Rehabilitación

Era 6 de julio de 2016. Aún no caminaba bien. El lado izquierdo había perdido bastante fuerza; déficit sensitivo y motor ponía en mi informe.

Era por la mañana. Tenía la sesión de 11:00- 12:00 horas.

Entré con la ficha que me dieron en el mostrador, en la mano. Caminaba con cierta torpeza y más torpe aún sentía mi cabeza. Estaba nerviosa.

Al pasar a la sala de las camillas, una chica cogió mi ficha y me dijo que me sentara.

– Primera vez,

dijo en voz alta.

Yo observaba todo con cierta distancia. No me sentía parte de aquello.

Camillas, sillas de rueda, muletas, prótesis, máquinas extrañas, bicicletas estáticas, rampas y escaleras, conos, pesas, pelotas, colchonetas, cables, bandas elásticas, corrientes, lociones, lámparas de infrarrojos, cuñas, cojines y ELLOS. Los usuarios y las usuarias del centro.

Todo ajeno a mí.

Yo ajena a todo.

Tras una breve entrevista, pasamos a la acción. Yo quería mostrar lo bien que lo hacía.

No me sentía parte de aquello. Y aquello no era nada malo. Lo que no encontraba relación entre mi vida y lo que allí se hacía.

Ahora lo veo claro. No había asumido aún mi situación. Mi nueva situación.

Yo creía que sería cuestión de una semana a lo sumo dos, bueno vale, igual tres, pero que antes del mes, yo iba a estar en el punto en el que me encontraba antes de ser ingresada.

Con todo lo bueno que tenía en mi vida hasta ese momento y, como no, con todo lo malo.

Nunca pensé que sería el principio de una nueva vida. Con la que aún me encuentro en fase de presentación.

Aquel día, como ya he ido aprendiendo en todo este periplo, me dejé hacer. Repetía, como la alumna más aventajada y cumplidora, todas las indicaciones. Quería que fuera una trámite rápido y ver pronto, cuánto antes, los resultados de mis esfuerzos.

Ella, con cara de ángel, estaba a mi lado dándome pautas.

En realidad, 9 meses después, puedo decir que todas son pequeños ángeles. Con sus uniformes blancos, pasan de un lado a otro, de una persona a otra y te miran. Te miran a los ojos y te preguntan cómo estás. Y se dedican diariamente a masajear, a agarrar con fuerza, a ayudar a caminar, a estirar, a poner y quitar zapatos, a poner y quitar prótesis, a incorporar de las sillas de ruedas, con esa paciencia infinita, con esa sonrisa perpetua.

Y los usuarios, nos miramos, nos sonreímos. Nos damos cuenta cuándo uno ha tenido un bajón o cuándo uno falta porque está peor. Y nos convertimos en compañeros en el patio del colegio, más bien de la guardería. Cuando aprender a caminar y dejar atrás el pañal, era el mayor logro. Cuando dependías de otro para abrir el paquete de galletas porque tus manos no tenían la precisión ni fuerza para hacerlo sola, cuando te caías al suelo y buscabas la mirada cómplice del adulto para decirte que no pasaba nada. En eso nos convertimos los usuarios, en adultos asustados buscando, diaria e incansablemente, el logro del día para irte satisfecho a tu casa.

Yo ya no observo todo con cierta distancia. Yo ya soy parte de aquello.

imagen de Anna Kövecses
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