Al final de la escalera

Todas mis vergüenzas terminaban al final de la escalera.

Llevaba una máscara guardada para salir; al ir a la calle, al trabajo, a los conciertos o al cine. La tenía escondida dentro de la caja de Marlboro light y cuando la necesitaba, con la excusa de ir a fumarme un cigarro, me ponía mi máscara refugio.

Pocos eran los que advertían el cambio. Era muy buena actriz. Aprendí a disimular mis mareos, mi vértigo, mi pérdida de visión. Saqué recursos para camuflar el aturdimiento, la sensación de despersonalización y la angustia que acompañaba este cóctel infernal.

Una eternidad acompañada por los mareos. Como una sombra, me perseguían. Delante de los demás, me sentía vulnerable y avergonzada. ¿Por qué era así de rara y peculiar?. ¿Los años de terapia para curar aquella ansiedad que me acuñaban los médicos no me servían?. Era desesperanzador. Siempre fui muy cumplidora con las tareas y ejercicios que me sugerían en las terapias, pero yo seguía mal. Le pusieron un nombre; agorafobia.

Cuando el mareo no se apoderaba de mí, disfrutaba como una niña pequeña en el día de reyes; bailaba, cantaba, bebía, bromeaba, reía a carcajadas…..y en mi intimidad me reconocía más en esa mujer. Pero, tristemente, a ella la veía poco.

En mi día a día, aprendí a disimular aquella parte oscura. Me acostumbré a vivir con la sombra del infierno amenazando.

Al finalizar la jornada, cuando podía despojarme de mi falso yo, me encontraba exhausta. Por fin entraba en casa y ya no tenía que disimular más. Muchas veces el llanto y el agotamiento por aquella doble vida, me desgarraban. Pero ya había acabado el día, otro más. Todas mis vergüenzas terminaban al final de la escalera. Cuando abría la puerta y entraba en mi castillo.

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