador y me volvía el aturdimiento.

Antes de la baja, estuve un tiempo que cogía un taxi hasta llegar hasta allí y luego hacía trasbordo al coche de mi compañera. Pero era un trajín que también me aturdía.

Así que no me quedaba otra que buscar una nueva solución.

El colegio está en un lugar muy poco transitado por transporte público y fuera de la zona urbana. Un taxi diario desde mi casa hasta allí, era inviable. Me habría dejado el sueldo.

Pensé: tengo que ir a trabajar, no hay guaguas, un taxi no es posible, pues voy a buscar un chófer. Me dije: tengo amigos/conocidos con coche y en paro o buscando un sobresueldo. Yo necesito alguien que me lleve, ¡pues ya está!

Como siempre, lo llevé al lado cómico. Puse un anuncio en mis redes sociales con las características de lo que buscaba y así, en pocos días, me convertí en una chica con chófer.

¡Rumbo al colegio, Sr. conductor!

Fue una solución estupenda. Le pagaba una cantidad acordada entre ambos. Me recogía en la puerta de casa y me llevaba a la puerta del trabajo. Eso era un lujo para mí. El esfuerzo empezaba una vez dentro, no horas antes de llegar. Así podía afrontar la jornada de otra manera.

El tiempo del chófer terminó cuando pude retomar mis antiguas rutinas y subir como había hecho hasta el momento. Pero, ¡la experiencia estuvo simpática!

Mi brazo adolescente

 

Tuve un primer amor precioso.

Él y yo éramos amigos, compañeros y novios. De esos noviazgos frescos, llenos de magia y con miles de planes de futuro.

Empezamos siendo muy niños y nos separamos ya, iniciando la vida adulta.

Se mire por donde se mire, fue una experiencia maravillosa.

Nos encantaba pasear por las calles, abrazados, de la mano, regalándonos miradas cómplices, besos sentados, besos caminando, besos de pie….

Yo tenía 16 años, cuando en una de esas ocasiones en las que íbamos agarrados de la mano, él hizo un movimiento y sentí mi brazo derecho extraño, adormecido, como corcho, dije yo.

Esa sensación se repitió en varias ocasiones, sobre todo cuando era una mano ajena la que me tocaba. Yo no controlaba el roce y entonces me resultaba incómodo, desagradable.

Tras comentarlo en casa y, al ver que no desaparecía aún habiendo pasado el tiempo, fuimos al médico a ver qué podía ser.

No recuerdo con exactitud qué me dijeron. Lo que sí sé es que me mandaron una muñequera especial (que aún conservo) y unas vitaminas del grupo B. Podía ser un pinzamiento y/o déficit de vitamina para el buen funcionamiento del sistema nervioso.

Ahí quedó la cosa. Yo hice lo que me aconsejaron y no volví a prestarle más atención a aquello.

Ahora 21 años después, sé que esa molestia en mi brazo derecho, ese corcho, ese sentir extraño, era que mi cuerpo ya tenía oculta una sorpresa.

Fui una adolescente alegre, risueña, aventurera. Muy perfeccionista, exigente conmigo y con el mundo que me rodeaba. Mi carácter siempre fue marcado y fuerte. Mi afán por ayudar a los demás también estaba muy presente en mí. Era más bien nerviosa, me emocionaba con facilidad, aunque esa faceta sólo la conocían unos pocos. De cara a los demás, intentaba mostrar fortaleza y me esforzaba porque tuvieran una buena imagen de mí. No me dí cuenta entonces, pero era insegura. Me importaba -extremadamente- lo que pensara el resto.

Me encantaba tener amigas y compartía con ellas mis secretos, mis anhelos. Muchas veces sentía que hablaba un lenguaje diferente a mi entorno. Pero nunca lo mostré porque quería mantener esa imagen de dura, payasa y fuerte. Tuve grupos muy variados y amigas muy divertidas.

Pero con él encontré un pequeño mundo. Un mundo que llevaba tiempo buscando.

Con él podía mostrarme vulnerable y no pasaba nada. Podía quitarme la máscara y ser más yo. También salía mi carácter, ¡como no!.

Crecimos mucho, nos enseñamos más.

La relación terminó porque a medida que nos hacíamos más grandes, nuestros caminos se empezaron a distanciar. Así lo sentía yo. Él creo que no.

Algo me dice, que en esa etapa se empezó a despertar mi EM. Aunque ahora, tantísimos años después, haya terminado de darse a conocer. Aquellos momentos del brazo de corcho, estoy convencida de que fue una pequeña señal.

Mi brazo adolescente pasó luego por la juventud y ya se encuentra en la madurez. Primero fue sensación de acorchamiento y ahora es parestesia de la esclerosis.

Bola de cristal

 

Soy de la generación de la Bola de cristal: la bruja Avería y los electroduendes, el librovisor, la banda magnética y la cuarta parte, con todos los grupos de música que visitaban el programa. En cierta medida, éstos contribuyeron a mi educación.

Soy de la generación de sólo 2 canales en la TV.

De la generación de los bolis con los 4 colores a la vez.

De las cintas de música grabadas encima, varias veces, con los tema favoritos.

Llegué a hacerme la ola en los flecos para ir al cole y a mantenerme hombreras bajo las tiras del sujetador.

Soy de una generación maravillosa.

Recuerdo con cierta nostalgia mi infancia. En realidad, recuerdo todo lo pasado con cierta nostalgia. Quizás porque el presente está siendo un poco diferente a lo que, una vez llegada esta edad, creería que iba a ser.

Y no precisamente porque a esta edad quisiera hacer lo socialmente establecido. No, no, sino porque creía que con el tiempo los dolores se irían diluyendo y que con los aprendizajes, una iría encontrando la calma y la estabilidad emocional.

En fin, antes de ayer fue un Gracias a la vida y hoy las nostalgias me acompañan de la mano. Esa es mi montaña rusa particular.

Volviendo a la bola de cristal. Desde hace 2 días la tengo, con todos sus habitantes, metida dentro de mi estómago.

Las pastillitas de colores están haciendo su aterrizaje en mí y han creado un submundo en mi interior.

Me imagino una sopladera (globo) creciéndome dentro y a la misma vez, con gran sensación de revoltura.

La primera semana con la dosis mínima todo fue estupendo, pero desde ayer la cosa no va tan suave.

La comida sube y baja. Y siento una presión, una bola ahí metida.

La sensación es incómoda, dolorosa y me hace estar menos sonriente.

Esperemos que el cuerpo siga adaptándose y lo integre.

Hoy me encantaría volver a ver un capítulo de la familia Monster presentado por Alaska, o escuchar a Radio Futura, a la Unión. Hacerlo en aquel televisor de culo grande y, con la mirada de niña pequeña.

 

imagen de Lou Beach

¡Gracias a la vida!

 

Llevo días mejor. La sonrisa va de mi mano.

Mi cuerpo me acompaña y entonces la mente y el alma se ponen contentas.

El alma se siente más viva y entonces mi cuerpo tiene mejor aguante.

Magia, estrellas, color.

Y es en estos días, con el corazón más sereno, que puedo decir: gracias a la vida.

Esta canción la escuché en mi infancia en muchas ocasiones.

En el radio cassette de mi madre, con su cinta original. Bajo la guitarra de mi padre, cantada en un tono más agudo de lo que es su voz…

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros, que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día, grillos y canarios
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con el las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montanas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro al bueno tan lejos del malo
Cuando miro al fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es mi mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto”. Mercedes Sosa.

Me descubrí hace dos días, bajando las escaleras del edificio casi corriendo. Iba con prisa y fue a mitad del trayecto, que fui consciente de la velocidad de mis piernas.

¡Gracias a la vida!

Me sentí viva, quería correr por las calles, gritarle al mundo que mis piernas podían funcionar otra vez.

¡Gracias a la vida!

Llegué a rehabilitación llena de energía, sonriente, casi eufórica.

Quizás para otra persona poder bajar las escaleras con cierta rapidez, es un hecho que pasa desapercibido. Lo era para mí hace tan sólo un año y poco….¡Pero ahora fue un hecho tan importante!

¡Gracias a la vida!

Ese fue el colofón en una sucesión de anécdotas de color verde. Tras ellas, he ido sintiendo que todo fluye de un modo más mágico, más sereno, más esperanzador, más alegre, más bonito….

¡Gracias a la vida!

¡Gracias a la vida!

¡Gracias a la vida!

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montanas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio”

 

Mis piernas me sirven para bailar, entre otras actividades que adoro.

Si ellas me lo permiten y me dejan bailar nuevamente, tengo que devolverles el favor, con la melodía saliendo por mis poros, correspondiendo sonrisas, reparando sueños, compartiendo abrazos, regalando amor.

Llevo días mejor. La sonrisa va de mi mano.

Mi cuerpo me acompaña y entonces la mente y el alma se ponen contentas.

El alma se siente más viva y entonces mi cuerpo tiene mejor aguante.

Magia, estrellas, color.

¡Gracias a la vida!

Puertas

Daniela por dentro está llena de puertas
 unas cerradas otras abiertas
 Daniela por dentro está llena de puertas
 a veces sales a veces entras
 
 Daniela es del viento y a veces se entrega
 y pierde cosas pero otras quedan
 Daniela es un árbol, un libro, una abeja
 volando entre tantas en una colmena
 
 a veces es difícil ser
 y lo que hay
 no siempre es lo que es
 y lo que es
 no es siempre lo que ves
 
 Daniela por dentro...
 
 Daniela respira y a veces se cuelga
 a veces no sabes si es ella o no es ella
 Daniela no entiende de todo y espera
 que alguien le calme sus noches en vela
 
 y a veces es..
 Daniela por dentro… 

Pedro Guerra.

Hace tantos años que empecé a soñar con mis puertas, que ya ni recuerdo cuándo aparecieron en mi vida.

A veces se esconden y no las veo durante meses, incluso podría decir que más tiempo.

Pero luego, otra vez vuelven. Siempre vuelven.

Regresan para amenizarme las noches.

Se cuelan en mis sueños y de pronto me encuentro con nuevas puertas desconocidas.

Desde que llegó la EM a mí, con su nombre propio, ellas se habían escondido.

Hace poco, apareció nuevamente este escenario.

María y sus puertas. María y sus casas. María y sus cosas.

Nunca sé que significado darle a mis puertas cerradas. Tampoco al pasar por ellas.

Hay momentos en que se abren, hay momentos de pasillos largos.

A veces el sueño me produce desasosiego. Otras es alentador.

A veces me descubro hablando y es mi propia voz la que me despierta.

A veces, muchas veces, me quedo con la duda de saber qué hay al otro lado de la puerta.

En algún momento, he podido dirigir el sueño e ir pasando por diferentes habitaciones. Pero no son muchas las ocasiones que tengo ese grado de consciencia. La mayoría estoy completamente dormida. En un sueño muy profundo. En un mundo muy lejano.

Quisiera poder ir abriendo las puertas, ir entrando en las casas, ir soltando equipajes y maletas que me encuentro cargando.

Es un sueño conocido. Pero no lo concluyo. Transito por él, sin llegar a descifrar qué hay detrás de cada una, ni por qué me es imposible poner un pie en alguna de las casas.

¿Las puertas serán mis muñecas Matrioskas dentro de mí misma?

¿Qué querrán decir las diferentes casas? ¿Por qué me bloqueo para entrar en algunas de ellas?. Si son todas mías, ¿qué me asusta e impide entrar?

¿Y las maletas? Perdidas todas, sueltas, tiradas….. y yo tratando incansable de cogerlas y no perder ninguna. A veces una ola se las lleva, otras veces se me quedan atrás porque pierdo el barco y me voy corriendo, otras me despisto y se esparcen y no soy capaz de recuperarlas.

María y sus puertas. María y sus casas. María y sus cosas.

Es un sueño que lleva conmigo años. Tantos que podría decir que es parte de mí.

Me resultaba extraño que en esta etapa tan importante en mi vida, las puertas hubieran desaparecido.

Ya están conmigo otra vez.

Las puertas, las casas, las cosas.