Mujeres

No pude quedarme en el parque San Telmo. No pude quedarme. No pude. Tuve que irme antes de que se produjera la aglomeración

El color violeta abundaba, como lo hacía la energía bonita. Yo quería estar, pero los lugares con muchas personas me aturden, me desestabilizan, me agobian. Mis piernas se tambalean, como se tambalea mi vista.

De momento no puedo asistir a concentraciones multitudinarias.

Fui a medio día. Con menos movimiento.

No quería detenerme mucho. Me apuraba la idea de encontrarme a personas conocidas y no saber cómo decirles que con mi “aparente normalidad”, no puedo estar de pie, ni con mucho ruido, ni es lugares abarrotados. Aún me cuesta….aún me siento “rara”.

Parecía una turista mirando una atracción. De soslayo observaba a las personas, en su gran mayoría mujeres. Por dentro, vibraba de emoción. Por fuera, sonreía.

Si, pasé y paseé. Pero no me pude quedar.

Me ha dejado triste….. Querer estar y no poder hacerlo. Me apena.

Pero al menos pasé por allí. Las vi. Las escuché. Las leí. Con pancartas o sin ellas. Sus rostros hablaban por sí solos. También se sumaban a la huelga algunos hombres. Acompañando en la lucha.

Yo hoy no pude estar. Pero aún así, estuve.

Y sí, también me estremecen mujeres.

ilustración  Carmen Gómez

Mujeres
Me estremeció la mujer que empinaba a sus hijos
 hacia la estrella de aquella otra madre mayor.
 Y cómo los recogía del polvo teñidos
 para enterrarlos debajo de su corazón.
 
 Me estremeció la mujer del poeta, el caudillo,
 siempre a la sombra y llenando un espacio vital.
 Me estremeció la mujer que incendiaba los trillos
 de la melena invencible de aquel alemán.
 
 Me estremeció la muchacha
 hija de aquel feroz continente,
 que se marchó de su casa
 para otra de toda la gente.
 
 Me han estremecido un montón de mujeres,
 mujeres de fuego, mujeres de nieve.
 
 Pero lo que me ha estremecido
 hasta perder casi el sentido,
 lo que a mi más me ha estremecido
 son tus ojitos, mi hija,
 son tus ojitos divinos.
 
 Me estremeció la mujer que parió once hijos
 en el tiempo de la harina y un quilo de pan
 y los miró endurecerse mascando carijos.
 Me estremeció porque era mi abuela además.
 
 Me estremecieron mujeres
 que la historia anotó entre laureles.
 Y otras desconocidas, gigantes,
 que no hay libro que las aguante.  Silvio Rodríguez
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