Papiroflexia

Hice un avión de papel y escribí tu nombre en él, creyendo que podrías ver con altura lo que no ves. 

Y a aquella cima me subí, desde allí lo lancé. 

Pero el aire no nos quiso nunca ayudar. 

Planeó a ras de suelo hasta que ya dejé de verlo y ya nunca lo volví a encontrar”. McEnroe. Vendaval. 

Hoy me despedí de la terapia visual. Casi un año de sesiones semanales. Ha sido un trabajo de constancia, empeño y voluntad.

Tanto la profesional como yo, consideramos que se han conseguido grandes avances y objetivos. No sólo visualmente, sino en la parte cognitiva, confirmando así la gran plasticidad cerebral que tenemos, aún siendo adultos. Yuju (así con la boca chica lo digo).

Justo de la mano con mi despedida, una jaqueca brutal.

Jaqueca que afecta directamente a mis ojos, o viceversa. ¿Será al revés, son ellos los que mandan señales de dolor a mi cabeza? No lo sé. Aún no lo sé.

Mis ojos están sensibles. Y duelen y lloran.

Hoy duelen, hoy lloran.

Y juegan con mi alma. Remueven lo que veo y lo que no veo.

Esconden mis días de colores y los apagan. Los vuelven grises.

No sólo es mi dolor de cabeza.

No silencies tus sentires de esta última semana, María.

De mis ojos salen aviones, palomitas, estrellas o lágrimas. Vuelan y se van. Tampoco se quedan mucho rato.

El lunes tuve terapia con la psicóloga. En la sesión, el avión colisionaba directa y brutalmente con mi pecho. Con mi sentir pintado de elegante. Con mi cajón ordenado y escondido.

¡PUM!

Destrozo. Pedazos rotos.

El espejo hecho añicos. El puzzle que ya no encaja. Que no sirve. Que ya no es. O que nunca lo fue.

Mis ojos son listos. Mejor no enfocar, todo emborronado. Así, desdibujado, no se nota.

Mis ojos están sensibles. Y duelen y lloran.

Hoy duelen, hoy lloran.

 

Y con los trozos rotos, hago un mosaico. Con los papeles que no dicen nada, hago papiroflexia.

A volar….

 

 

 

 

 

 

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