Hueco

En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo, se encuentra mi gran hueco.

A veces no lo siento, porque estoy “entretenida” haciendo otras cosas. Pero está. Está el agujero, está el vacío, está el dolor.

No sé cuándo se rompió, ni cuándo se hizo la brecha, pero con ella conviven mis angustias.

Y es mi tarea restaurar la parte dañada. Es así.

No te creas que la EM vino por casualidad.

Mi mundo se ha detenido para poder reconstruirme. Mi mundo, sí, ese que había fabricado encima del hueco. Tapando el dolor.

Pero escarbo y voy quitando la maleza, la tierra mal colocada y me encuentro cara a cara con él.

Mi hueco.

Y te recuerdo.

Entonces se desdibuja la forma que tiene. El agujero se queda chiquitito. Se me escurre, como la arena que cojo para sentir el calor en mis dedos.

Y te recuerdo.

Transformabas mis miedos en un juego. Lo repetías tantas veces como hiciera falta.

Y con tus manos, tocabas las teclas del piano.

Acariciabas mi nariz y decías que era un tobogán para las hormiguitas. Y que mi boca tenía forma de fresa.

Todas las tardes te sentabas a mirar mi tarea y sin tener que pedirte ayuda, te ponías a mi lado.

Me enseñaste a soñar. A soñar despierta, con los ojos abiertos. Y también a hacerlo con los ojos cerrados.

Crecí con la fantasía como compañera.

Por el lado izquierdo dormías tú. En el derecho, mis amigos imaginarios.

Me pusiste límites. Hasta dónde podía llegar y hasta dónde no. Siempre los respeté. Respeté tus límites, pero en ocasiones, sobrepasé los míos.

No fue fácil. Tampoco complicado.

Lo hicimos como pudimos, de la mejor forma posible.

Yo era una niña. Tú una niña también, algo mayor que yo.

Yo tenía miedos y tú, tu jugabas a que desaparecieran.

Tú tenías miedos y yo, yo sólo era una niña.

Crecí jugando con mis miedos y sin saber cómo protegerte de los tuyos. Y me los apropié. Los hice míos para cuidar de ti.

De más grande, la mezcla de engullir miedos ajenos y de no atender mis propios límites, me ha devorado un cachito.

La angustia, que no es mía, pero ahí está. En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo.

Hay mucho que agradecer. Con palabras. Sin ellas.

Pero mientras me sacudo esa angustia, camino lejos aunque cerca. En realidad, siempre es cerca. En el centro de mi pecho, ni más arriba ni más abajo.

Y es mi tarea restaurar la parte dañada. Es así.

No te creas que la EM vino por casualidad.

Y ahí estoy, batallando, porque entre otras muchas cosas, tú me enseñaste a luchar.

 

imagen de Maria Hesse
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