Pinchos y púas

Tres días de cama y encierro.

Tres días de retorno a la cueva oscura.

Tres días de pinchos y púas.

La mente se dispara y apunta directo al pecho.

Y como un metralleta, se fija y lanza todas sus balas. Balas de fuego, balas que impactan.

Tormenta de metal en un cuerpo débil.

Me asusta que me pueda dar un brote tras la fiebre. Sí, creo que es lo que más miedo me da.

Me asusta que el ojo izquierdo se queje nuevamente. Sí, se me encoge el estómago con esto. El ojo se siente como ajeno, como de corcho, como que está ahí pero que no está.

Y mi mente, descalabrada mente, me amenazó con lanzarme cuchillos, dardos y flechas. Eso fue el primer día. Los siguientes, ya no hubo amenaza.

Pinchos y púas bien clavados.

Incendio en la cabeza.

Tormenta de metal en un cuerpo débil.

Un cuerpo que grita debilidad. Que huele a cansancio. Que siente incomodidad, pero un cuerpo – mi cuerpo-, que bebe a buches grandes para llenarse de energía.

Cada caída me enseña a poner las rodillas de un modo más estratégico.

Quedan moretones, rasguños y cicatrices. Pero me enseña. Cada caída me enseña.

¡Joder, qué marcada me estoy quedando!

Ahora, con calma, delicadeza y consciencia, lo que toca es ir sacando las púas clavadas.

Ni nuevo brote ni ojo afectado….

Venga, vamos a esmerarnos en sacar este pincho. Éste es uno bien enterrado y doloroso.

¡Vamos allá, muchachita!

Y que de ésto, sólo queden los frutos.

¡Tunos, tunos indios o higos picos!

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