La bicicleta

Una semana, igual dos, después de salir del hospital, quise tener una bicicleta estática en casa.

Había que entrenarse bien, mucho y rápido.

Este trámite que estaba viviendo, era duro, pero sería sólo eso: un pequeño paréntesis en mi vida. ¡Qué equivocada estaba!

Tenía que centrarme en alimentarme bien, en hacer todos los días un ratito de bici y en dar pequeños paseos por la manzana. Al principio siempre agarrada de alguien, poco a poco ya empecé a hacerlo sola con las muletas o bien me sujetaba de las paredes o coches.

Con ese deseo en mente, fuimos a la planta de deportes a mirar diferentes opciones. Me subí en varias para probarlas y ver si me decidía por alguna.

Luego pasamos a las otras bicis, las que no son estáticas. Entonces me entraron unas ganas enormes de ponerme buena ya, comprarme una con manillar retro, con cesta para llevar la merienda y ruedas enormes. ¡Qué chula me vería de paseo por la ciudad en aquella bicicleta!

Está claro que no veía más allá de mis ojos. Fantaseaba de una forma muy alejada de las posibilidades reales.

Días después, llegó la bici estática a casa. Desde ese momento empecé el entrenamiento.

Cada día aumentaba los minutos que hacía sobre ella. Empecé por muy pocos (5 minutos). Mis piernas no daban para más. Suavemente fui aumentando mi marca. Lo máximo que llegó a aguantar mi cuerpo fue media hora. Pero el día que lo lograba, me quedaba exhausta y empleaba toda la energía suministrada para 24 horas, en esos 15 minutos.

Pocos meses me duró ese énfasis. Las rodillas comenzaron a darme unas quejas importantes. Además del dolor, en la rodilla derecha se escuchaba un crujido con cada pedaleo. Yo, como siempre, intento no darle más importancia evitando irme al otro extremo; el de la queja. Pero cada vez se fue acentuando más. Ese chasquido óseo me ocurría también en rehabilitación y en piscina.

En una de las visitas al neurólogo le comenté mi “leve” molestia. Me sugirió que parara ese ejercicio, que lo hablara con mi fisioterapeuta y que fuera al traumatólogo.

Días después, lo que me dijo el médico en cuestión, era que tenía condromalacia rotuliana y que fortaleciera cuádriceps, evitara subir y bajar escaleras, no saltara, no hiciera bicicleta y algunos noes más.

Desde ese momento (verano), dejé un tanto apartada mi actividad sobre ruedas.

Ahora, es que me han dicho que no es condromalacia. Es una sobrecarga, me pareció entender que más bien tipo muscular o de los tendones, que de no cuidarla sí podría derivar en aquello. Me informan que sí que puedo y me viene bien, el entrenamiento con la bici. Esa pobre que ha quedado olvidada en el fondo del salón.

Este lunes, con toda mi motivación, hice mi retorno al momento Indurain.

El martes amanezco mala con un nuevo episodio de gripe (malestar corporal, garganta y demás).

Se me cae el mundo al suelo. Es agotador no poder dar 2 pasos hacia adelante sin que vengan curvas, huracanes y tempestades que me detengan o me hagan retroceder.

Este 2017 ha sido un caerme de manera constante. Por diferentes dolencias, no siempre síntomas de la EM. Pero sí consecuencia indirecta (el inmunosupresor me deja más expuesta a cualquier virus o bacteria que anda por ahí pululando).

En su mayoría, estados gripales o semigripales a cada mes, luego un absceso que estuvo largo tiempo dando lata. En febrero ya tuve que quitármelo por llevar 3 meses con esa infección latente. Empezando a ver la luz por la operación, caigo con un nuevo brote (disfunción troncular). Ahora, ya remontando otra vez de la debilidad física, anímica y con el equilibrio y la vista mejor, nuevo episodio de garganta y abscesos inflamados.

¿Qué hago?

Es muy difícil no decaer.

Debe haber una fuerza interior muy grande, que hace que aunque me derrumbe un día, de nuevo me impulsa a seguir en la lucha. Con actitud positiva y una sonrisa en la cara.

Pero realmente es duro. Es complicado.

Ahora a cruzar los dedos, para volver en unos días, a rehabilitación y a coger mi señora bicicleta.

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