Habitación 219. Parte 2

 

Esa noche dormí mucho mejor.

Mi compañera, una mujer de unos 40 largos, era muy respetuosa. Sus visitas también lo fueron.

Ella no se movía de manera autónoma, así que el baño lo usaba solamente yo. Estaba sondada y el aseo se lo hacían en otro espacio. Siempre la vi en la cama. Solo hubo alguna ocasión en la que hacía el esfuerzo de mantenerse en la silla. Pero le costaba muchísimo. Rápido llamaba a alguna enfermera y pedía que la acostaran. Más adelante supe su nombre. Había sufrido un ictus y tenía graves secuelas. No hablábamos mucho, más bien nada, pero cuando nuestras miradas se cruzaban, nos sonreíamos. Éramos cómplices.

Nos unía alguna enfermedad (yo todavía no sabía cuál). Nos separaba una cortina.

Mi lado daba a las ventanas. ¡Cuánto lo agradecí! ¡Podía ver el cielo!.

Traté de hacer de aquella habitación mi pequeño mundo. No importaba si mi estancia iba a durar un día o un mes. Yo necesitaba sentirme cómoda. Tenía una sensación de desagrado constantemente.

El olor. ¡Bufff!, llevaba muy mal el olor a hospital. Olor a enfermedad.

Pocos años antes, mis abuelos habían estado hospitalizados una larga temporada y cada vez que hacía un turno, al regresar, lavaba absolutamente toda la ropa. No soportaba el olor.

En la mesilla guardaba un bote de colonia de bebé. Lo esparcía por las sábanas, por mis pijamas, por las sillas de las visitas.

Pedí a mi madre que trajera lejía para hacer mi propia limpieza del baño. Me daba cosa sentarme en aquel váter. O poner mis pies desnudos en la ducha. No sé, para mí era desagradable todo aquello. Así que busqué maneras de hacer más confortable mi permanencia allí.

Pronto la habitación se llenó de bombones, galletas y cosillas ricas, de esas que no suelo comer, pero que me encantan. Invitaba a mi compañera a pequeños pecados dulces. Se relamía. Era muy golosa.

Aparecieron flores. También llegaron mariposas.

Me acompañaba mi música, algunos libros, el ordenador, el peluche de mi cama. Mi cama de verdad. Aquella otra era una impostora.

En ese tiempo, fui redecorando el espacio. El espacio físico y mi espacio interior.

Realmente no sé qué hice en esos 17 días. Si sé que pasé mucho tiempo “colocada”; los nervios, el estado de shock y la medicación que me ponían -intravenosa y oral-. Aún así, tengo muchos recuerdos y sensaciones. Procuro no rebuscar entre ellos, porque algunos son devastadores.

Ese paréntesis de tiempo, transcurrido entre el 4 y el 20 de mayo de 2016, ha marcado un antes y un después en mi vida. No solo por el diagnóstico , sino también por el periodo de incertidumbre entre aquellas cuatro paredes. Todo lo que pensé, sentí, deseé y lloré en esos días, ha dejado una huella invisible en mi alma. Entré siendo una María y salió de allí otra.

Admiro y valoro muchas cosas de esta nueva María. Echo de menos otras tantas de la anterior.

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