Amuleto

Septiembre de 2013.

Había pasado un verano realmente duro. Me fui de viaje y estando allí solo contaba los días que faltaban para mi regreso. En mi mente, estuve en más de una ocasión, camino del aeropuerto para volver a mitad de las vacaciones. No lo hice. Solo quería quedarme en la cama de la pensión dormida y que al despertar ya fuera el día de retorno.

Aún así, cada día me esforzaba por salir, por hacer los planes previstos, por pasear, ir a la playa o a los pueblos que íbamos visitando. Te puedo asegurar que fue muy difícil. A veces, sentía que estaba dentro de un tornado y que esa espiral ciclónica iba a poder conmigo. Lloré muchísimo. Me sentía mal por no poder responder con mejor ánimo a las propuestas sugeridas o estropear el viaje a mi compañera con mi falta de alegría. Me sentía mal por no poder/saber disfrutar de las vacaciones. Por ser una vez más un bichito raro. Me sentía mal.

Me decían que la ansiedad se vencía, entre otras estrategias, exponiéndote a lo que te asusta. Pues yo me había empeñado en hacer desaparecer esos mareos, esa torpeza mental, esa sensación de irrealidad. Y sin embargo, allí estaba, sintiéndome cada vez más frustrada por no ser capaz de hacerlo mejor.

El viaje terminó. Regresé a mi hogar. Bendito hogar. Lo que quedó de verano, no quise salir de casa. Quería coger fuerzas para poder incorporarme al trabajo en plena forma.

Muchísimas preguntas y temores pasaban por mi cabeza:

¿Y si volvían los mareos estando en el trabajo?

¿Y si en mitad de una reunión me quedaba en blanco?

¿Y si no veía bien en mitad de una clase con alumnos?

Los primeros días fui sobrellevando la situación. El colegio era mi segunda casa. Cuando venía el tornado, salía un momento, comía una fruta (creyendo que podía ser fatiga de hambre), o bien respiraba tocando mi amuleto. Llevaba desde hacía tiempo, una piedra labradorita. Había leído que era beneficiosa para los vértigos y sensaciones de mareo, además de aliviar la tensión.

Una mañana, pasó algo diferente. En una reunión con la inspectora, dejé casi de ver. Yo seguía la conversación, intentando disimular. En el bolsillo, tocaba la piedra, que entre otras cosas me mantenía en contacto con la realidad. Mis manos estaban sudadas pero no solté el amuleto, aclamando que éste me ayudara. Por momentos, llegué a creer que estaba soñando. No sabía si mi discurso era coherente o estaba diciendo disparates. La mente estaba dividida en dos, la que trataba de mantener la serenidad con un diálogo lógico en la reunión y la otra parte, que me enviaba mensajes de socorro, auxilio, sin saber qué estaba pasando. Supe, una vez más, ser la mejor jugadora de póquer. Ella no notó nada. Yo hice mi trabajo con eficacia. Todo “aparentemente” en orden. Con una gran sonrisa me despedí de la inspectora, como siempre, la acompañé a la entrada y me retiré.

Nada más poner un pie en el baño, rompí a llorar. Me escondí en el WC para evitar que me vieran. Estaba trabajando y tenía que poder con la situación. Yo era más fuerte que eso.

No, no pude con la situación. Estuve casi 3 meses de baja laboral.

Me culpaba y avergonzaba por lo que me sucedía. Me esforzaba por estar bien. Por mejorar.

Probé mil terapias, en ese tiempo y antes y después.

Todo llevaba el nombre equivocado.

Era un brote. Uno más, que como sus predecesores habían permanecido en el anonimato, culpando de mis desdichas a otros.

No, no soy rara. He estado viviendo con una enfermedad silenciosa y a pesar de todo, siempre que me he caído, me he vuelto a levantar. Con una sonrisa en la mano derecha y en la izquierda, mi piedra labradorita.

 

imagen de Jessica Rimondi
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