Hammer

¡Qué manera más gráfica de mostrar este autosabotaje!

Harakiri que dirían.

Clavar, golpear, martillear.

Pum, pum, pum, pum, pum.

Como una autómata, me veo con la ropa del trabajo, los guantes en las mano y el martillo.

Pum, pum, pum, pum, pum.

Y es que si siento que es mi tarea, ni me paro a pensar qué es lo que estoy clavando.

Me procuro la seguridad necesaria, eso sí. Con mi gorro reglamentario puesto para estas faenas.

Ay María….

La experiencia me vuelve a detener. Lo que hace que me mire en el espejo y veo mi propia imagen martilleando mi bienestar. Dándome golpes, hiriéndome….

No termino de entender cómo se hace para cuidar de mí misma. Para respetar mis ritmos. Para escuchar mis necesidades. Para entender el lenguaje de mi cuerpo.

Y es que yo me creo, a veces me creo realmente, que lo que hago es en mi propio beneficio. Para quererme más y mejor. Para avanzar, para no estancarme, para seguir en la búsqueda, para cuidarme.

Con el martillo en mano y los ojos tapados – porque parece que fuera con los ojos tapados-, me pongo a “mi tarea”. Pum, pum, pum, pum, pum, pum.

Una semana entera con el pum, pum, pum de fondo y, al séptimo día, miro mis manos llenas de ampollas, los brazos doloridos y la pared repleta de agujeros sin cuadros que colgar.

Desencaminada. A veces me pierdo del sendero.

Son a veces, no son para siempre.

Desencaminada. A veces me pierdo del sendero.

Pero son sólo a veces. No son para siempre.

Desencaminada. A veces me pierdo del sendero.

Éso fue ayer, ya hoy no forma parte del a veces.

Y volveré a usar el martillo. Y me dolerá.

Me autosabotearé, sí, pero me recordaré que no es para siempre.

Son sólo a veces.

imagen de Seyo Cizmic
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