Mis piernas majaderas

Primero fue llevar botas ortopédicas, más tarde plantillas correctoras de la pisada. Ahora muletas, en ocasiones.

Las botas tenían un calzo externo, porque mi tendencia a arquear las piernas, me hacía pisar con más fuerza en los laterales de los pies que en la parte interna. Recuerdo llevar, casi toda la escolaridad, el uniforme con unos zapatos nada favorecedores.

Ya más grandita, con mi coquetería, no quise más botas de aquellas. Entonces, pasamos al modo plantillas. Éstas eran más llevaderas. No se veían y podía meterlas en otro tipo de calzado más mono.

Además de eso, tenía una flexibilidad exquisita. Ponía las piernas detrás del cuello, si quería. Me sentaba a jugar en el suelo, de una forma que parecía que iba a rezar en una mezquita. Una postura muy peculiar.

Sin embargo, entre botas, plantillas, años de ballet y las veces que me decían que me sentara bien, fui corrigiendo mi modo patizambo.

Más tarde en la adolescencia, llegaron las bromas de si montaba a caballo o si estaba cansada porque solía arrastrar los pies. No era algo que me afectara porque no me avergonzaba ni acomplejaba. Simplemente ellas eran así: diferentes y, hasta me servían para bailar por su capacidad casi infinita para estirarse.

Mis piernas y yo siempre hemos tenido una relación peculiar. Ellas iban a su aire y yo las respetaba como seres independientes a mí. Quizás por eso no me extrañó cuando ciertos síntomas empezaron a darme la lata por las piernas. Creía que ya estaban aquellas majaderas haciendo de las suyas.

Ya cuando tomó otro matiz, sí me dí cuenta que aquello era preocupante.

Bueno, pues pasado un tiempo, ya conozco varios de los síntomas que hace la EM para llamar mi atención. Uno de ellos, empieza a ser más continuo en el tiempo y aparece con mayor frecuencia: cuando paso de estar en posición horizontal a ponerme en pie, siento una especia de frío/calor de rodilla para abajo. Voy a intentar definir mejor la sensación con este símil. Es como si me hubiera untado las piernas con mentol (que da calor) y las expusiera al viento (que da fresco). Es algo incómodo, desagradable y molesto.

Antes me sucedía de vez en cuando. Llevo una semana, más o menos, que es casi a diario.

No sólo se produce cuando me pongo en pie, sino cuando me cae agua en la ducha, o cuando me baño en el mar (que ahora hace tiempo que no ocurre).

Imaginen como es vivir con unas extremidades de juguete. Manos de goma, piernas de menta. Sin contar el agotamiento extremo y aturdimiento mental.

¡Es todo un reto!, lo puedo asegurar.

Estas piernas majaderas, siempre vivieron al margen mío. O yo al otro lado de ellas. No lo sé. No fuimos especialmente aliadas. Pero nos respetábamos, eso sí.

Hoy echo de menos aquellas traviesas y granujas. Ellas añoran la estricta María, que las sometía con tacones, a bailar por largas horas.

Sin embargo, también soy consciente del enorme esfuerzo que hacen para seguir sujetándome y lo bien que se portan cuando trabajo con ellas.

¡Al final voy a tener que agradecérselo a estas majaderas!

imagen de Milton H. Greene
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