Máscara

Martes 3 de mayo de 2016.

Esa mañana iba al trabajo. Me sentía muy mareada y aturdida. La pierna izquierda no me respondía. La debilidad era evidente. Todo mi cuerpo se movía rudo, torpe, sin fuerza.

Ya me había ocurrido en algunas ocasiones en los días previos, de caerme al suelo, o tener que tirarme por el dolor.

Justo había pasado un puente, con el 1 de mayo que era domingo y el lunes tampoco se trabajó.

Desde el viernes que entré en casa tras la jornada, no había podido moverme del sofá.

Ese sábado, casi me vuelvo loca. Los calambres comenzaron a empatarse uno con otro y me llegaba la corriente hasta el cuello. El impacto era tal, que casi sentía mi cerebro rebotar. Como un chispazo de electricidad.

Los días anteriores, el latigazo había sido aislado, pero ese sábado, uno tras otro me alertaban casi a gritos diciendo que algo no iba bien.

Ya había ido al médico la semana anterior y estaban pendientes ciertas pruebas. Pero estaba nerviosa, todo era muy extraño.

Asustada, me acosté. Tapada, como si la manta fuera a hacer desaparecer aquello. Quería cerrar los ojos y que al despertar se acabara la pesadilla.

Minutos, horas, días, en esa posición, con la manta eléctrica en la rodilla y la otra manta, tapando mis miedos, sin saber qué me ocurría. Intentaba leer algo para distraeme, escuchar música o ver la TV, pero nada me calmaba. Mi cabeza iba a mil por hora y tampoco sabía si ir a urgencias. En los últimos meses había tenido que pisar bastantes veces aquella sala, con poco éxito siempre. Calmantes, radiografías, inyecciones y de vuelta a casa. Distintos nombres, ninguna solución: lumbago, fascitis plantar, vértigo, pinzamientos varios, azúcar baja y otras etiquetas.

Tras los días de “reposo” en casa, el martes volvía al trabajo.

Tenía que centrarme en las cosas pendientes, informes, valoraciones, reuniones, pruebas, tutorías. Mi agenda siempre llena de anotaciones, remarcado en un color lo pendiente, las citas ya fijadas y confirmadas en otro tono. Los días llenos y mi alma vacía. Asustada, preocupada. Pero eso no podía notarse, yo tenía que superarme, poner mi mejor sonrisa y cabalgar la jornada. No fue así. No me subí al caballo. Tuve que hacerlo de otro modo.

Así fue mi último día en el cole. No he vuelto al trabajar. Hoy hace un año.

Ese día se me cayó la máscara. El miedo había borrado el brillo de mis ojos. Mi dolor era evidente.

Saqué fuerzas para escribir en una hoja las anotaciones de todo lo que me quedaba pendiente: pruebas, reuniones, valoraciones, informes, fechas importantes… Todo iba desfilando por mi mente, tratando de no dejar nada atrás. Una hoja para esta compañera, otra para la otra, no puedo olvidarme de explicarle aquello a mi compi tal, ni recordarle a la jefa lo importante que es aquello otro. Hojas y fechas con nombre propio.

Así me despedí del despacho. Con muchas hojas llenas de recordatorios. Algo dentro de mí intuía que tardaría en volver. Nunca pensé que por tanto tiempo.

No me despedí de los niños y las niñas, ni de las personas, ni de los espacios compartidos, ni del cariño, ni de los buenos momentos, tampoco de los malos, ni de mis plantas, ni mis fotos. No me pude despedir de nada más. Entregué mis hojas recordatorio y me fui.

Ese día se me cayó la máscara. El miedo había borrado el brillo de mis ojos. Mi dolor era evidente.

 

imagen de Alexandra Levasseur
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