Orientadora – Desorientada

Hoy en una revisión, el médico rellenando un informe, me pregunta:

-¿ A qué te dedicas?

– Soy superviviente -, le dije.

Se rió. Me reí.

Con una sonrisa, reformula la pregunta.

– ¿Cuál es tu profesión?

Entonces ya contesté:

– Orientadora.

– ¡Qué paradójico!- , me dije a mí misma.

Una orientadora desorientada.

Mi cabeza rápido empieza a hilar el guión y me imagino en un laberinto enorme, como el de la película del Resplandor o Labyrinth.

Allí está María, con sus ojos clavados al frente, buscando la salida. Dando vueltas y tropezando una y otra vez con la misma esquina. Mira al cielo, en busca de alguna pista, busca en sus bolsillos, mira sus pies… Camina sin rumbo, porque todo le parece igual. No hay brújula, no hay reloj. Espera alguna señal que le clarifique. ¿Habrá miguitas de pan indicando el camino?. No. Está ella sola consigo misma, en el dédalo, buscando qué y cómo hacer.

En ese punto de mi vida me siento. Sin dirección, aún. Perdida en mi propio universo. Con el alma en obras. Como dice Sabina: “Cerrado por derribo”.

La salida aparecerá. Antes o después. Va a llegar. Estoy convencida.

Mientras, seguiré con los zapatos puestos. Buscando señales en el cielo. Marcas en las flores o susurros en las mariposas. Mientras seguiré caminando.

Necesito rescatar mi brújula. Mis puntos cardinales.

Recuperar mi norte. Bañarme en el agua salada del sur. Volver a Ibiza y ver el punto donde el Sol se levanta. Sentarme a despotricar de las películas de Clint Eastwood.

Necesito rescatar mi brújula. Mis puntos cardinales.

Quiero recuperar mi orientación y volver a orientar.

 

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