La vuelta al cole

Recuerdo que desde muy pequeña me emocionaba el regreso al colegio después de las vacaciones.

Me encantaba tener todo mi material organizado, mi uniforme nuevo, los libros recién forrados, ponerle el título a las libretas… Y como no, el reencuentro con los compañeros, con las amigas, con el profesorado. Con el paso del tiempo, también me he dado cuenta, que era fundamental para mí tener una rutina. Por todo ello, la vuelta al cole me resultaba especialmente emocionante.

Tener una pauta marcada, siempre me ha dado calma. Los horarios, las tareas establecidas, las actividades fijadas con antelación, me proporcionan seguridad y estabilidad. Me ocurre desde pequeña.

El tiempo ocioso es un gozo y un disfrute, pero un ratito, unos días, unos meses. Luego necesito el orden, otra vez, para sentir que las cosas caminan bien.

Debe ser que vivir relajada me estresa. Paradojas de la vida.

Ayer fue el segundo año que no me incorporaba al cole después de las vacaciones. Igual que el año pasado, que la noche del 31 de agosto se me hizo interminable (me dio insomnio hasta las 5 de la mañana), pensando en el regreso de mis compañeros, pensando en mis tareas inacabadas el curso anterior, pensando en los alumnos de los que no me despedí, recordando cada detalle de mi despacho, mis rutinas en el centro, mis huecos y espacios, las sonrisas que no iba a encontrar por los pasillos… Igual que ese año, este otro, se me ha representado triste. Los imaginaba en la sala del Claustro, con sus libretas nuevas, con el libro de actas (que tantas veces rellené), con el alboroto del inicio de curso. Los abrazos en la sala de café, el tono bronceado de algunos, los anécdotas de viajes de otros, las risas escandalosas, las palabras pisadas, los besos, los buenos propósitos e ideas tras un periodo de descanso. En definitiva, la energía arrolladora que se respira cada 1 de Septiembre.

Y me encuentro, otro año más, sin ser parte de ese momento.

Soy nostálgica y romántica. Soy apegada a mis hábitos, los que me caracterizan, los que me han nutrido durante años, los que me representan. Me considero “adicta” a las relaciones humanas. Necesito sentirme útil. Hacer algo por los demás. Ayudar y que me ayuden. Busco las experiencias que me hacen evolucionar. Adoro contrastar ideas. Debatir, desarrollar teorías. Me encanta dar afecto, a grandes y pequeños. Me siento bien protegiendo a los que considero más vulnerables. Y más, mucho más.

De pronto, todo esto pasa a un segundo plano. Aparece otra parte de María, desconocida y asustada, a la que hay que prestar atención. Y ella recibe sus mimos, sus cuidados.

Pero mi parte nostálgica se abraza a los recuerdos.

E incluso los decora con colores. A veces todo era gris. Pero en mi memoria luce como un arcoiris.

Este es el segundo año que no me incorporo tras el periodo de vacaciones. Y lo echo de menos. Echo de menos ese microuniverso que surgía en mi interior cuando volvía al cole. De pequeña y de grande.

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