Barquito de papel

Ahí iba yo. Contenta, ilusionada y con mente positiva.

Saqué mis frutos secos, me puse a hablar, miraba imágenes. En un momento dado, una ola más grande de lo habitual, generó un movimiento en el barco y a su vez, sentí que toda yo empezaba a girar.

Pronto advertí que estaba pasando algo extraño y lo comuniqué.

Sugirieron cambiar la ubicación, ya que quizás la proa no era el lugar más apropiado.

Quise tirarme al suelo e ir caminando a gatas, porque por mi propio pie era imposible que me desplazara.

Él con sus manos grandes, me cogió y empezó casi a remolcarme. Yo ya me había entregado. Iba con los ojos cerrados y casi que los pies me arrastraban. Al menos eso sentí.

Al llegar a otro punto del barco, me tiré en unos asientos y tratando de evitar que el suelo me tragara, elevé mis pies sin zapatos ya, en la parte trasera del asiento que me precedía. Poco tiempo pasó y vino una azafata a decirme que aquello estaba prohibido. Creo que no pude ni responderle. Ella, entre disculpas e insistencia, me explicó que eran normas, bla, bla, bla. Solicité acostarme en el suelo. Allí, echada en mitad del pasillo, el motor del barco se me metió por las entrañas y sentí que me agitaban dentro de una batidora. Un sudor frío, acompañado de unas intensas náuseas se apoderaron de mí.

Me ayudaron a levantar y, en ese momento, ya había vuelto la azafata con hielo y bolsas para el mareo. Me sugería que vomitara, que cogiera fresco, que bla, bla, bla……

¡Ya está!, pensé, ¡voy a desmayarme!. Estoy dejando de entender las palabras de esta mujer.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Yo no podía levantar la cabeza. La tenía inclinada y apoyada en mi mano, las gafas de sol puestas, evitando que la luz me diera. Los rayos del sol eran como misiles impactando en mi pupila.

Los cubos de hielo, iban refrescando mi nuca, pero seguía sin serenarme. Todo era una montaña rusa y yo iba sin cinto y a punto de descarrilar.

En ese momento, levanté la mirada para pedir una de esas bolsas, cuando los vi a los dos.

¡Ufffff, ellos están conmigo, menos mal!

Entonces, aún sintiendo que todo giraba, que el suelo me tragaba, que mi cuerpo expulsaba mis entrañas y mis vísceras y, que me iba a deshacer en aquel sudor frío, yo estaba a salvo. No estaba sola. Aunque aquello hubiera sido la muerte, yo no estaba sola.

Ese hecho, posiblemente, evitó que perdiera el conocimiento porque me dio una paz interna muy sanadora.

Ella: siempre positiva, con una solución bajo el brazo, dispuesta a ayudar, alegre, vital, enérgica, cuidadora, entregada, adorable, amorosa.

Él: siempre justo, coherente, resistente, cuidador, perseverante, entregado, cariñoso, de gran fortaleza, amable, bondadoso.

Los dos, mis generosos e incondicionales bastones.

Nunca un barquito de papel fue tan firme, tan sólido y tan resistente como en aquel momento.

Ese día, salí de allí sabiendo que lo que había sentido no era normal. Aquello era indicativo de que algo sucedía en mi interior.

No me equivoqué. Días después se confirmó que estaba experimentando un nuevo brote.

 

Anuncios