Habitación 219. Parte 4. El día de la verdad

La noche anterior pusieron un cartel encima de mi cama que dejaba constancia que por la mañana me harían una prueba.

Normalmente por las mañanas venía mi padre a estar conmigo. Por las tardes la compañía era la de mi madre y las visitas.

Esa mañana fue diferente.

Cuando mi madre llegó, yo ya estaba desayunada y esperando que pasaran a recogerme para llevarme a la RM (resonancia). Iba a ser una prueba larga porque se trataba de una resonancia con contraste craneal, cervical y lumbar.

Sobre las 9 y poco llegó una mujer con la silla de ruedas.

Me subí con la autonomía suficiente para hacerlo sola, pero con la debilidad para necesitar que me llevaran sentada.

Empezamos el camino: pasillos, ascensores, plantas, grandes ventanales…..

Hacía días, semanas, que no veía tanta gente.

Yo desde abajo miraba a las personas en sus quehaceres, con movimientos rápidos, ágiles, en algunos casos manteniendo conversaciones entre ellos, con ropa de estar en la calle, con el pelo acicalado, con olor a perfume, con sus abalorios puestos. Qué diferente se ve la vida desde abajo. Una sensación de ser invisible tan extraña. Yo iba en pijama y con mis calcetines puestos, para evitar el frío irreal que atravesaba siempre mis pies. Hacía tiempo que no me miraba al espejo para ponerme colorete, el pelo se notaba más áspero por la medicación, por los nervios, de llevar 17 días acostada, no tenía la mejor de mis caras y las piernas caían en la silla en una posición que indicaba fragilidad.

Llegamos al destino.

Muchas, muchísimas personas en aquella sala. Me ayudaron a levantar del transporte y allí me quedé, sentada en una silla de plástico duro.

No sé cuánto pasó, porque no llevaba reloj, ni móvil. No fue mucho. Dijeron mi nombre y se acercaron para agarrarme y pasar dentro. Una chica me hizo pasar a un cuartito para quitarme el pijama y me dio una bata, me contó que me pondrían un líquido y que luego ya entraría en la máquina. Atrás tuve que dejar mis calcetines.

Una vez inyectado aquello, pasamos a otro espacio.

Ya conocía la prueba, me la habían hecho otras veces. Pero no en este hospital ni tanto tiempo seguido.

Esta sería la máquina de la verdad. La que iba a contar un secreto de mí. La que por fin lo descubriría.

Esa hora y media fue bastante incómoda. Los sonidos eran realmente estridentes. La posición totalmente inadecuada para mis calambres. Cuando me daban, la pierna izquierda se movía, aunque tratara de evitarlo. Los pies los sentía helados. Se me clavaban agujas de hielo en ellos.

La primera parte fue ponerme una especie de casco astronauta y me metieron por aquel tubo. Me costaba respirar profundamente con aquello alrededor de mi boca y mi nariz. Y yo, para relajarme, era lo que necesitaba.

Allí me dije mil y una cosa, para lograr suavizar aquella respiración agitada, producto de los nervios. Mi cabeza iba a mil por hora, mandándome señales de todo tipo. Sentía que iba a colapsar.

Poco a poco logré ir relajándome.

No sé si por mis artimañas o porque aquello que me inyectaron, llevara entre otras cosas, algún calmante.

Previamente me sacaron dos veces, antes de hacerlo por última vez. Cambiaban el lugar del cuerpo por donde ponían aparatos. Yo me dejaba hacer al antojo de ellos.

Me pedían que dejara de moverme dentro porque no iba a salir bien. Les expliqué que había movimientos involuntarios que no podía controlar. Pero esos comentarios me hacían poner más nerviosa aún.

Yo necesitaba que la prueba saliera bien de una vez por todas. Estaba desesperada por saber qué me ocurría. Y también necesitaba que dejaran de hacerme más virguerías.

Cuando la prueba terminó, hicimos el camino inverso. Esta vez iba mucho más aturdida que unas horas antes. Aún resonaban en mi cabeza los sonidos martilleantes de la prueba.

Cuando llegué a la habitación, sólo quería acostarme y dormir.

Además de mi madre, tenía visita y estuvimos hablando un poco. A mi me costaba pensar y casi hasta me sentía balbucear.

Cuando nos quedamos solas, me recosté. Esa mañana se habían llevado a mi compañera de habitación a hacer rehabilitación.

¡Qué agotada estaba!. Me pesaba todo el cuerpo y no podía parar de bostezar.

– Ooooaaaauuhhhh, ooooaaaauuhhh, ooooaaaauuhhh……

Sentía los ojos cuajados y lágrimas por las mejillas. No podía parar aquello.

Poco después, el médico entró en la habitación acompañado del residente.

Me dijo,

– María ya tenemos los resultados, ¿quieres que hablemos contigo a solas?

Yo me incorporé de la cama, para sentarme y mirarlo bien.

– No, no hay problema,

le dije.

Todo lo que vino a continuación lo he mezclado, lo he olvidado, los detalles se convierten en nubes de palabras que solo dicen bla, bla, bla.

Pero tengo una ligera idea de lo que me dijo.

– Los resultados de la resonancia muestran unas pequeñas lesiones que son compatibles con las de la Esclerosis Múltiple. Según nos has ido contando y el episodio anterior de neuritis óptica, el tipo que tienes es recurrente remitente. Esto es bueno, quiere decir que viene y va. Da por brotes. Puedes estar tiempo sin que te dé ninguno. Lo que te acaba de ocurrir es un brote. La pérdida de fuerza y las corrientes de electricidad son producto del brote y con el tiempo se pueden ir o dejar alguna secuela. Esta enfermedad no tiene cura conocida, pero sí medicación que puede frenar el progreso de la misma. Ya no es una enfermedad rara como se consideraba antes. Se produce porque en tu cuerpo entró, en algún momento, algún virus normal y tu sistema inmune confundió ese virus con la mielina y se ha quedado atacando a esa sustancia que recubre los nervios. Hoy en día existen varios tratamientos, que ya te explicaremos con más calma.

Me dio varias nociones que para mí sonaban a bla, bla, bla.

Mi cabeza decía QUE NO ERA POSIBLE. Yo no tenía esa enfermedad, esa resonancia había salido mal por moverme seguramente.

NO, NO, NO, NO.

Sólo sentía una negativa absoluta a todo lo que me decía.

Sí sé que me dijo que ya podía irme del hospital. Ese día me darían el alta. Que ya tenía el diagnóstico y que para hablar de la medicación ya acudiría por consultas externas.

Él seguía hablando.

– Tu vida debe seguir siendo la misma, en la medida de las posibilidades. El hábito tabáquico está totalmente contraindicado para esta enfermedad. Cuando el cuerpo se adapte a la medicación, los brotes irán disminuyendo…. Bla, bla, bla, bla, bla….. .

Dejé de oír. Quería que saliera de la habitación y ponerme a gritar. A llorar, a patalear. Quería que me dejara en paz, que se callara, que dejara de mirarme como a una enferma.

Cuando terminó de hablar y ante la falta de preguntas por mi parte, mi madre se despidió de él y le agradeció la atención y lo bien que se había explicado. Yo asentía con la cabeza. Quería que se fuera, que se fuera, que se fuera.

La miré, con la mirada más aterrada que siento que he tenido en mi vida, y rompí a llorar. Ella se acercó y me abrazó.

No quería. No quería. Estaba tan enfadada, tan aturdida, tan triste, tan desolada, que nada, que nadie me calmaba.

Pero quise llamar también a mi padre y a él.

Dar esa noticia por teléfono y casi al momento de haberme enterado yo también, es lo más desgarrador que he hecho.

– Ven por favor, ya me han dado el resultado. Tengo ESCLEROSIS MÚLTIPLE.

Pronto llegaron los hombres de mi vida.

Llegó mi abuelo, luego mi padre y después él.

Con cada uno actué de un modo diferente.

Con cada uno tengo mis códigos de relación.

Pero con los tres me hice añicos.

Entre llantos, con miedo, con rabia, con desconcierto, con incredulidad, con tristeza, con dolor, con frustración, con la pena más grande del mundo. Así me despedí de aquella habitación.

Mi compañera no estaba presente, así que le dejé una nota dedicándole unas palabras, pero nunca le conté mi diagnóstico.

imagen de Sylvie Guillot
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