Storm

Yo no sé cuánta energía descarga un rayo. Pero sé que es una poderosa sacudida de electricidad.

Ya habíamos cenado. Era jueves, 7 de abril. Él fregaba la loza.

Sentada en la butaca de la cocina, hacía lo de siempre; hablar. Hablaba constantemente, no paraba nunca. Bueno sí, para coger una calada del cigarro. Contaba anécdotas, casi seguro. No lo recuerdo.

Él con la cabeza mirando hacia el fregadero de espaldas a mí, me escuchaba. Lo sé. No participaba en la conversación, pero sé que me escuchaba. Cuando no lo hacía, yo me daba cuenta.

Tampoco recuerdo qué ropa llevaba, ni si tenía el pelo suelto o recogido. No sé si ese día me habría pintado las uñas o no. Son detalles que olvidé.

Sin embargo, recuerdo a la perfección lo que sentí. Desde la rodilla izquierda hasta la parte posterior de la cabeza, una descarga eléctrica impactó en mí. Duró un segundo, no más. Me caí de la butaca al suelo. La mirada me tembló. Todo el cerebro más bien.

Él, con las manos mojadas y llenas de jabón, corrió a ayudarme. No podía levantarme sola. No tenía fuerza. Estaba un poco ida aún. Agarrándome, me llevó al sofá. Al pequeño de la entrada que está más cerca.

No atinaba a explicar qué acababa de sucederme. Me había quedado aturdida y muy asustada. Allí estuvimos un rato y luego me acompañó al salón.

En lo que él terminaba de fregar, yo me fui a la ducha. En el instante que me quedé sola y me cayó el agua encima, supe que lo que acababa de pasar era grave. Algo no andaba bien dentro de mí. 

Yo no sé cuánta energía descarga un rayo. Pero sé que es una poderosa sacudida de electricidad.

Lo sé. Lo sentí. Y así, ese día, empezó la tormenta.

 

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