Habitación 219. Parte 3

 

Viernes por la mañana. Pasa el médico por la habitación. Se presenta, viene acompañado por un residente. Me dice que él va a ser el neurólogo que haga el seguimiento de mi situación. Hace varias preguntas. Ejercicios que hoy en día ya son conocidos por mí. Me cuenta qué pruebas tiene previstas realizar: análisis completos de sangre, punción lumbar, potenciales evocados, resonancia magnética craneal, cervical, lumbar. Eso me lo cuenta así, sin anestesia. Yo perpleja y dolorida, lo escucho con atención.

Explica que ese mismo día me harán la punción lumbar. Yo me asusto, pero me alegro. Necesito saber qué me ocurre. La incertidumbre me duele tanto como mis piernas.

Salen de la habitación.

Al rato, vuelven. Esta vez acompañados por varios alumnos y alumnas en prácticas. Yo me siento pequeña, muy pequeña, desnuda, muy desnuda, vulnerable, muy vulnerable.

Empiezan a limpiar la zona. Aplican un líquido, luego siento un spray helado.

– María, ahora ponte en posición fetal. Pega las rodillas al pecho. Cógelas entre los brazos. Más curvada aún. Sí, así, así. Aguanta en esa postura.

Yo temo que me dé uno de los calambres y se me mueva el cuerpo, pues me repite que me mantenga quieta.

No quería mirar, pero de refilón me topé con aquella aguja que me pareció tan grande como un misil.

Tampoco quería, pero a ellos también los vi. Chicos y chicas, jóvenes todos, con sus batas blancas, mirando atentamente la jugada.

Yo necesitaba intimidad. Ese era mi cuerpo, esa era mi vida, mi dolor, mi angustia.

El residente seguía las indicaciones del médico.

– Ahora toca aquí. Justo en este punto hay que pinchar.

Luego se dirigió a mí.

– Venga María, coge aire y en un momento terminamos.

Clavaron aquel enorme misil en mi columna. Lo movían en busca del líquido cefalorraquídeo. Algo no iba bien. El dolor era insoportable. Movía la aguja como si fuera un futbolín. Tuve que pedir que parara, con el hilo de voz que salió.

– Por favor, paren, paren, por favor.

Habían clavado en el lugar equivocado. De allí no salía nada. Yo rompí a llorar. Fue un dolor muy intenso.

El médico cogió la aguja y esta vez la clavó él, con más seguridad que el residente. Parece que ahora sí estaba en el lugar exacto.

– No te muevas María. Curva más la espalda que la aguja está dentro.

Yo lloraba. En silencio, lloraba. Con el público que observaba sin ver a una persona llorar. Ellos veían una punción lumbar en directo.

Todo terminó. Sin mirar directamente vi el bote donde introdujeron el líquido. Se mandaba a analizar. Eso me contaron. Yo estaba mareada. No escuchaba con atención. Solo quería que salieran de allí y que se acabara el espectáculo.

Necesitaba llorar en la intimidad. En esa intimidad pública que se tiene en un hospital.

Pronto vino la enfermera a ponerme una vía y comenzar con la medicación pautada. Pulsos de corticoides, calmantes y sueros. Había que hidratarse muy bien, al parecer, por la pérdida del líquido extraído.

No podía levantarme en 24 horas. Había que dejar que se asentara la sustancia para evitar vómitos.

Así pasé las siguientes horas en la habitación 219. Más incómoda aún de lo que ya había llegado. Dolorida. Con una vía que se obstruía por la densidad del medicamento y la fragilidad de mis venas. Asustada por el desconocimiento de lo que me ocurría. Sin intimidad alguna. Tomándome la temperatura 3 veces al día, el azúcar, la tensión. Daba igual si dormía o no. Había que hacerlo.

No estaba sola. Nunca lo estuve. Allí, a mi lado izquierdo siempre hubo calor. El calor de los que me quieren. Menos mal. 

Esa noche él durmió allí. Se quedó sentado. A mi vera. Casi no hablamos. Ninguno lo necesitó. Él quería estar y yo quería que estuviera. Gracias. 

Los días que siguieron, la zona estuvo tapada. Allí quedó una cicatriz. Una marca que no se ha ido. Una sombra oscura que recuerda que aquel proyectil impactó en la parte baja de mi espalda.

 

imagen de Henn Kim

 

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