Mi despacho

No mío de propiedad. Mío de sentimiento.

Sí, muy mío.

Mío de momentos, de recuerdos, de aprendizajes, de discusiones, de risas, de esperanza, de reuniones productivas, de lágrimas, de organización, de frustración, de papeles con resoluciones, de constructivismo, de equivocaciones, de proyectos, de agobio, de letras infantiles, de etiquetas, de pasión por lo bien hecho, de enfado, de dibujos, de firmas, de abrazos, de lucha, de propósitos, de referentes curriculares, de pruebas, de familias, de alumnos, de amigas, de maestras, de compañeros.

Mi despacho, tan lleno de todo.

Mi despacho, tan lleno de mí.

Lleno de mi olor, de mis colores, de mi presencia, de mi alegría, de mis plantas, de mi carácter marcado, de mi vehemencia, de mi rectitud, de mi disciplina, de mi ternura, de mi comprensión, de mi coherencia, de mi constancia, de mi exigencia, de mis ganas de ayudar, de mi bondad, de mi corazón y, como no, lleno también de mis errores.

Ayer hizo un año que vacié mi despacho de mí.

Allí quedó todo el trabajo hecho. Mi aroma se vino conmigo.

Las bolsas que recogí continúan cerradas en el armario donde guardo mis tristezas. No he sido capaz de sacar nada de allí.

Cuando me dijeron que tenía EM nadie me advirtió que mi vida cambiaría tanto.

Siento que mis días siguen siendo duelos perpetuos. En los que no finalizan las despedidas.

No termino de encajar el tener que vaciarme de tanto y no llenarme de nada.

Por suerte, hay días que llevo de la mano a mi amiga Esperanza. Y la miro y le pregunto:

– Algo bueno andará por llegar, ¿no?

Anuncios