Lo que sus ojos ven

María regresaba a rehabilitación después de muchos días sin haber podido ir. Aún se encontraba exhausta por los efectos de la cortisona, que le habían estado inyectando para atajar el nuevo brote que, inesperadamente, había hecho acto de presencia.

A mitad de camino entre su casa y el Centro ya se encontraba agotada. Sus piernas se negaban a seguir caminando; querían sentarse, descansar. Ella, sorda a sus demandas y apoyada en mi brazo, seguía avanzando lenta e inexorablemente, la sonrisa bailando en sus labios, la mirada fija en la meta: el Centro de Rehabilitación.

Llegamos. Ya dentro de la sala, en medio de camillas, aparatos de todo tipo, personas dolientes que trajinan con su dolor, fisioterapeutas eficientes, solidarias y cariñosas que los ayudan y dirigen, María avanza tranquila y sonriente sobre sus piernas titubeantes. Salen a su encuentro sonrisas de todos los rincones, besos, palmadas de ánimo, “¿cómo estás, mi niña?”, “hacía tiempo que no te veíamos”, “¡ánimo!”… A todos les responde: un beso por aquí, una sonrisa cómplice por allí, una frase de ánimo, una broma, quitándole importancia a lo que le ha pasado, a lo que está sintiendo.

Una fisioterapeuta viene a buscarla y la lleva a un cubículo individual. Es cariñosa, natural, bromista, le quita hierro a la situación y aligera el ambiente. Empieza la dura rehabilitación: “eleva y baja la pierna derecha extendida”, “flexiona y extiende la izquierda”. Y allí está María, tendida en una camilla, toda ella entregada a seguir las instrucciones, su mente, casi visible en su entrecejo, dándole órdenes inequívocas e inquebrantables a sus piernas, que se resisten a obedecer. Ella no se deja impresionar. Una y otra vez envía la orden. Toda ella tiembla, se estremece de cabeza a pies. Al fin, su orden es obedecida, y una pierna temblorosa se eleva y desciende una y otra vez para, a continuación, ser la otra la que, también temblando, se extiende y flexiona… Así hasta el próximo ejercicio. Al final de la rehabilitación, María está exhausta. Ha diluviado sobre mojado. No importa. Se recompone, endereza, sonríe y, apoyada de mi brazo, salimos del Centro. Una vez más, María ha vencido.

Dos días después regresamos. En tan poco tiempo sus avances son sorprendentes. Su fisio habitual, dulce, cariñosa, solidaria y enérgica viene a su encuentro. Directamente la coloca en una camilla de la sala general. Y empiezan los ejercicios, más enérgicos y duros que los de la vez anterior. Yo la contemplo desde lejos, enmudecida de asombro y admiración, conmovida por su determinación, fuerza y valor, ¡tan frágil y desvalida! y ¡tan grande e invencible!

A continuación tocan los ejercicios de pie: “Sube y baja por esta rampa”, “agarrada a las barras, siéntate y levántate”… De nuevo, su mente poderosa se hace visible. Toda ella temblando, sigue las instrucciones sin ceder un ápice, sin contemplaciones a su temblor generalizado, sin una mueca de rebelión o desmayo, allí toda ella, presente, como si no existiera nada más que la tarea marcada.

Y luego, a caminar sin apoyos siguiendo la línea, subiendo y bajando escalones, poniendo los pies en los sitios precisos. María inicia el itinerario, temblorosa y frágil, pero determinada y tenaz. Lleva las manos entrelazadas detrás, apoyadas en su coxis. No sólo es un trabajo de fortalecimiento muscular, sino también de equilibrio y precisión.

Ahora soy yo la que tiembla por dentro. ¡Dios mío!, puede perder el equilibrio, trastabillar, caerse, hacerse daño. Oigo a la fisio: “María, cuidado, puedes caerte” Ella, con voz tranquila y firme responde: “no te preocupes, controlo” Me relajo. Luego me diría que lo de las manos detrás fue iniciativa propia, para avanzar más rápidamente. Así es María.

La rehabilitación llega a su fin. María, feliz por el trabajo realizado. Hecha polvo y sonriente. De nuevo, ha vencido. Yo, con un nudo en la garganta. Se ha ido formado con mil sensaciones y emociones entrelazadas a lo largo de la sesión. Ternura, orgullo, admiración, muchísimo cariño… ¡Qué grande eres, María!

En aquella sala, en la que María es de las más jóvenes, hay mucho dolor concentrado. Flota por cada esquina, sobre cada camilla, en las miradas de muchos de los que allí asisten habitualmente. Podría parecer deprimente, pero a mí no me lo pareció. El cariño, la solidaridad, la aceptación y complicidad campean por doquier, son los dueños. ¡Ojalá “los sanos” pudiéramos participar de algo del ambiente que allí se respira! El mundo sería un lugar mucho más vivible y agradable.

Muchas gracias, María, por haberme permitido entrar en ese universo, ignorado por los que estamos fuera. Muchas gracias por haberme permitido presenciar tu enorme fragilidad y vulnerabilidad; también tu aún mayor fuerza y humanidad. Sin saberlo, has sido fuente de inspiración y superación para mí. Muchísimas gracias, mi amor.

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