Un asiento

Seguramente termine por acostumbrarme.

Poco a poco, el tiempo hará que aprenda a lidiar con las vergüenzas que aún arrastro.

Lo haré. Seguro. Porque disciplinada soy un rato, luchadora también, entusiasta, con ganas de aprender y de superarme.

Estoy asistiendo a la creación de una nueva María, sacando recursos donde no sabía ni que existían.

Uno de los rasgos que ha dejado la EM en mí, es la dificultad que tengo para permanecer de pie estando quieta. Después de 1 o 2 minutos, ya no aguanto. Necesito o bien caminar o sentarme. Depende también del cansancio de ese momento.

En el día a día, esto de estar de pie por poco tiempo pero superior a unos minutos, se hace con frecuencia y no somos conscientes. Al menos yo no lo era. Al terminar de hacer la compra; en la cola para pagar, cuando nos encontramos con alguien por la calle; nos paramos a saludar y entablamos una pequeña conversación, cuando esperas el turno en la pescadería, si no llega el ascensor o no abren la puerta rápido, cuando esperas un taxi y no aparece ninguno, si has quedado fuera de casa con alguien y se retrasa, en un concierto en la calle, etc. y varias situaciones que voy dándome cuenta a medida que suceden.

En todas voy buscando soluciones que me permitan llevar a cabo mis quehaceres de una manera independiente. Desde decirlo abiertamente y buscar un banco cerca donde poder sentarme, pasando por ir a una frutería de confianza y allí me colocan un pequeño asiento, hacer la compra on-line, ponerme de cuclillas por unos segundos, apoyarme en el capó de un coche, comprarme una silla plegable para llevar a conciertos o eventos que no quiero perderme, ir alternando el peso del cuerpo en una y otra pierna mientras doblo las rodillas (aunque casi no me alivia el malestar) y tantas alternativas como situaciones incómodas me voy encontrando.

Sin embargo, hay una que aún no soy capaz de gestionar.

Hacer un trayecto en transporte público.

En estos casi 9 meses, me he subido en 4 guaguas solamente. De resto me he movido en taxis.

Aparentemente si se me ve de pie, no se nota lo que me sucede. Diferente es si voy caminando, que por momentos puedo tener un pequeño tambaleo.

Pero a lo que voy, el transporte. Si va lleno, como es costumbre, no hay asientos libres. Permanecer de pie, es mi gran reto. Yo no puedo ponerme a caminar por el pasillo como solución, porque el equilibrio también lo tengo tocado y estando en movimiento no me atrevo. En el suelo o de cuclillas, no veo que sea muy seguro sentarme, por un frenazo o directamente porque esté prohibido.

En dos de estas ocasiones, aunque no consecutivamente, logré sentarme, había asientos libres.

Los otros dos días no. Uno de ellos permanecí de pie durante el trayecto, sujetándome con todas mis fuerzas a la barra. Mientras miraba con ansia los asientos cercanos, todos ocupados por personas mayores. Evidentemente, no soy capaz de decirle a nadie que se levante para cederme su asiento. Antes de eso, me bajo de la guagua y cojo un taxi. Por fortuna, puedo pagarlo. 

El último día que me subí, poco había pasado desde que la guagua arrancó. Una señora de más de 80 años, me hizo un hueco a su lado y me dijo tan cariñosa:

– Siéntate conmigo, mi niña.

Me senté. Allí estábamos ella y yo, juntas, como si nos conociéramos. Le agradecí el gesto y ante el rubor que me produjo, le conté que me costaba mantenerme de pie por un tiempo, por poco que fuera y, mucho más difícil para mí, si encima había movimiento.

Ella no me pidió explicaciones. Ella compartía conmigo su asiento. Muslo con muslo y brazo con brazo. Así estuvimos el resto del trayecto. Yo escuché con interés la sucesión de anécdotas que me contaba. Ella escuchó, con el hilo de voz que me salió para decirlo, que tengo una enfermedad.

Nos bajamos en la misma parada. Allí nos despedimos deseándonos ambas que nos fuera bien.

Ella compartió conmigo su asiento.

No he vuelto a coger una guagua. No sé si me encontraré con otra “ella”.

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