Contracorriente

 

Cuando salí del hospital, tardé muy poco tiempo en matricularme en la piscina para empezar a recuperar la fuerza y la coordinación.

Como es característico en mí, la perseverancia, la rigurosidad, la perfección, el control y la exigencia también se trasladaron al agua.

La natación se convirtió en una nueva “obligación” autoimpuesta. Estuve varios meses, hasta que el absceso empezó a darme la lata y tuve que dejar de ir – muy a mi pesar-. Tardé bastante en aceptarlo. Seguía pagando la cuota y enfadada conmigo misma y mis circunstancias por no poder ir. Eso me frustraba, me contrariaba. Mi plan era hacer todo lo posible para mejorar y recuperar cuánto antes mis rutinas y ritmo de vida. Para ello la rehabilitación, la piscina y comer sano, era tan necesarios como la medicación (en la que tanto insisten los médicos).

La imposibilidad de ir a la piscina desde ese entonces – diciembre de 2016-, se fue convirtiendo en un nuevo reproche que hacerme.

Creo que por abril ya acepté que debía soltar el hilo mental que me mantenía ligada a la obligación de la piscina y dejé de pagar la cuota.

Otro fracaso, pensaba…..

El absceso se había convertido en remitente recurrente, como mi EM y me daba un margen de 5- 8 días al mes -algo mejor- y el resto del tiempo estaba súper inflamado. A más enfado e impotencia por mi parte, más se establecía en mí. En febrero fui al cirujano y me lo quité. En ese momento, pensé que sería la solución, ya que llevaba 3 meses muy incómoda y procurándole todos los cuidados que estaban en mi mano. Pero no fueron suficiente ni mis cuidados, ni cuando decidí quitármelo.

Hasta hace unos 10 días, ha continuado fluctuando: abre, cierra, abre, cierra. ¡Una absoluta tortura!

Para más inri, el mes pasado se le unió el inicio de un segundo en el otro lado.

¡Está más que claro que mi cuerpo trata de decirme algo!

Creo que en parte, es mi costumbre de nadar a contracorriente. No me dejo fluir con facilidad, no suelto y cuando me doy cuenta estoy metida en una lucha agotadora.

Aún así, me mantengo activa, con una sonrisa y siempre con la esperanza de que en cada caída me lleve un aprendizaje. Y quiero aprender a nadar con el viento a favor. Lo contrario es agotador y yo tengo poca energía.

Pues bien, me he vuelto a matricular a piscina. Este martes comienzo, si mi cuerpo me deja y lo ve oportuno. El absceso y yo vamos entendiéndonos mejor y estoy convencida que me va a dar una tregua. El nuevo, creo que sólo estaba asomando morro, pero ya se escondió asustado de ver mi indiferencia.

Esta vez voy a tratar de no pelear con las olas, sino dejarme llevar por ellas.

Esta vez voy a bailar con el agua. A permitir que me refresque.

No puedo ni quiero seguir enfadada con mis circunstancias.

No quiero ni puedo seguir nadando a contracorriente.

No puedo ni quiero seguir esperando que algo ocurra.

¡De cada caída un aprendizaje!

Mi querida Maribi me decía:

– Quien espera, desespera.

Y es cierto, llevo meses desesperada. Intentando esforzarme más y más para ver los resultados. Y por el camino me he ido olvidando de soltar, de relajarme ante las caídas. Se me olvida ser mi mejor aliada.

Así es normal que mi mielina se vaya agujereando, porque yo misma me ataco con mis exigencias.

¡Se acabó!

Voy a bailar en el agua con mi precioso bañador y gorro de piscina.

Quiero aprender a nadar con el viento a favor.

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