Crónica de un ascensor

Me negaba a aceptar que debía marcharme de mi casa por lo que suponían las escaleras. Estuve meses con esa idea totalmente bloqueada. No, yo no me iba a ir. Yo podía, yo podía, yo podía.

Tras aquellos episodios que, a fuerza mayor, me invitaban a irme de mi casa, me decidí y alquilé otro piso.

En julio de 2018 me mudaba, con lo que ello suponía para mí y con todo el dolor de mi alma. Metía en cajas cachitos de mi vida y me despedía del que había sido mi castillo, mi reino, mi mundo.

Claramente, el motivo fundamental por el que había tomado la decisión, era la dificultad para subir y bajar las escaleras.

Pasé de un 3º piso con sus 58 escalones a pie, a una 8ª planta con ascensor.

Aunque sé que el cambio era necesario, por éste y por otros motivos, debo admitir que ha sido difícil para mí. Soy mujer de costumbres, hábitos y rutinas. Soy nostálgica. Me apego a las situaciones y, casi sin querer, adquieren para mí una carga emocional y romántica. Haberme despedido de mi refugio ha dejado una huellita grande.

Estos meses no han venido tan rodados como hubiera deseado. Se han ido generando una cantidad de obstáculos en el camino, con mis tropiezos y mis caídas, con berrinches, con dolor, que realmente me están produciendo un desgaste importante.

Algo estaré aprendiendo, me digo, me repito, me tatúo. Algo estaré aprendiendo…..

Sin embargo, este martes sucedió algo que me ha dejado totalmente fuera de juego.

Venía de dar un paseo por Las Canteras, de haber pasado por la frutería, por el supermercado, cuando entro al edificio, me encuentro a un operario trabajando en el ascensor y otro señor con una carpeta y papeles en las manos. Les pregunto si les quedará mucho para hacer uso de él y la respuesta es que éste va a quedar precintado por industria. No daba crédito a las palabras de estos señores. Estaba en verdadero shock.

Les expliqué mi dificultad para subir las ocho plantas, el motivo de mi mudanza y, en ese momento, se “apiadaron” de mí. Me permitieron hacer el último viaje antes de clausurarlo.

Mi cabeza iba a mil. No podía ser, no podía ser….. No sabía si llamar a la propietaria, al presidente de la comunidad, a mi familia o echarme a llorar.

Cuando entré en casa y me di cuenta de lo que estaba pasando, me dio una risa nerviosa entre histérica y simpática.

Es decir, que yo me había ido de mi casa casa, por la dificultad de las escaleras y estaba viviendo 5 plantas más arriba sin posibilidad de subir tantos escalones.

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Encerradaaaaa uffffffff!!!!!!!

Tras las llamadas pertinentes, intenté tranquilizarme. Me decían que se arreglaría en uno o dos días.

En mi afán por no perder los nervios, así lo quise y lo necesité creer.

Estamos a viernes, he hablado con la empresa de los ascensores, con la administración que lleva la comunidad, con el presidente, con la dueña…. Y aquí sigo, sin ascensor y además sin poder salir de casa.

Está más que claro el vínculo que existe entre las situaciones de estrés, de tensión, de nervios y las manifestaciones de la EM, y no sólo en las dificultades evidentes de la movilidad.

Ayer tarde fue mi brazo derecho. No había hecho nada extraordinario, estaba acostada cuando me entró un calor, un ardor, un dolor, unas punzadas en el brazo. Al intentar moverlo, me dí cuenta de que no tenía fuerza, que no me respondía y que me dolía desde el hombro hasta la palma de la mano. No sabía qué me estaba pasando. A cada punzada, iba perdiendo fuerza. Yo no quería darle vueltas, ni asustarme, ni estresarme más, ¡pero hostia!, no poder mover el brazo es heavy. Muy heavy….

Más tarde, como pude, bajando los escalones con paciencia y despacito, me fui a clase, que ya había faltado esta semana a la espera de que se resolviera el tema. Allí, aunque me costaba sostener el bolígrafo, me iba dando pequeños masajes a ver si el dolor pasaba y al menos tenía la cabeza más entretenida que en casa rumiando.

Es que se me ha juntado la odisea del ascensor, con otras piedritas de estos últimos meses, también.

Ya por la noche volví a casa, con el brazo mal aún. Intenté no enredarme en aquéllo, cené y me acosté cansada, muy cansada.

Hoy en la mañana, cuando me puse de pie, me dí cuenta de que las piernas no me respondían como ayer. Me duelen ambas. Sobre todo de la rodilla para abajo. Es un dolor que me dificulta caminar, porque cada paso implica el movimiento de los gemelos.

Cojeando hacia el baño, advierto que mi brazo ha recuperado la normalidad. ¡¡¡Olé!!! Así que me pude lavar la cara sin problema, preparar el desayuno y demás.

Son las piernas las que ahora me están dando los toques. Son mis ojos, también, los que se quejan y me incomodan, me molesta la claridad, leer o ver la Tv.

Es decir, estoy con los nervios a flor de piel. Preocupada, irritada, contrariada, asombrada…..

Y es que a veces no me sirve la teoría de que algo deberé aprender de todo esto. A veces no me vale, no. Esta es una de estas veces….

Crónica de un ascensor que buscando que fuera un salvador, ahora mismo es un verdugo.

 

ilustración de Henn Kim
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