Cadena de pensamientos

 

Me despierto. No sé qué hora es. Trato de mantener los ojos cerrados. La cabeza me duele muchísimo. Aún no ha amanecido. Todo está oscuro, en silencio.

Empiezo a acariciarme la sien y la cuenca de los ojos para tratar de aliviar ese terrible dolor. Siento una tensión brutal en la zona, que se extiende por cuello y hombros.

Respiro, me voy masajeando suavemente y trato de conciliar de nuevo el sueño.

Entre una respiración y otra, cuando decido abrir una rendija del ojo derecho para ver la hora, aprecio que el día ya está empezando a aclarar. Aún no son las 7:00 de la mañana.

Escucho bajo mi ventana, el motor de un coche arrancando. Pienso, ¡qué temprano sale!, seguro que la persona va a su trabajo.

De pronto, no sé cómo, me viene a la mente, todas mis rutinas de cuándo yo podía madrugar también. Recuerdo que sonaba el despertador prontito, ponía alguna melodía agradable. Me levantaba casi siempre de buen humor e iba a la cocina a preparar esos cafés mañaneros que tan bien me sentaban. Mientras se hacía, elegía la ropa que me iba a poner ese día. El sonido de las burbujas del café era algo mágico; clo, clo, clo, clo.

Entre mi primer cortado largo de la mañana y la ropa, siempre encendía mi primer cigarro.

Normalmente lo acompañaba con la organización mental de las cosas pendientes del día. Un chequeo de las citas anotadas en la agenda y me ponía con el móvil. Ya en ese punto estaba vestida y con mi segundo cortado (durante todos mis años laborales, nunca cogí la costumbre de desayunar nada más levantarme. Ésto ha venido con la baja y con la cantidad de medicación que tomo, porque no me gusta hacerlo con el estómago vacío).

Antes de salir de casa, pasaba por el baño, me lavaba los dientes y me ponía colonia. Daba un besito de buen día y me disponía a comerme el mundo.

Casi siempre iba coqueta, con mis pendientes a juego con el bolso o los zapatos. Casi siempre iba escuchando música por el camino. Casi siempre iba cantando. Casi siempre iba con una sonrisa en la cara a enfrentarme con la tarea del día.

No era todo lo feliz que quería. No lo era, no. Pero cada mañana me levantaba con un objetivo, una ilusión, un propósito.

Antes podía madrugar y mantener mi cuerpo durante horas haciendo gestiones. Ahora no. Es imposible levantarme pronto sin sentir unas fatigas enormes e incluso nauseas.

Podía ir caminando en busca de mi compañera de trabajo con la música como aliada. Ahora no. Mis pasos son dirección al centro de rehabilitación y de último, ni caminando puedo ir.

Tenía una agenda donde anotaba las cosas que tenía que hacer. Ahora tengo una agenda médica que me recuerda cada día, que no tengo la salud que desearía.

Me encantaba vestirme a juego, con cosas alegres. Siempre había algún comentario agradable en la sala de café sobre mi atuendo. Ahora leggins y chándal como uniforme.

Todo esto por un coche que arrancaba, como lo harán miles de coches por las mañanas, destino a sus trabajos, o a llevar a los niños al cole. Pero ese coche esta mañana, marcó una diferencia. Generó una cadena de pensamientos en mí. De pronto hoy, se me vino otra vez a la mente la cantidad de cosas que han cambiado en mi vida. De pronto hoy, la tristeza me invadió.

El dolor de cabeza que me despertó, se ha quedado acompañando el resto del día. Hoy no pude ir a rehabilitación. Ni pude oír música, ni pude caminar.

¡Maldito motor del coche que arrancó bajo mi ventana!

 

imagen de Sveta Dorosheva
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