Control

En su torre de control, el vigía que no duerme, no descansa. No suelta el mando y, con los ojos inyectados en sangre, continúa su observatorio perpetuo. Su alma exhausta ya no le quiere acompañar en esa tarea eterna.
Desde su torre de control, el descontrol, cual huracán enfurecido; con el rostro cubierto y apuntando a su cabeza con un rifle cargado, sentencia:
– O sueltas el mando de la torre, o te mato

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