Un chófer

 

El verano del 2013 lo recuerdo con bastante angustia. Decidí irme de viaje, como todos los años con mi compañera del alma, pero ese verano la situación me resultó insostenible. En varias ocasiones estuve a punto de regresar antes a casa, pero como siempre valiente y luchadora, hasta el final me quedé.

Fueron unas vacaciones que padecí y, en breves momentos, disfruté.

La ola de calor en el mediterráneo tampoco me ayudaba. Me sentía más agobiada todavía. A eso se le unió una especie de lumbago (por ratos o días) y el miedo, malestar que sentía con aquella desconexión entre mi cuerpo y mi mente.

Como los médicos me habían dicho que no era nada más que nervios y ansiedad, más me frustraba y enfadaba. Todas las horas de terapia y que yo no fuera capaz de controlar aquello. ¡Grrrrrr! Me enfadaba conmigo misma. Llevaba tiempo haciendo terapia, para superar esa “ansiedad” (sensaciones de mareo, de estar fuera de mi cuerpo). Esas percepciones que me bloqueaban y me dejaban en una vulnerabilidad extrema. Irme de viaje era todo un reto e incluso, una petición terapéutica.

A la vuelta, una vez en casa, me costó remontar. Me daba miedo incorporarme al trabajo y que aquello se manifestara nuevamente y yo fuera presa del pánico. Estuve lo que quedó de vacaciones, casi que en un estado inerte. No quería que me volviera a suceder estando fuera de casa y no saber cómo reaccionar delante de los demás – el maldito peso de lo que los demás piensen de mí-.

Me ponía pequeños retos, para no quedarme encerrada.

Hoy voy a pasear por el barrio, hoy llego hasta la playa, hoy salgo y me tomo una cerveza y vuelvo…. Pero en cada intento, los mareos se hacían presentes y sobre todo, al caminar, mi vértigo se acentuaba y perdía por completo la sensación de realidad. Era verdaderamente angustioso.

El curso empezaba. Me daba vergüenza que a aquello se le ocurriera aparecer en situaciones de “obligación”, donde irme no era una opción.

Era septiembre. Pude ir capeando los días. Aparentemente, como siempre aparentemente, todo iba bien.

Todas las mañanas tenía que hacer un trayecto caminando para dar con una compañera de trabajo e ir con ella en el coche.

Ese espacio entre que salía de casa y llegaba a la suya (15/20 minutos aproximadamente), era lo suficiente para llegar completamente exhausta, mareada y con sudor frío.

Pero siempre disimulaba, me subía en el coche, le sonreía y me abanicaba o abría la ventana para evadir mis pensamientos y aquellas sensaciones.

Ella me conoce mucho, muchísimo. Más de una vez sabía que no estaba bien. Más de una vez me decía que si me llevaba a mi casa y ese día no iba al trabajo. Más de una vez lloré en el camino, más de una vez me rompía con ella. Yo TENÍA que ir a trabajar. Esos mareos no podían controlar mi vida y menos impedirme ir a ganar un sueldo haciendo lo que me gusta.

Esta situación no se sostuvo mucho tiempo. Casi finalizando el mes de septiembre, en mitad de la jornada, no pude mantener el tipo, la presión era demasiada y en el baño me encerré a llorar. No aguantaba más, a veces sentía que me iba a desmayar en mitad de una reunión o dando clase…. A veces no sabía bien si lo que estaba diciendo tenía sentido o no…..(Cuento este episodio en el capítulo 48. “Amuleto”).

No regresé en meses. Me dieron una baja laboral. Por estas fechas seguían diagnosticándome ansiedad y no EM, que era la que provocaba todo este cuadro.

Pasó el primer trimestre y tras el descanso, las terapias y los ansiolíticos que me mandaron, estaba más fuerte. Me veía con ganas y posibilidades para volver al trabajo y retomar mis rutinas. Sabía que el trayecto que hacía por las mañanas, desde hacía un tiempo, jugaba en contra mía. No entendía cuál era el motivo, pero empezar con él, era tener el día torcido. Antes de incorporarme, a modo de prueba, lo hice en varias ocasiones, pero era realmente agotador y me volvía el aturdimiento.

Antes de la baja, estuve un tiempo que cogía un taxi hasta llegar hasta allí y luego hacía trasbordo al coche de mi compañera. Pero era un trajín que también me aturdía.

Así que no me quedaba otra que buscar una nueva solución.

El colegio está en un lugar muy poco transitado por transporte público y fuera de la zona urbana. Un taxi diario desde mi casa hasta allí, era inviable. Me habría dejado el sueldo.

Pensé: tengo que ir a trabajar, no hay guaguas, un taxi no es posible, pues voy a buscar un chófer. Me dije: tengo amigos/conocidos con coche y en paro o buscando un sobresueldo. Yo necesito alguien que me lleve, ¡pues ya está!

Como siempre, lo llevé al lado cómico. Puse un anuncio en mis redes sociales con las características de lo que buscaba y así, en pocos días, me convertí en una chica con chófer.

¡Rumbo al colegio, Sr. conductor!

Fue una solución estupenda. Le pagaba una cantidad acordada entre ambos. Me recogía en la puerta de casa y me llevaba a la puerta del trabajo. Eso era un lujo para mí. El esfuerzo empezaba una vez dentro, no horas antes de llegar. Así podía afrontar la jornada de otra manera.

El tiempo del chófer terminó cuando pude retomar mis antiguas rutinas y subir como había hecho hasta el momento. Pero, ¡la experiencia estuvo simpática!

Anuncios