Tacones

Esa mañana salí de la terapia tan tocada, que me fui de paseo por Triana. No quería ni pensar ni sentir.

Dolor. Mucho dolor.

El día estaba precioso. El sol asomaba tímido. Menos mal. Este invierno me está helando el alma.

Tuve muchas ganas de sentarme en un banco, como tantas veces hice tiempo atrás, encenderme un cigarro y disfrutar observando a las personas. Tuve tantas ganas…

No era la primera vez que el deseo de fumarme un cigarro me invadía. No es tampoco la última. Ya han venido otras.

No me senté. Seguí caminando por los adoquines.

Es precioso el suelo. Las calles. Las tiendas. El aroma. Vegueta y sus alrededores tiene un encanto especial.

Paseaba por allí, sin rumbo, sin querer sentarme en un banco para evitar las ganas de hacer aros de humo. Sin querer volver todavía, para evitar el vacío de la casa. Sin querer hablar con nadie, para evitar contar cómo me sentía.

Todo me resultaba nostálgico. Estaba especialmente triste.

Recordé las últimas dos veces que fui a la Plaza Santa Ana. En ambas necesité muletas.

Me acordé también de un festival que hubo en Las Ranas, bailé como una loca, saltaba, daba palmas. Me encantó ese día, hace ya mucho.

Mientras caminaba, tenía la sensación que si me encontraba con alguien conocido y me hacía la típica pregunta: ¿qué tal estás?, iba a romperme en llantos. Pero no me encontré a nadie.

Entré en una tienda que visito poco, más bien nada, pero me encanta.

Revisé cada detalle, trajes, pantalones, bolsos, anillos, gafas. Estuve allí un buen rato.

Allí estaban ellos. Quietitos. Los dos, que son uno.

Pedí mi número. Me encantaron. Realmente preciosos.

Sabía, de hecho sé, que no me los puedo poner aún. No me importó. Me los compré.

Necesitaba sentirme valiente. Necesitaba sentirme coqueta.

No sé si gracias a los zapatos o a mi capacidad de superación.

Me sentí valiente. Lo soy. 

Me sentí coqueta. Siempre lo fui.

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