El efecto tortuga

 

Mi vida continúa. Continúa en un estado como parado en el tiempo. Yo espero muchos “algos”. Espero mejorar, espero caminar bien, espero retomar mis hábitos, espero sentirme en equilibrio, espero volver a ser feliz, espero encontrar un sentido a todo esto, espero volver a leer y entender las palabras a la primera, espero bailar en un concierto. Espero que este paréntesis vital, que se abrió hace 14 meses, se cierre de una vez y defina mi nueva vida.

En este tiempo, un adiós sin adiós, marcó un punto de inflexión. Alguien que también esperé mucho y con muchas ganas. Ya se ha ido disolviendo el dolor, como arena que cae entre los dedos. Pero como la arena, hay granos que se quedan pegados. No es fácil sacudirlos.

Leí hace poco que hay personas que frente a una situación adversa, lo que hacen es esconderse en su caparazón para no saber del mundo. Si me meto debajo de la coraza, no veo lo que hay, no sufro. -El efecto tortuga o caracol-.

Quizá le ocurrió algo así. Quizá le pudo la situación. Quizá si se alejaba de mi enfermedad y de mí, no lo pasaría tan mal.

No lo sé.

Lo que sí sé que es que tenía una amiga que sentía como mi hermana. Aquella a la que contar mis secretos más íntimos. Aquella de la que fui confidente,  aliada. La que me abrazaba cuando me hacía falta. Una amiga que vivió en mi casa conmigo cuando lo necesitó. Una amiga que estaba dentro de mi familia. La que me escuchaba y a la que escuché, casi a diario, durante muchos años. Con la que hacía locuras y con la que reír a carcajadas. Con la que brindar. Con la que llorar. Con la que viajar. Estuvo en muchos dolores y muchas más alegrías. Realmente era mi hermana del alma. Pero ahora ya no está. Hace 10 meses que ya no está, que desapareció.

¿El efecto tortuga? No lo sé. Tampoco tengo capacidad, en esta etapa que aún me tiene la vida teñida de oscuro, para ponerme en su lugar. Ha sido una año lleno de marejadas y no tengo la serenidad emocional para empatizar con su situación.

Cada día me pregunto por qué. Y es que no sé encajar su total y absoluta desaparición. Desconcierto y perplejidad. Me sentí abandonada, huérfana de hermana. Se fue y nunca me explicó.

Sea lo que sea, su adiós sin adiós, me dejó un dolor casi tan grande como la EM.

Yo pensaba que la amistad, de ese tipo, era casi un “para siempre”. A no ser claro, que se produjesen diferencias de opinión, discusiones, contratiempos o algo similar- que no fue el caso-

En mi desesperación tras el diagnóstico, le reclamé más afecto, más atención, más presencia. Igual no fue lo más adecuado. Igual. Aunque creo que la amistad se trata de eso, de poder hablar sin tapujos de las necesidades de la otra persona, de no tener que callar pensamientos o sensaciones. Siempre creí y lo sigo sintiendo, que eso es la esencia de la verdadera amistad, que a su manera es una forma de amor también.

Tras esa petición expresada desde mi dolor pero con mucho respeto, se produjo el distanciamiento. El silencio perpetuo, el adiós sin adiós.

Quizá llegue el momento en el que pueda entender qué sucedió. Quizás nunca ocurra.

Como dije antes, mi vida continúa. Continúa en un estado como parado en el tiempo. Yo espero muchos “algos”. Espero mejorar, espero caminar bien, espero retomar mis hábitos, espero sentirme en equilibrio, espero volver a ser feliz, espero encontrar un sentido a todo esto, espero volver a leer y entender las palabras a la primera, espero bailar en un concierto. Pero a ella, hace tiempo que dejé de esperarla.

imagen de Nomi Chi
Anuncios