Fatiga

Llevo un par de semanas con mucho agotamiento.

Levantarme de la cama por las mañanas es una misión complicada. Me pesa mucho todo. Los ojos no quieren abrirse.

Luego, me cuesta permanecer despierta. Necesito hacer una siesta a mitad de la jornada.

Si hago una actividad extraordinaria un día, estoy 3 más para recuperarme.

La llaman la fatiga de la EM. Es un síntoma característico. Uno más de las mil caras.

Sin embargo, siempre creo que puedo esforzarme más y seguir haciendo cosas. Todavía no tengo integrada esta realidad.

El cuerpo se convierte en un plomo y cada movimiento cuesta el triple.

Como si me hubiera caído encima un baño de cemento y estuviera empezando a secarse. La piel llega a doler.

Abro los ojos, miro la hora y aún sabiendo que si me levantara podría aprovechar el día, el cuerpo se siente atrapado en la cama. Las sábanas tienen un efecto imán conmigo y yo con ellas. Estamos pegadas.

A veces, supero ese sopor y me levanto antes. Estoy entonces como fuera de la realidad. Despierta pero soñando. No es un sueño mágico. Es una sensación desagradable. Estar pero no estar. Con los ojos abiertos y aparentemente funcional. Mi mente, sin embargo, está ida. No sé donde, pero no dentro de la cabeza.

Una vez leí una frase: “en mi currículum voy a poner que duermo hasta 14 horas seguidas, para que vean que soy una persona que lucha por sus sueños”.

Totalmente acertada.

Duermo mucho. Lo necesito. Sueño más todavía. Me hace sentir viva.

Espero que poco a poco vaya retornando mi energía. Ese fueguito interno que me caracteriza.

Tanta horizontalidad hace estragos en mi ánimo.

– ¡Venga María, tú puedes!-.  Me digo a mí misma con bizarría.

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