Manos de goma

Siempre me sentí una mujer con fuerza. Mis manos y mis brazos tenían una potencia llamativa. Al menos a mi juicio. Otros dirían que era un poco “bruta”.

Eso de hacer actividades que requiriesen agilidad y brío me gustaba.

Manos bien cuidadas pero con mucho curro de fondo.

Que había que montar un mueble, ahí estaban mis manos, que había que cargar algo pesado, ahí estaban mis manos, que había que abrir un bote hermético que nadie podía, ahí estaban mis manos, que había que mover cajas grandes, ahí estaban mis manos….

Y ahora mis manos, siendo las mismas visiblemente, ya no están como antes.

A veces lucen las uñas rojas, otras veces sin color, más largas o más chiquititas, siempre cuidadas. Me gusta cuidar mis manos.

Y ahora mis manos, siendo las mismas visiblemente, ya no están como antes.

Quiero coger algo, se me escurre de los dedos y se me cae.

Estoy cocinando y no tengo fuerza suficiente para darle la vuelta al sartén. Tortilla de papas al suelo.

Si me encuentro algo despistada y no tengo toda mi atención en lo que estoy haciendo, pum, se me resbala.

Bufff, ¿y comer con los palillos? Hacer la pinza que tanto me costó aprender. Pues ahora pierdo la precisión y parece que voy a tirarlo todo. En estos casos, centro mi atención y esfuerzo y logro comer sin parecer un bebé en sus inicios con las cucharas de silicona.

Es un reaprender quién soy hasta en estos pequeños detalles.

Ya mis manos no me acompañan en todas las ocasiones, como antes.

Hay días que están más frescas ellas. Más ágiles. Más fuertes. Más dominantes. Más las manos mías, las que conozco de tantos años.

Otras veces, son unas manos nuevas. Prestadas, de goma, torpes, débiles, lentas. Y ese día, es como un matrimonio concertado. No nos conocemos ellas y yo.

Mis manos fuertes, ahora son sólo mis manos.

Las sigo mimando y cuidando. Pero no siempre las reconozco. Esos días, a veces me enfada la situación. Otras me entristece. A veces, lo acepto sin más.

¡Y yo las veo tan bonitas!, ¡Con ellas he hecho tanto!

Escribir, jugar, pintar, tocar la arena, agarrar otra mano, lucir anillos, trabajar, cambiar pañales, acariciar, curar heridas propias y ajenas, tocar el pelo de otra persona, cocinar, esconder mi cara tras ellas para decir: cucú, enjabonar mi cuerpo, limpiar, secar lágrimas, hacer un coro con niños…. Con mis manos he amado también. El lenguaje del tacto.

Y ahora mis manos, siendo las mismas visiblemente, ya no están como antes.

Mis manos fuertes, ahora son sólo mis manos. Y a veces son, mis manos de goma.

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