El contraataque de los virus

Se empeñan en decirme que la medicación que tomo para la EM no es la que provoca estas recaídas continuas. Gripes, virus de estómago, absceso, debilidad.

Yo no me lo creo.

Nunca me había ocurrido tener que estar en cama a cada rato.

Ya he perdido la cuenta, de las veces que por fuerza mayor, mi cuerpo ha estado fuera de combate.

A este ritmo la cama se va a convertir en una cárcel. En un encierro absoluto.

Tengo especial aversión a estar enferma. Es un mal recuerdo. Muy mal recuerdo para ser exacta. Desde las entrañas, se apodera de mí una sensación de profundo dolor y tristeza que me hunde.

Ya conozco y reconozco ese sentir. Pero igualmente me deja pillada el alma.

Hace 2 semanas, estuve en cama durante 5 días por virus de estómago. Me “recupero” y una semana después, caigo mala con otra historia. No. No es ni medio normal. En medio de todo esto, el absceso incansable, que sale y se esconde como la marea.

Y yo sigo con mi eterna sonrisa. Esa que es mitad compañera, mitad máscara.

Pero duele. Todo duele. Duele el dolor y lo que no es dolor, también duele. Y al hablar de dolor, lo hago a partes iguales, del que sale del alma y de los dolores repartidos por todo mi cuerpo.

Intento que no salga la rabia, la frustración, el enfado. Pero a veces se me pone entre el estómago y el pecho, como si quisiera expulsar fuego por la boca, como los dragones.

¡AAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGGGGGGGG!

Y vuelvo a mi eterna sonrisa.

– No importa, ya me recuperaré pronto. Digo con cara de resignación.

Es en estos momentos, de extrema vulnerabilidad, que me pregunto:

– ¿Algún día llegaré a equilibrarme?. No quisiera aceptar esta condición como modo de vida.

Ni rugidos de dragones, ni caras de aceptación, ni cárceles sin barrotes, ni mareas que vienen y van.

Pido un poco más de equilibrio. Equilibrio. Equilibrio. Equilibrio.

 

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