Bye bye cigarettes

Llevaba cerca de 4 o 5 horas sentada en aquella silla de ruedas en el pasillo de urgencias. Era de noche. Por ese lateral no había mucho movimiento. No tenía pinta que fueran a llamarme y las ganas de salir a fumar eran cada vez más grandes.

Nervios, dolor, dudas, sueño, desesperación, cansancio, incomodidad, impotencia…

Me acerqué a la salida sentada en la silla aquella y con la pulsera blanca me que identificaba como paciente.

Se acercó un celador que me impidió salir con ella porque era propiedad del hospital.

Titubeé un instante. Pero miré a mi compañero y le dije:

– Vamos un momento fuera-.

Me levanté como pude y entre saltos y agarrada a su brazo, nos desplazamos unos metros más allá.

Él no estaba muy conforme con que saliera, pero supongo que me entendía. Me ayudó a “desobedecer”.

Ese día, en ese momento, me fumé mi último cigarro.

Por supuesto, no sabía que lo sería.

Durante mi estancia en el hospital, ni se me pasó por la cabeza salir de la habitación para bajar a fumar.

Los primeros días estuve enchufada con vías a la medicación. Tampoco caminaba bien. Me ayudaban a moverme y aunque sí que me entraron ganas de fumar, ni me planteé el cómo hacerlo con todo lo que estaba sucediendo.

Cuando me dieron el permiso de fin de semana, tras los primeros 10 días ingresada, tampoco quise fumar en casa. Me daba miedo que luego fuera más duro, al tener que volver el domingo. Mejor esperar, pensaba.

Durante todo ese tiempo llevé mi cajetilla en el bolso, como siempre, guardada en mi pitillera de libélula. A veces, olí la caja. Pocas veces en realidad.

En más de una ocasión pensé que cuando supiera el diagnóstico, si era “malo”, fumaría sí o sí. Llegué a comentarlo con una amiga.

El día que el neurólogo entró en la habitación, con el residente al lado, para informarme de lo que me ocurría, una de las cosas en las que hizo especial hincapié, fue en la relación directa entre el hábito tabáquico y esta enfermedad.

Ese día, aún estando terriblemente destrozada; acababa de saber qué me pasaba, tampoco fumé.

Tardé semanas creo, no recuerdo con exactitud, en deshacerme de la caja de cigarros, de los mecheros y los ceniceros que tenía en casa.

No he vuelto a fumar. Ya hace más de 10 meses.

Me sigo acordando. A veces siento deseos enormes de hacerlo. Pero me quiero recuperar. Quiero hacer todo lo que esté en mi mano para seguir evolucionando.

Si Freud opinara, diría que mi etapa oral fue insatisfecha o reprimida.

Yo simplemente creo que era un hábito, una adicción. Y como tal, cuesta dejarlo. Y hay que esforzarse. Y hay que poner empeño. Y hay que resignarse.

Él no estaba muy conforme con que saliera, pero supongo que me entendía. Me ayudó a “desobedecer”.

Ese día, en ese momento, me fumé mi último cigarro.

Bye bye cigarettes.

imagen de Eleonora Molignani
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