Una de cada cinco

Ayer en la Sexta, en el programa Salvados de Jordi Évole, se abordó el tema de la depresión.

Recuerdo cuando el neurólogo me dijo claramente que mi mejoría física se estaba viendo comprometida por mi estado anímico.

Yo sentía que estaba haciendo lo adecuado, todo lo que estaba en mis manos: asistir a terapia, poner mucho de mi parte, procurar estar distraída, salir de casa, no estresarme, etc. Pero tenía una negativa absoluta a tomar antidepresivos.

Fue tajante: ¡NO VAS A RECUPERARTE SI NO SE EQUILIBRA LA QUÍMICA DE TU CEREBRO!

Hacía 6 meses que me habían dado el diagnóstico y, efectivamente, yo no remontaba. Es duro decirlo, pero a veces no encontraba motivo para seguir viviendo. Me resultaba agotador y no sabía a qué agarrarme para flotar.

Cuando tuve esa sensación varias veces seguidas, me dí cuenta que no estaba sólo en mis manos. Necesitaba ayuda extra. Me dejé guiar por el neurólogo, aunque no muy convencida,  y comencé un tratamiento. De esto hace ya más de un año y, aunque me siento mucho más viva, aún me tropiezo con días/ratos, en los que me pierdo tanto que temo desintegrarme. Son sólo ratos, sólo días.

El programa abordó la depresión de una forma, a mi juicio, muy respetuosa. Con personas que hablaban de su experiencia con la enfermedad. Un experto que daba pinceladas de lo que ocurre cuando se padece. De las consecuencias tan devastadoras que puede llegar a tener. De los distintos síntomas que puede provocar, y se mencionaron también, tratamientos para paliarla.

Cuando el médico/psiquiatra iba enumerando determinadas muestras que no son tan nombradas, pero que forman parte de la enfermedad, me venían a la mente escenas concretas vividas por mi.

Falta de atención, dispersión, dificultad para tomar decisiones, bloqueos, aturdimiento, incapacidad para reaccionar ante una situación, dificultad para recordar, olvidos, despistes, torpeza mental.

Realmente era desesperante, porque yo no sabía distinguir qué era parte del estado anímico o qué podía ser una secuela o posible deterioro cognitivo de la EM. No lo sabía distinguir ni nadie podía asegurarme si era uno u otro.

Además, sentía cierto pudor a decir abiertamente que tenía una depresión. Sé que estaba más que justificada por la realidad que me rodeaba, pero aún así, la resistencia a mostrar mi dolor. Todo estaba bien, yo estaba adaptándome y poco a poco estaría mejor. Ese era mi discurso y lo repetía esbozando una sonrisa de lucha. Máscara. Siempre máscara.

Tras mucha terapia rehabilitadora (también cognitiva) y, por supuesto terapia psicológica, puedo decir que aquellas grandes dificultades y mermas evidentes, han ido desapareciendo y retornando mis capacidades, las que yo reconocía en mí.

No obstante, creo que parte de las subidas y bajadas en mi estado de ánimo, el enfado, la rabia, la tristeza -más leve-, el malhumor, las contrariedades, siguen siendo los coletazos de esa otra señorita con la que he estado conviviendo.

La cifra es altísima. Según los datos aportados por el programa, una de cada cinco personas en España, padece Depresión.

No es lo mismo que la tristeza.

No es lo mismo que la desesperanza.

No es lo mismo que el dolor.

No es lo mismo que estar perdida.

No es lo mismo que tener miedo.

Es todo eso multiplicado por mil y otros muchos síntomas más. Un infierno en vida.

Una patología física puede ser entendida y acompañada socialmente, pero muchas veces una depresión es silenciada, escondida, incluso subestimada por los demás.

Es terrible que el número sea tan elevado. Algo va mal. Algo funciona muy muy mal. ¡Qué perdidos estamos en esta sociedad!

Yo, poco a poco, me voy despidiendo de ella. ¡Aleluya! Mientras sigo buscando respuestas.

A veces ya soy capaz de quitar esa mueca. Esa expresión impasible, porque mostrarme es parte de mi mejoría.

 

El arte de Miles Johnston
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