Bola de cristal

 

Soy de la generación de la Bola de cristal: la bruja Avería y los electroduendes, el librovisor, la banda magnética y la cuarta parte, con todos los grupos de música que visitaban el programa. En cierta medida, éstos contribuyeron a mi educación.

Soy de la generación de sólo 2 canales en la TV.

De la generación de los bolis con los 4 colores a la vez.

De las cintas de música grabadas encima, varias veces, con los tema favoritos.

Llegué a hacerme la ola en los flecos para ir al cole y a mantenerme hombreras bajo las tiras del sujetador.

Soy de una generación maravillosa.

Recuerdo con cierta nostalgia mi infancia. En realidad, recuerdo todo lo pasado con cierta nostalgia. Quizás porque el presente está siendo un poco diferente a lo que, una vez llegada esta edad, creería que iba a ser.

Y no precisamente porque a esta edad quisiera hacer lo socialmente establecido. No, no, sino porque creía que con el tiempo los dolores se irían diluyendo y que con los aprendizajes, una iría encontrando la calma y la estabilidad emocional.

En fin, antes de ayer fue un Gracias a la vida y hoy las nostalgias me acompañan de la mano. Esa es mi montaña rusa particular.

Volviendo a la bola de cristal. Desde hace 2 días la tengo, con todos sus habitantes, metida dentro de mi estómago.

Las pastillitas de colores están haciendo su aterrizaje en mí y han creado un submundo en mi interior.

Me imagino una sopladera (globo) creciéndome dentro y a la misma vez, con gran sensación de revoltura.

La primera semana con la dosis mínima todo fue estupendo, pero desde ayer la cosa no va tan suave.

La comida sube y baja. Y siento una presión, una bola ahí metida.

La sensación es incómoda, dolorosa y me hace estar menos sonriente.

Esperemos que el cuerpo siga adaptándose y lo integre.

Hoy me encantaría volver a ver un capítulo de la familia Monster presentado por Alaska, o escuchar a Radio Futura, a la Unión. Hacerlo en aquel televisor de culo grande y, con la mirada de niña pequeña.

 

imagen de Lou Beach
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