El eterno lumbago

Mayo de 2015. Tenía muchas ganas de retomar las clases de yoga.

Ya había estado tiempo atrás y por mis “mareos” lo había dejado. Luego me dio vergüenza volver al mismo centro, porque si se repetían – y siempre se repetían-, tendría que dar explicaciones y se darían cuenta de mis rarezas. Al menos así lo sentía yo.

Cuando llevaba un tiempo algo mejor de los mareos, me decidí a probar unas clases es un centro diferente.

¡Qué ganas!

Otra vez poder hacer ejercicio con mi cuerpo y darle serenidad a mi mente.

La primera clase me encantó. Hablé con la instructora y le pedí que tuviera en cuenta mi hiperlaxitud (sobre todo en las piernas) y que a veces no sé cómo colocarme en las posturas -asanas- para no hacerme daño.

Salí de allí muy satisfecha y contenta. ¡Genial!

Al día siguiente, con el pasar de las horas, comenzó un dolor en la zona lumbar.

¡Vaya, creo que me pasé para ser el primer día!, pensé.

La siguiente clase, le comenté el dolor a la chica. Ese día, estuvo más pendiente aún y se acercaba a colocarme mejor. El dolor estaba muy presente, pero bueno, eran “agujetas”. Eso creía yo.

El fin de semana, el dolor comenzó a hacerse más y más agudo. Hasta el punto que no podía incorporarme de la cama con normalidad. Tenía que ponerme de lado y ayudarme con los brazos para levantarme. Al sentarme y acostarme era aún peor.

El tercer y – último día que pude ir a yoga-, estaba otro instructor. Le comenté lo que me ocurría y supervisó cada movimiento. Ese día poco pude hacer. El dolor era enorme.

Pero como siempre, yo vivía en una eterno disimular cómo me encontraba por vergüenza a ser, una vez más la que se quejaba de malestares, la que dejaba de hacer cosas, la rara.

Llegué a casa frustrada. Otra actividad más que, por el momento, tenía que suspender.

Pensé que pasados unos días, las agujetas irían remitiendo. Sin embargo, no desaparecía el dolor. No aumentaba, pero tampoco iba mejorando.

Fui a urgencias. Decían que era lumbago y me mandaron antiinflamatorios y calor. Pasado el tiempo de tratamiento y en vista que no se quitaba, fui al traumatólogo. Él determinó que no era lumbago sino los piramidales. Entonces empecé con sesiones de rehabilitación. Estando allí, me sugirieron hacerme un estudio de la pisada porque al caminar mal podía estar dañándome. Lo hice y renové mis antiguas plantillas. En fin, todo un periplo con mi eterno lumbago.

Así estuve todo el verano. Con dificultades para moverme, con un caminar torpe y adolorida, frustrada por haber dejado las clases de yoga y habiendo pasado mis vacaciones completamente doblada.

La rehabilitación siguió hasta el mes de septiembre. Mes en el que comenzaba el curso escolar – mi trabajo- y, además, se me ocurrió la brillante idea de meterme con reformas en casa.

No suelo medir estas cosas. Cuando me siento frustrada – y lo estaba por el nefasto verano que había vivido- y de pronto, siento una ilusión, actúo con impulso y sin meditar.

Entre rodar muebles, cargar cajas, coger rodillos, subir escaleras, cambiar lámparas, pintar paredes, taladro va, taladro viene, viajes a Ikea, sueños y cambios, mágicamente, mi lumbago se fue.

Estuve 4 meses con él a cuestas. Luego se marchó sin despedirse.

Ahora me doy cuenta que ni era lumbago, ni piramidales, ni mala pisada, ni agujetas. Era una vez más mi EM gritándome y afanosa por darse a conocer.

imagen de Sandra Cumplido
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