Que no te engañen

A veces resuenan en los cajones de mi memoria, palabras no siempre pronunciadas. Palabras que igual no se dirigieron a mi. Y se quedan dando vueltas como un vinilo estropeado, reproduciendo una y otra vez la misma estrofa.

Y en ese momento, una debe gritarle al mundo.

Y quitar peso a aquellas palabras, dichas o pensadas. Dirigidas a mí o a otra persona. Desmitificar todo aquello que, tras el surco en el disco, es posible que haya acabado creyendo. Arreglemos este salto de aguja, María.

Escucha dentro de ti. Mírate con atención, con delicadeza y ahora dime todo aquello que no eres.

No soy floja, no. No lo soy.

No soy débil, ni tampoco gandula.

No soy una comodona.

No soy rara.

No soy vaga.

No soy caradura.

No soy egoísta.

No estoy fijo igual.

No soy una quejica.

No estoy siempre mala.

No me escaqueo.

No soy torpe.

No soy victimista.

No soy hipocondríaca.

Es triste, muy triste, que una persona no entienda qué le ocurre o más llamativo aún, que sí lleve un sello con membrete y que hagamos comentarios gratuitos sobre ella.

Es cierto que en ocasiones la EM se puede convertir en una enfermedad invisible, con síntomas peculiares. Pero son eso, síntomas. No los podemos evitar, ni controlar, ni son excusas para no hacer otras cosas.

Afortunadamente para mí, no me han tachado de muchos de estos calificativos, pero de otros sí.

Es la tendencia cuando no se entiende a otra persona, rápidamente emitimos juicios.

Pero frente a estas sentencias, sí que me he visto disimulando cansancio. Obviando sensaciones desconocidas. Esforzándome muchísimo para hacer cosas “normales”. Escondiendo mareos. Justificando ausencias. Avergonzándome de debilidades.

Hoy quiero poner voz a todo aquello que no soy. Que no somos las personas con EM. Hablo por mí, hablo por ellas.

Es posible que nos esforcemos el triple para llegar a la mitad que tú.

Usa tus manos para ayudarnos, por favor, no para señalarnos.

imagen de Allison Rogers
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