Gafas mágicas

Nunca tuve falta de vista.

Sin embargo, la luz y sobre todo la artificial, me hacía ver distorsionado, con dificultad para enfocar y me mareaba.

En casa procuraba encender lámparas pequeñas. Las del techo muy poco.

En el trabajo, después de varias reuniones viendo a medias o con las gafas de sol puestas dentro del despacho, llegué a una conclusión: había que cambiar la estrategia.

Me planté en una óptica y allí hablé de mi sensibilidad a la luz y la necesidad que tenía de llevar las gafas de sol puestas todo el día, incluso en espacios cerrados.

Estuve un buen rato probándome modelos diferentes, monturas de colores, de pasta, redondas, cuadradas, negras y marrones. Me soltaba el pelo, me lo recogía, me miraba de un perfil, del otro…

Le pedí a la muchacha que por favor me sacara fotos con algunas. Tenía que pedir opinión.

Decisión tomada; modelo casual y moderno. De pasta negras con el interior en rojo. Los cristales serían no graduados y antirreflectantes.

Mis gafas mágicas. Pronto se convirtieron en un nuevo amuleto, compañeras y amigas de la labradorita.

Yo no sé si fue sugestión. A mí me permitían estar. Y eso era lo que yo necesitaba. 

Siempre intentando buscar una nueva forma de vivir cuando la conocida deja de valer.

Volver a ver la magia.

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