Mi brazo adolescente

 

Tuve un primer amor precioso.

Él y yo éramos amigos, compañeros y novios. De esos noviazgos frescos, llenos de magia y con miles de planes de futuro.

Empezamos siendo muy niños y nos separamos ya, iniciando la vida adulta.

Se mire por donde se mire, fue una experiencia maravillosa.

Nos encantaba pasear por las calles, abrazados, de la mano, regalándonos miradas cómplices, besos sentados, besos caminando, besos de pie….

Yo tenía 16 años, cuando en una de esas ocasiones en las que íbamos agarrados de la mano, él hizo un movimiento y sentí mi brazo derecho extraño, adormecido, como corcho, dije yo.

Esa sensación se repitió en varias ocasiones, sobre todo cuando era una mano ajena la que me tocaba. Yo no controlaba el roce y entonces me resultaba incómodo, desagradable.

Tras comentarlo en casa y, al ver que no desaparecía aún habiendo pasado el tiempo, fuimos al médico a ver qué podía ser.

No recuerdo con exactitud qué me dijeron. Lo que sí sé es que me mandaron una muñequera especial (que aún conservo) y unas vitaminas del grupo B. Podía ser un pinzamiento y/o déficit de vitamina para el buen funcionamiento del sistema nervioso.

Ahí quedó la cosa. Yo hice lo que me aconsejaron y no volví a prestarle más atención a aquello.

Ahora 21 años después, sé que esa molestia en mi brazo derecho, ese corcho, ese sentir extraño, era que mi cuerpo ya tenía oculta una sorpresa.

Fui una adolescente alegre, risueña, aventurera. Muy perfeccionista, exigente conmigo y con el mundo que me rodeaba. Mi carácter siempre fue marcado y fuerte. Mi afán por ayudar a los demás también estaba muy presente en mí. Era más bien nerviosa, me emocionaba con facilidad, aunque esa faceta sólo la conocían unos pocos. De cara a los demás, intentaba mostrar fortaleza y me esforzaba porque tuvieran una buena imagen de mí. No me dí cuenta entonces, pero era insegura. Me importaba -extremadamente- lo que pensara el resto.

Me encantaba tener amigas y compartía con ellas mis secretos, mis anhelos. Muchas veces sentía que hablaba un lenguaje diferente a mi entorno. Pero nunca lo mostré porque quería mantener esa imagen de dura, payasa y fuerte. Tuve grupos muy variados y amigas muy divertidas.

Pero con él encontré un pequeño mundo. Un mundo que llevaba tiempo buscando.

Con él podía mostrarme vulnerable y no pasaba nada. Podía quitarme la máscara y ser más yo. También salía mi carácter, ¡como no!.

Crecimos mucho, nos enseñamos más.

La relación terminó porque a medida que nos hacíamos más grandes, nuestros caminos se empezaron a distanciar. Así lo sentía yo. Él creo que no.

Algo me dice, que en esa etapa se empezó a despertar mi EM. Aunque ahora, tantísimos años después, haya terminado de darse a conocer. Aquellos momentos del brazo de corcho, estoy convencida de que fue una pequeña señal.

Mi brazo adolescente pasó luego por la juventud y ya se encuentra en la madurez. Primero fue sensación de acorchamiento y ahora es parestesia de la esclerosis.

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