Botas de agua

Llevábamos unos días, aquí en la ciudad, con una lluvia más fuerte de lo habitual. El paraguas no me protegía suficientemente las piernas, pues las gotas por momentos, eran laterales.

Recordé mis botas de agua.

Cuando me las puse, una sensación de nostalgia, de pérdida, de un adiós no dicho, me invadió.

Claro, la última vez que las había usado, era en el colegio. En invierno, día sí, día también, se hacían charcos en el picón y las botas de agua eran una prenda esencial para adultos y niños. Todos teníamos nuestro par.

Los primeros años mis botas eran de color rojo potente. Me encanta el rojo. Uñas rojas, labios rojos.

Más tarde las cambié por otras azules, todas llenas de estrellas blancas.

Ésas, mis botas estrelladas, son las que usé hace unos días.

Día en el que me di cuenta que no había cerrado mi etapa en el cole JRJ. No me había despedido. Aún hoy, sueño con que vuelvo a mi rutina laboral. A mi rutina vital. Aquella con la que me identifiqué tanto y tanto.

Mientras llovía por la calle, en mis ojos también llovía.

¿Quién será María ahora? Si ya no soy María la orientadora, ¿entonces, quién seré?

Tuve la necesidad, imperiosa necesidad, de escribir. De decirles y de decirme GRACIAS.

Gracias por lo que aprendí. Por lo que compartí. Por los que disfruté. Por lo que lloré. Por lo que crecí.

Cada rincón cuenta secretos míos. Muy míos. Nuestros. Muy nuestros.

Cada rincón me tiene, me tuvo y me tendrá: la sala de café, los patios, mi despacho, las diferentes aulas, la biblioteca, la secretaría, el comedor, la cancha de arriba, el aparcamiento, el hidro, los cuartos de mantenimiento y limpieza, las taquillas de la ESO, el gimnasio, la sala de reunión de profesores, el despacho de dirección, la rampa, mi banquito frente al centro….

No hay un sólo lugar del que no tenga recuerdos.

Recuerdos en soledad, recuerdos con él, con ella, con ellos, con todas, con algunos, con mis queridas, amigas, compañeros, pequeñas, adolescentes, medianos, alumnado NEAE. En petit comité, en gran grupo, con toda la comunidad educativa.

A todos, a todas. Gracias. Gracias y hasta siempre.

Le debía un adiós a las personas, a la energía, a los espacios y a mí.

Mis botas estrelladas. Ésas que hoy son casiopea o mi galaxia particular. Las que pisan adoquines húmedos en la ciudad. Las que hicieron que lloviera de mis ojos y de mi alma. Ésas, mis botas, ya no huelen a despedida.

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