Centrifugado

Aunque a veces lo crea, no soy de hierro, no.

En la lucha por no decaer, por no rendirme, me pongo en modo “acción” y al final, me pasa factura.

Claro, es que no soy de hierro, no.

El cuerpo se queja. Habla a su manera. Grita y me dice:

-¡Ya está bien, afloja el ritmo, María!

Las consecuencias: cabeza dando vueltas. No tanto en los pensamientos, que también, sino como metida en una batidora.

Vueltas, vueltas, vueltas….

Sensación realmente desagradable. Como el vértigo, creo.

Yo estoy quieta; sentadita o acostada, pero la cabeza gira, en espiral, en círculos. Formas geométricas, redondeadas todas ellas. Y mi cabeza, una pelota que sirve para el juego.

Llevo 3 días con esta sensación. 3 días en los que he necesitado dormir horas, horas y horas. Dormir sin respetar horarios, ni fechas, ni compromisos. Solas la cama y yo, en sagrada comunión.

Afortunadamente, no es una sensación permanente. Va y viene.

¡Pero viene, que es lo peor!

Junto a eso, un dolor que aprisiona la sien. Que tira del cuello, de la mandíbula, de los dientes.

Vamos, que está claro. Que no soy de hierro. Que mi cuerpo aguanta, soporta golpes y cargas, pero también se rebela.

Ha sido un mes de agosto realmente duro. Sí.

REALMENTE DURO.

Quizás el más duro vivido después del diagnóstico. Incluso, podría decir que en cuanto acontecimientos pasados, casi que más complejo.

Y yo al pie del cañón. En la tarea de flotar. No hundirme, no hundirme, no hundirme, no hundirme. Muy ocupada con no hundirme.

Es que me aterra. Ya he estado abajo y el pánico a volver, me puede.

He estado tan ocupada con no hundirme, que no me he dado cuenta. Pero claro, estos días, mi cabeza ya ha dado señales de los dolores y sinsabores del último mes.

Es normal, no soy de hierro, no.

Así que voy a permitirme este lavado emocional y mientras termina el centrifugado, voy a tomarme un té.

 

imagen de Anton Marrast
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