Para Elisa

¿Tocas para mí?

Escuchaba esta obra una y otra vez sin cansarme. Era tan hermoso verla….

Teclas blancas, teclas negras. Juntas crean ese maravilloso sonido. Hay que saber cómo tocarlas, cómo acariciarlas, cómo hacer para que suene la melodía.

Yo nunca aprendí. Estuve en clases durante un tiempo, pero no tenía aptitudes para ello.

Por momentos sólo veo las teclas negras, luego las blancas, pero la imagen se me representa por separado. Sigo sin aprender a crear algo equilibrado y suave al juntarlas.

Y mis manos se afanan torpes y descontroladas. De allí no sale música. Al menos, eso dicen.

Mis dedos, temblorosos y asustados, rozan las teclas. Quieren y no pueden.

Sólo llego a comprender que ni las blancas ni las negras son opuestas. La armonía se da fusionando ambas.

Pero no sé hacerlo mejor. Y me esfuerzo, te lo aseguro.

Estoy llena de contradicciones. Llena de emociones que saltan de un color a otro.

El metrónomo marca el ritmo y yo quiero avanzar a esa velocidad.

Cojo la partitura, no sé qué significa. No me importa tampoco. Lo voy a hacer por intuición.

Sentada frente a ese imperioso instrumento. Siento la vibración de las cuerdas, se produce una onda acústica. Me deja hipnotizada. Cuando la obra que suena, me toca el alma, las lágrimas caen rebosando mis ojos.

Piano y vida. La misma cosa.

Notas que anuncian tristezas. Notas que anuncian dolor. Notas que anuncian lo que nadie quiere escuchar. Porque nos enseñaron que lo negro era mejor dejarlo escondido.

Y yo no sé hacerlo así. Nunca supe ocultar, ni lo blanco ni lo negro ni lo de cualquier otro color.

¿Oyes mi melodía? No sé si el piano está afinado, pero la que suena es mi música. La única que sé tocar. Con mis dedos temblorosos, con todas mis contradicciones, con el apuro de hacerlo al ritmo del metrónomo, con mi esfuerzo y mi descontrol. La mía, mi música, la que da vida a esas teclas blancas y a esas teclas negras.

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