Copaxone

 

Llevo 39 semanas ya.

Fue el martes 7 de junio. Tenía cita con la enfermera de neurología. Una vez me dio el papel firmado por el médico y aceptado por la inspección,  fuimos a recoger la medicación.

Con las grandes dificultades que aún tenía para caminar, fuimos a otra planta, en otro sector, al otro lado del hospital. Pasillos, ascensores, cristaleras y puertas después, parecía que estábamos en el lugar indicado. Tras una larga espera sin respuesta, mi padre subió nuevamente a la consulta para confirmar las indicaciones.

No sé si estábamos perdidos o no. Si aquel era el lugar correcto o no lo era. Lo que sí sé es que yo estaba asustada, nerviosa, intranquila.

Cuando se abrió la puerta, entregué mi documentación a la señora que salió con el listado de pacientes. Me nombraron de las últimas.

Allí nos quedamos esperando en las sillas de la sala de espera. Había mucha gente en aquel espacio; el dispensario de medicamentos “especiales”. La farmacia del hospital para ellos. Varios de ellos cargaban neveras portátiles, otras personas ocultaban su calvicie bajo pañuelos, otros muchos se entretenían con el móvil, como parte de su rutina- ahora la mía- .

Yo no dejaba de observar y respirar. Respirar y observar.

Cuando me pasaron dentro, me hicieron entrega de una caja con 12 jeringas. Me adelantaron el elevado coste de esa medicación. Tuve que firmar en un papel y me citaron para 3 semanas después. Este se convertiría, entonces, en un nuevo espacio para visitar “de por vida”.

Esa expresión rechina en mis oídos. Nada es de por vida, creo yo, ni la propia vida lo es.

Subimos otra vez a la 5º planta, sector B, sala 11.

Allí estaba ella -Franca- . La enfermera especialista en neurología.

Sus palabras e indicaciones fueron escuchadas con toda la atención que mis nervios me permitieron.

Visualizamos un vídeo explicativo. Estuvimos haciendo prácticas con varias jeringas. Franca hacía muchas puntualizaciones de dónde, cómo, practicas de higiene para el pinchado. Las posibles zona de inflamación y sus cuidados…

Yo me notaba temblorosa. Torpe. Pequeñita.

Llegó el momento. Me propuso probar ese mismo día. Allí en la consulta. Con su supervisión y apoyo. Ya me tocaba pincharme, si yo quería. Y no, no quería. Pero tenía que hacerlo. Mejor allí con ella, que luego en casa.

No quería tampoco ni imaginar aquello que, voluntariamente, estaba a punto de meter en mi cuerpo. Un inmunosupresor. Algo que debilitaría mi sistema inmune. Eso sin contar los innumerables efectos secundarios que se explicitaban en los formularios que llevaba conmigo.

Mi mente pensaba en todos los peros que esto suponía.

Estaba indecisa, muy nerviosa.

Ella con paciencia y humor, me iba acompañando. Decidimos que ese día empezaría por la barriga. Una vez sujeté con mis manos aquel aparato, tenía que apretar el botón que accionaba la aguja. No podía. No podía. Cerraba los ojos. Me temblaba el pulso. Empecé a sudar.

Mi padre me miraba cómplice.

– Vamos Mariquilla, tu puedes-.

Franca sujetó el inyector. Yo debía pulsar. Cogí aire, respiré y me clavé la aguja.

Sentí un dolor punzante a la vez que una sensación de ardor en la zona. Se puso colorada. Se empezó a inflamar levemente. No ardía el pinchazo, ardía el líquido que acababa de meter en mí.

Cuando salimos de allí y entramos en el ascensor, se me saltaron las lágrimas.

Me dolía el pinchazo, me dolía mi enfermedad, me dolía saber que la medicación iba a convertirse en mi compañera, me dolía sentirme pequeña, me dolía mi dolor.

Me pincho 3 veces a la semana. 39 semanas ya. 117 pinchazos en este tiempo.

Lo llevo mucho mejor que aquel primer día. No puedo decir que me agrade, pero sí que he logrado normalizarlo. Puedo decir que hace tiempo que conseguí hacerlo yo sola. Puedo decir que ya no me sudan las manos. Ya no titubeo al inyectar.

Puedo decir que soy una guerrera. Una guerrera con las marcas de esta batalla.

 

imagen de Henn Kim
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