Educar la mirada

Ceguera selectiva, fijar la atención en un punto equivocado, no apreciar los pequeños detalles, verlo todo negro, distorsión, percepción errónea, dificultad para ver más allá, desenfocar la realidad….

De la mano de mi EM, me acompañan muchos síntomas visuales. Algunos de ellos físicos -neuritis, diplopía, inflamación del nervio óptico-, de los que ya he hablado en otros capítulos.

Otros en cambio, más relacionados con la actitud y el carácter. Pero que también influyen en mi forma de mirar la vida.

Mi conocido catalejo me hace ver de la misma manera que siempre. Y aunque la imagen es nítida, algo me va indicando que es como un caleidoscopio.

Sé que es un juego de luces, espejos y cristales. Una ilusión. Una quimera.

El espejismo que crea una mente. Un modo de enfocar.

Pero ahora quiero ver de verdad. Que la magia suceda.

¿Cómo educar una mirada perdida?

– No es lo que miras, María. Es cómo lo miras.

¡Tremendo hallazgo!

¡ Eureka!

¡ Aleluya!

Educando mi mirada.

Por fin, la imagen clara y nítida se rompe en mil pedazos. Ya no valen las argucias mentales. A lo lejos se intuye algo, difuso aún, descolorido e indefinible. Pero sin filtros.

Acabar con lo conocido es de luchadores y valientes. Por eso mis ojos están agotados y se secan. Es un arduo trabajo.

Cambiar la perspectiva, tener la mirada más abierta, no entrar en el juego de apagar las luces, enfocarme en lo positivo, encontrar una imagen real. Vamos, ¡guiñarle un ojo a la vida!

Einstein dijo:

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”

Y es cierto. Me he olvidado de cómo mirarme y sobre todo, hacia dónde enfocar mi vida y cómo proyectarla.

Es momento de parpadear y cambiar el rumbo.

 

imagen de Shiori Matsumoto
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