La línea verde

 

La distancia entre el mundo y yo, se convertía nuevamente en kilómetros.

Yo estaba allá, no sé donde, pero lejos.

El mundo funcionaba al otro lado de mí.

Yo estaba parada. Quieta. Enmudecida.

El mundo se afanaba por brillar más, por ser más luminoso. Y yo perdiéndomelo.

No veo. Me quedo atrás.

Horas de espera después, me situaron en otro sector del hospital.

Cada paso era un abismo. El suelo, como arenas movedizas, luchaba por tragarme.

Yo me agarraba a su brazo. No me podía quitar las gafas de sol.

Todo me daba vueltas. Tenía ganas de vomitar. El dolor de cabeza era insoportable.

Cuando llegamos al lugar indicado, una mujer me dijo:

-Sigue la línea verde hasta el final.

El color lo veía. Menos mal.

Llegamos.

Me sentí otra vez tan pequeña….

Pensaba:

– ¡Que hagan lo que quieran conmigo. Necesito ver. Necesito que el suelo deje de moverse!

Me entregué al completo.

Llevaba días, incluso más de una semana tratando de negar aquello. Sin embargo, las sensaciones iban en aumento. Ya era algo evidente. Esto no iba a desaparecer solo con mi deseo. Y mira que lo deseé.

Hospital de día.

Sillas, sillones, carritos con material, bombas, botellas con suero, sábanas con el logo, bolsas con sangre para transfusiones, agujas…. Y personas. Muchas personas.

Antes de esto vivía ajena a la cantidad de personas que padecemos alguna enfermedad y requerimos de estos tratamientos. Antes de esto vivía con la mente en otro lugar. Las cosas importantes, exactamente eran eso; cosas. Este año me ha cambiado la escala de prioridades en la vida. Lo importante no son cosas. Y las cosas no son importantes.

Qué necesaria es la calidad humana cuando estás así de expuesta.

Agradezco cada gesto y cada palabra más aún.

Cuando te dejas ir, así pequeñita, es fundamental que las personas que te recogen, desprendan amor y dulzura.

Estoy allí, otra vez huele a hospital, hay personas con aspecto más enfermizo que yo, otras que se les ve muy enteras, cada una cuenta una historia seguro. Pero hoy hablo de mí. Me siento tan aturdida que me dejo hacer. El sillón es incómodo. Duro, de un plástico que se me pega a la piel. No me importa. Yo me recuesto. Me tapo. Llevo puestas mis gafas de sol. La distancia entre el mundo y yo. Regalo mi brazo. Ella lo cuida. Lo trata con cariño. ¡Gracias al equipo de enfermeras de este servicio!.

Él se ha quedado sentado al fondo del pasillo. Está lejos. Lo veo diminuto pero es un grande. Está difuminado. Como llevo viendo las cosas la última semana. Como una holografía.

Las horas pasan lentamente. Más de lo deseado.

Siento cada gota que entra. Como si el tiempo se midiera por ese goteo. Ploc, ploc, ploc…

– Voy a pasar muchísimas gotas en este lugar. Vamos a entendernos y a dejarnos llevar, María.

Así empezó mi primera sesión de corticoides intravenosos. Siguiendo la línea verde.

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