Sombra

Cada mañana me levanto acompañada. No siempre me doy cuenta de la compañía nada más abrir los ojos. Hay días en los que quedarme un ratito más en la cama, sin su presencia amenazante, es todo un lujo.

Luego, tarde o temprano, a lo largo de la mañana, se presenta. Hace su aparición de forma sibilina, sutil, silenciosa, algunas veces. Otras, impacta contra mí y me deja k.o. desde el primer crochet.

Nunca sé cómo me va a tratar. Pero me sigue donde quiera que vaya. A veces siento que me ahoga.

Me miro en el espejo y aunque sólo quiera verme a mí, también la veo a ella. Ya no somos dos, indivisibles ella y yo.

No sé cuándo me mira enfadada, cuándo lo hace triste y cuándo me amenaza. Tampoco sé cómo responderle a cada una de esas miradas. Estoy aprendiendo a relacionarme con ella.

Creía que sería más sencillo poder comunicarnos, pero hablamos idiomas distintos. Cuando una quiere la palabra, la otra quiere el silencio.

A veces me grita. Un sonido tan agudo, que resulta ensordecedor. No sé reaccionar. Entonces, me tapo los oídos y asustada, me escondo.

A veces soy yo, la que desesperada, lanzo una bocanada de aire al vacío. Aire cargado de ruido que sale de las entrañas.

Nunca pensé tener que hermanarme con ella. Pero no queda otra. Aprendiendo lenguajes desconocidos.

¿Sabes? Cuando tú me miras, cuando me hablas, cuando estás a mi lado, no la ves. Pero ella está. La sombra no se ha ido ni un solo día desde que llegó a mi vida.

¿Recuerdas la última vez que me abrazaste? Fue un abrazo a tres. Ella, estaba ahí, presente, pegada a mi espalda.

Hay días que me agarra de una pierna y hace que mi caminar sea más lento, más torpe, más dificultoso.

Hay ratos, en los que quiero mantener una conversación, pero me susurra al oído; palabras sinsentido, tarareando una canción o emitiendo graznidos. Da igual lo que haga, ella está robándome la capacidad de concentración. Se pone a molestar la muy bandida. Lo hace siempre. No he podido volver a atenderte, en lo que me cuentas, como lo hacía antes. Su balbuceo suena de fondo constantemente. Como una música de ambiente.

Otras veces, se me sube a los hombros y allí se queda, como si fuera un macaco jugando con sus iguales. Allí, pegada a mi cuello. Me hace todo más pesado, más tenso, más incómodo.

¿Y cuando se pone a taparme los ojos? En esos momentos lo paso mal, muy mal. Me quedo bloqueada. La vista es un sentido que me hace seguir viendo los colores de la vida, aunque a veces se torne en blanco y negro. Me aterroriza cuando juega a taparme los ojos.

Sé que tú no la ves. Aunque te cuente que ella está allí. Que está aquí, conmigo. Sé que te la intentas imaginar, sé que quieres entenderme, pero a veces se te olvida que vivo con ella. Para ti es invisible, es transparente. Pero ella no se despega de mí. Lo hace sólo durante segundos, con suerte se pierde algunos minutos. Cuando se despista y se queda absorta en otra tarea.

Tengo una sombra persistente, que no se marcha, que me pone zancadillas cada tanto, que me susurra constantemente, que cuando sonrío, parece que está al acecho y me da un bofetón. Así es mi sombra.

Y yo cada día la miro de frente, cada día me expongo a sus bofetadas, quiero sonreír. Cada día cojo un libro de nuevos idiomas para ser capaz de entenderla. Cada día aprendo a capear sus golpes, sus momentos de hacer el macaco, de hablarme sin parar, de ponerme lastres en las piernas, de morderme en el cuello, de pellizcarme en los brazos.

– Sombra, como mismo yo me esmero en entenderte y darte un lugar, te pido, te suplico, que me des un margen. Cada sonrisa no me la arrebates. Dame un espacio para bailar sin que me pises los talones. Déjame respirar aire fresco.

imagen de Phil Hale
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