Serendipia

Yo te daba la mano. La extendía para facilitar que la tuya cogiera la mía. Pero no sabía tu nombre ni de qué color tenías los ojos.

Pero sí sabía de tí, de tu existencia, conocía secretos muy tuyos, muy míos.
Poco a poco, empezaban a aparecer nuevas marcas de tí; huellas de tus mismas manos que, con el polvo adecuado, podrían haber quedado al descubierto con anterioridad.
Tuvimos encuentros muy íntimos, de esos que me avergonzaba contar. Durante algún tiempo te convertiste en mi fantasma. Y admito que muchas noches fui presa del pánico.
Nuestra relación fue pecaminosa y por tanto yo, que estaba en ella contigo, debía morir en la hoguera. Sí, así me sentía. Llegué a sentirme sucia por todo aquello.
Pero también me resultaba algo romántico, con cierto toque bucólico. Esa relación entre nosotros, me convertía en esa chica rara, diferente o genuina, que por otra parte, me enorgullecía. Y así, me fui rindiendo a tus pies, me fui convirtiendo en una maravillosa actriz. Nadie sabía del idilio que teníamos.
Empecé a identificarme con quien era contigo. Ya no sabía distinguir ni reconocer, que antes de tí, yo ya existía y tenía vida propia. Se me olvidó. Lo metí dentro de mi saco de disfraces y llegué a creer que yo, era una actuación más de mi repertorio teatral.
Me olvidé de mí y de mi existencia.
Tras una larga trayectoria juntos de la mano, -8 años- , ya reconozco el color de tus ojos.
En esta nueva etapa del nosotros conocido, yo me embarco en un nuevo proyecto, en el que ya no sólo te extiendo mi mano para que la cojas. Ahora abro mis brazos para intentar arroparte con ellos porque eres mucho más frágil que yo. Vas a necesitar ese calor y afecto.
Mi vida va a seguir. Poco a poco te irás convirtiendo en un anécdota; en aquello que fue,en aquello que dejó de asustarme, en aquello que ante la evidencia, tuvo que redimirse.

Serendipia.

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