Compañero

En el 2001, poco antes de terminar la carrera y tras varios años compartiendo piso, decidí irme a vivir sola.

Me mudé a un pequeño ático, con una buena terraza para mí.

Siempre me encantaron los animales. Desde pequeña recuerdo tener conmigo pollitos, tortugas, peces, pájaros, gatos, perros. Sobre todo, éstos últimos, eran como los hermanos que no tuve.

Mi hermano nació cuando yo tenía 15 años. No vivía con ellos en la misma casa y además 2 años después, me fui a vivir a otra isla. Con lo que no compartí esas vivencias de complicidad y secretos en la infancia, ni en la adolescencia. Éstos llegaron ya en la vida adulta. Ahora mi hermano es mi amigo y confidente. – Gracias hermanito-.

Por este motivo, creo que los animales se convirtieron en gran medida, en mis compañeros, camaradas.

Cuando empecé a vivir en aquel ático, vi la oportunidad de volver a compartir casa con un amigo perruno.

Llamé a una protectora y dejé mis datos, para que un peludito necesitado, viniera a mi nuevo hogar. Así fue como él apareció en mi vida.

Sidhe. “Guardián de las hadas”, en la mitología celta.

Llegó a casa con 3 meses. Dormía dentro de una pequeña palangana de la ropa con una alfombra calentita. Eso fue al principio. Luego terminó durmiendo conmigo. No pude ni quise resistirme.

Me acompañó cuando terminé la carrera. También cuando tuve mi primer trabajo. Estaba a mi lado en los fríos y helados inviernos de La Laguna. Y en el agradable calor de la vuelta a casa en verano. Cuando empecé con algún novio y cuando terminamos.

Estaba cuando decidí volver a mi isla natal y cuando aposté por comprar una casa. En ese momento, se quedó viviendo con mi madre, pero seguí yendo a diario a verlo y a pasearlo durante años.

Nunca dejó de mover el rabo como un loco al verme. Estaba cuando trabajaba en 3 trabajos a la vez y llegaba agotada. Para él siempre era una alegría,  no había cansancio al escuchar mi voz.  También estaba cuando me fui normalizando en la parte económica y tenía más tiempo. 

Me acompañaba en tristezas y alegrías.

Era mi compañero. De esos que sabes que están de manera incondicional. De esos que sabes que te quieren con locura. De esos que, inexplicablemente, quieres más que a muchos seres humanos. Porque él era mi familia elegida. No me importaba que fuera un perro. Era mi perro. Como dijo el principito No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo”.

Sidhe era único en el mundo. Era mi amigo.

Cuando me hospitalizaron, él enfermó. Empezó a estar débil, sin querer comer ni moverse mucho. Visitó varias veces al veterinario en esos 17 días. No se sabía qué tenía. Las pruebas no revelaron nada concluyente.

Al salir del Negrín, fui a verlo, me pareció entonces muy viejito. Pocas semanas atrás, él no estaba así. ¿Qué había ocurrido? Mi compañero se iba. Lo supe solo con mirarlo.

No podía ser. Yo acababa de enterarme de mi diagnóstico. Estaba terriblemente afectada. No podía aceptar lo que estaba pasando. NO, NO.

Salí un viernes del hospital. Lo acaricié por última vez ese domingo. El lunes antes de amanecer, ya se había marchado. A pocos días de cumplir 15 años juntos, Sidhe se despidió. Esperó a que yo saliera y se fue.

Mi compañero del alma.

Los días posteriores ya no sabía por lo que lloraba. Sentí que el agujero negro se había hecho más profundo, más oscuro.

Lloré por él, lloré por mí. Lloré por todo lo que no había llorado los 36 años anteriores.

imagen de Richard Jones
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